20140730112211-images.jpeg

 

Nacida en la Española, era hermana del cacique de Xaragua, Beecchio, y esposa del cacique de La Maguana, Caonabo. Su nombre significaba en lengua taína “flor de oro” y, al parecer, era una mujer muy bella y de un gran talento. El padre Las Casas la definió como una “mujer de gran prudencia y autoridad, muy palanciana (sic) y graciosa en el hablar, y en sus meneos…”. Bartolomé Colón quedó prendado de su hermosura y, al parecer, mantuvo relaciones íntimas con ella durante varios años. A la muerte de su hermano, ahogado en 1496 en el navío que lo transportaba a Castilla, heredó el cacicazgo de Xaragua al que, más tarde, muerto Caonabo, uniría el de la extensa región de Maguana.

Los españoles habían estado comerciando con la región de Xaragua desde finales del siglo XV. Cuando el nuevo gobernador, Nicolás de Ovando, llegó a la Española, en abril de 1502, se encontró que aún quedaban dos cacicazgos por someter: Xaragua, situado en el extremo suroeste de la isla, e Higüey, en su parte más oriental. Por ello, se propuso como primer gran objetivo el sometimiento de esas dos regiones. La insurrección de Xaragua no podía ser consentida por las autoridades españolas porque podía servir de ejemplo a los demás indios de la isla y se podía generalizar la sedición. Por ello, acudió el propio gobernador en persona, acompañado de casi todos los recursos ofensivos de que disponía en ese momento, es decir, sesenta jinetes y trescientos soldados de a pie.

En principio, pretendió alcanzar un acuerdo dialogado, pero, cuando supo que había muchos caciques "confederados" que pretendían conspirar contra él, se adelantó a las circunstancias y decidió atacar. Para ello, acordó con sus hombres que cuando se tocará una cruz que tenía en el pecho estos abandonarían el bohío donde se encontraban los indígenas para seguidamente incendiarlo. El panorama debió ser dantesco, como lo describió el padre Las Casas. Cuando los indios se dieron cuenta de lo que pretendían hacer los españoles les “temblaron las carnes” y empezaron a “dar gritos y a llorar”. Los que conseguían escapar de las llamas eran atravesados por los españoles con sus lanzas y sus espadas. No hay acuerdo sobre el número de nativos que perecieron en la despiadada quema, pues, mientras Fernández de Oviedo afirma que fueron cuarenta, el padre Las Casas insiste en que fueron por lo menos el doble. No obstante es probable que la cifra más aproximada fuese en esta ocasión la del dominico, pues, Diego Méndez, uno de los históricos pobladores de la isla, declaró en su testamento que estuvo presente en la matanza de Xaragua donde fueron quemados ochenta y dos caciques.

Dado su rango social, Nicolás de Ovando decidió salvar del fuego a la bella Anacaona, para que tuviese una muerte más “digna” y acorde con su alto rango. Pero de dignidad nada de nada, tras un veloz juicio, fue ahorcada, acusada de “conspiración”. Al parecer, la horca se consideraba una muerte más “digna” u “honrada” que el fuego.

Los regicidios de Anacaona, Moctezuma o Atahualpa no son más que la punta del iceberg de una eliminación premeditada de reyes, caciques y curacas a lo largo y ancho de toda la geografía americana. Cinco siglos después, todavía conmueve la lectura de estos actos de barbarie cometidos en el proceso de expansión europea.

 

FUENTES

 

-U. LAMB, Frey Nicolás de Ovando, gobernador de las Indias, Santo Domingo, Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1977

 

-E. TEJERA, Palabras indígenas de la isla de Santo Domingo, Ciudad Trujillo, Editora del Caribe, 1951.

 

-E. MIRA CABALLOS, Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

-E. MIRA CABALLOS, Nicolás de Ovando y los orígenes del sistema colonial español, Santo Domingo, Patronato de la Ciudad Colonial, 2000.

 

-B. DE LAS CASAS, Historia de las Indias, México, Fondo de Cultura Económica, 1951.

 

-G. FERNÁNDEZ DE OVIEDO, Historia general y natural de las Indias, Madrid, Atlas, 1992.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS