20160409120039-alzamientos5.jpg

La conquista fue un auténtico paseo para las huestes, por la ingenuidad bélica de los nativos. Sin embargo, unos años después se reprodujeron en todo el continente una serie de rebeliones que provocaron lo que algunos han denominado la segunda conquista. El cambio principal estuvo determinado por la aparición de unos líderes que, por un lado, habían aprendido las técnicas de combate junto a los españoles y, por el otro, eran capaces de aglutinar a cientos de descontentos. Auténticos mestizos desde el punto de vista cultural, pues, muchos de ellos habían sido criados desde pequeños junto a los vencedores, poseyendo, en consecuencia, una educación primordialmente hispana.

En la década veinte se iniciaron de forma simultánea diversos alzamientos en las Antillas Mayores. El más conocido de todos fue sin duda el protagonizado por Enriquillo en La Española. El movimiento rebelde aprovechó una buena coyuntura, dado el progresivo despoblamiento de las islas a raíz de la conquista de México y del agotamiento de la economía del oro.

Enriquillo fue una figura clave en la historia de la resistencia amerindia. La clave de su éxito fue su capacidad para aprender de sus enemigos y su carisma. Su fama no tardó en extenderse como la pólvora entre cientos de nativos que estaban absolutamente descontentos con el trato que recibían de sus encomenderos. El movimiento rebelde triunfó durante más de 14 años. La clave de su éxito radicó en su carácter cultural mestizo, pues, no sólo Enriquillo sino algunos de sus compañeros de lucha, se habían educado y criado en un convento de franciscanos.

Es evidente, pues, que esta guerra fue muy distinta a aquélla protagonizada por los primeros indígenas que vivieron el Descubrimiento, paralizados por el terror ante unos invasores a los que consideraban dioses. Ahora las técnicas de combate, las armas, las estrategias y los objetivos eran muy diferentes. No en vano, en 1529, escribieron a Carlos V los oidores de la Audiencia de Santo Domingo con una gran clarividencia, como se puede observar en las líneas que vienen a continuación:


         "Es guerra con indios industriados y criados entre nosotros, y que saben nuestras fuerzas y costumbres, y usan de nuestras armas y están proveídos de espadas y lanzas, y puestos en una sierra que llaman Bahoruco, que tiene de largura más que toda el Andalucía, que es más áspera que las sierras de Granada: y en parte donde ellos se ponen falta el agua y otros mantenimientos, y cuando son seguidos, dejan la tierra llana, y súbense a las sierras, donde tienen hechas sus defensas y fuerzas y no pueden los españoles ir a ellos sin llevar a cuestas el agua y mantenimiento para muchos días.

 

Enriquillo creó todo un sistema defensivo que parecía diseñado por un europeo. Para empezar situó su cuartel general en un lugar prácticamente inaccesible, en pleno corazón de la región del Bahoruco, cerca de San Juan de la Maguana. En este rincón solitario encontraron una defensa eficaz frente a unos cristianos que desconocían el territorio. Así, en una carta de Alonso de Zuazo a Carlos V le explicaba que, como la sierra del Bahoruco era de 60 leguas, los alzados saben la tierra, y así burlan a los españoles. Además, en estos montes tan agrestes la mejor arma ofensiva de sus contrincantes, la caballería, resultaba totalmente ineficaz, pues, como decía un documento de la época, en la sierra los caballos no son nada. Tenían dos asentamientos, uno el que ocupaban normalmente, y otro, oculto, en lo más recóndito de la serranía, donde ocultaban a los niños, a las mujeres, a los ancianos y a los enfermos en caso de necesidad. El resto labraba la tierra en zonas más llanas, mientras otros les daban cobertura para que, a la menor señal de alerta, corriesen a refugiarse.

Por lo demás, Enriquillo estableció todo un entramado de informantes en torno a él. Una de las claves de su éxito radicó en que contó con la comprensión y el apoyo de numerosos guatiaos que convivían diariamente con los españoles. Los insurgentes inspiraron simpatía entre buena parte de la población servil de la isla, ya fuesen indios, mestizos o negros. Este hecho, que es conocido desde hace ya tiempo aunque desde un punto de vista más literario que científico, parece confirmarse por un caso ocurrido en La Española, en 1527, y que citamos a continuación: en ese año se produjo un ataque de cimarrones a una hacienda de la Yaguana en la que se detectó la posibilidad de espionaje pues, hecho este daño en la dicha estancia y robo y muerte de indios y de español, después de esto se halló en poder de otros indios mansos que estaban en otra estancia cerca de allí ropa y hamacas por donde se presume que algunos indios de aquellos fueron espías o supieron algo o serían en el dicho robo. Acaso, Enriquillo podía actuar solidariamente como un Robin de los Bosques, quitándole a los ricos –los españoles- y dándole a los pobres. Por otro lado, dos años después, la audiencia de Santo Domingo informó a Su Majestad que los indios alzados tenían tantos espías en las villas y en el campo que no se menean (se refiere a los hispanos) sin que ellos lo sepan.

Igualmente, Enriquillo había aprendido el valor bélico del elemento sorpresa. No es de extrañar que dispusiese centinelas las 24 horas del día. En este sentido, el padre Las Casas apunto que era tanta su vigilancia (se refiere a Enriquillo) que el primero era él quien los sentía. Otra de las precauciones que tomó fue evitar que los españoles pudiesen localizar su asiento para lo cual, entre otras medidas, se dice que cortó la lengua a los gallos y que impuso graves sanciones para aquellos que encendiesen fuegos en zonas no señaladas para tal efecto.

En cuanto a las armas y a las tácticas de combate eran similares a las que unos años antes había visto usar a los conquistadores. Por supuesto, cada vez que derrotaba a un enemigo lo primero que hacía era arrebatarle sus armas. Según el padre Las Casas, algunos de los que estaban con Enriquillo portaban hasta dos espadas de acero, robadas obviamente a sus contrincantes. En cuanto a las tácticas de combate demostró un perfecto conocimiento de la guerra muy superior a la capacidad estratégica del resto de los taínos, pues, es sabido que dividía a los hombres en dos grupos, uno a su mando, y otro de auxilio, comandado por su sobrino Tamayo, ganando de esta forma muchas batallas.

A lo largo de la década de los veinte fracasaron una y otra vez todos los intentos de establecer una tregua, tanto por medios pacíficos, como por medios militares. De hecho, conocemos multitud de capitanes que participaron en la guerra pero sin conseguir éxitos de significación, como: Pedro de Vadillo, Iñigo Ortiz, Fernando Amigues, Hernando de San Miguel, Hernando de Valencia, Hernando de Villasante, Francisco Martín Sardina, Rodrigo Alonso Muñoz, Pedro de Soria, Francisco del Fresno, Alonso Ruiz y Rodrigo de Peralta.

Esta ineficacia hizo que la Corona se decidiera a acabar con la dramática situación. Su primera actuación se centró en la utilización de medios pacíficos para lo que expidió, en 1527, una amnistía general, incluso para aquellos aborígenes que tuviesen delitos de sangre, aunque eso sí, con la condición de que dejasen las armas y retornasen al vasallaje de Su Majestad.

Algún tiempo después, y como gesto de buena voluntad por parte de la Corona, se envió a un franciscano, fray Remigio de Fox, acompañado de un cacique llamado Rodrigo, a proponer la paz a Enriquillo, sin que se obtuviese el éxito esperado.

Pese al fracaso, la Corona no perdió la esperanza de encontrar una solución pacífica por lo que, en 1530, se emitieron unas leyes tendentes a suavizar las relaciones entre españoles e indios. Concretamente se dispuso que todas aquellas costumbres y prácticas rituales que tuviesen los indios desde época Prehispánica se permitiesen siempre que no fuesen contrarias a la ley de Dios. En ese mismo año se estableció que bajo ningún concepto se hiciesen esclavos y, al año siguiente, se prohibió incluso la encomienda, al darles libertad para que sirvan a quien mejor se lo pagare. Desgraciadamente las presiones fueron muy acusadas y la ley de 1530 que prohibía la esclavitud indígena fue abolida en 1535.

La vía pacífica fracasó, pues no sólo continuaron en su rebeldía, sino que, incluso, lanzaron ofensivas como la que precisamente en 1530, protagonizaron en San Juan de La Maguana -donde murieron algunos españoles-, o, en 1531, en Puerto Real. Al año siguiente, la situación se tornó tan delicada que fue necesario sostener cuatro cuadrillas, formadas cada una por ocho españoles y varias decenas de auxiliares. Estas cuadrillas tendrían la siguiente ubicación: una en San Juan de La Maguana, otra en La Yaguana, otra en Puerto Real y, finalmente, otra cubriendo la zona entre La Vega y Santiago. La cuadrilla de San Juan de La Maguana estaba plenamente justificada al ser una zona muy castigada por los continuos ataques de los rebeldes. En cuanto a la cuadrilla de La Yaguana, su interés radicaba en la protección de un punto estratégico de la economía de la isla ya que era el puerto del trato de esta isla con los otros comarcanos, y para asegurar el Camino Real. En lo que concierne a Puerto Real debemos decir que su defensa era imprescindible, tanto por ser un puerto destacado, como por la cercanía de las minas de Guahaba. Y finalmente, La Vega y Santiago se preservaban para velar por la seguridad de las minas del Cibao pues, de otra forma, los mineros no osaban salir a buscar oro. En definitiva, las cuadrillas se situaron en puntos estratégicos para preservar las zonas más sensibles de la economía de La Española. Por lo demás, y habida cuenta de la delicada situación que atravesaba la isla, se obligó a todos los poseedores de mulas a mantener también caballos y, por supuesto, armas propias, compeliéndolos asimismo a hacer alardes periódicos.

Definitivamente, en 1532, la Corona perdió su fe en una salida pacífica y proyectó acabar con los insurrectos por medios violentos. Para ello, nombró a Francisco de Barrionuevo para que fuese como capitán desde la Península, inicialmente con 200 hombres. Para un rápido flete se mandó pregonar el alistamiento en varias localidades de Sevilla y Cádiz, y, concretamente, en Carmona, Osuna, Marchena, Lebrija, Utrera, Sanlúcar de Barrameda, Jerez de la Frontera y el Puerto de Santa María, prometiendo importantes beneficios a aquéllos que decidiesen enrolarse: pasaje gratuito, comida, sueldo, más los indios que tomasen como esclavos en buena guerra y sus bienes. Concretamente se les especificó a los oficiales lo siguiente:


 

"Que se les daría campo franco de todo lo que les tomaren, y, así mismo daréis por esclavos al dicho Enrique y a todos los otros que andan en su compañía, y, les daremos licencia para que los puedan traer y vender a estos reinos como tales esclavos y les daremos libertad para que el oro que sacaren con ellos, teniéndolos en la dicha isla, sea libre sin que de ello nos paguen quinto alguno".

 

 

Si bien en julio y nuevamente en noviembre de 1532 se estipuló que irían 200 hombres de armas lo cierto es que, en 1533, llegó Barrionuevo a Santo Domingo con sólo 180, la mayoría de ellos labradores. Parece ser que la Corona cambió, en última instancia, su idea inicial, pensando que los viejos pobladores conocerían mejor el terreno que los recién llegados, por lo que decidió en el último momento enviar labradores para que se hiciesen cargo de los ganados y de los cultivos, mientras los antiguos colonos acudían a las operaciones militares. Ciertamente, y como señalan los manuscritos de la época, los que estaban realmente preparados para luchar en las agrestes sierras del Bahoruco eran los que estaban aclimatados a la isla, y, no los recién llegados, hasta el punto de que se afirmaba que setenta españoles de la tierra eran más útiles que ciento ochenta venidos de Castilla.

Al final, el esfuerzo resultó insuficiente como para tener garantías de un triunfo militar. Por este motivo se decidió volver a intentarlo por medios diplomáticos. Se trataría de alcanzar un tratado de paz, concediéndoles el perdón a cambio del retorno ala obediencia.

Entre los 35 hombres que finalmente fueron al Bahoruco, junto a Francisco de Barrionuevo, figuraban varios parientes del cacique díscolo que iban con la misión de convencerlo para que depusiese su actitud. Tras más de dos meses de búsqueda, Enriquillo se dejó ver, y se le pudieron entregar las cartas de Su Majestad con la última propuesta. Se entregó voluntariamente pues, como decía un documento de la época, si no fuera por medio de la paz quizás en cien años a don Enrique no vieran fuera de los inexpugnables riscos y montañas donde nació y posee su patrimonio.

La oferta fue generosa, se le ofrecieron tierras y un asentamiento para él y su familia, además del título de Don, distinción que entonces tenía mucho más valor que en la actualidad. Sin embargo, pagó un alto precio por sus mercedes, ya que se comprometió a capturar a todos los cimarrones, tanto indios como negros, que quedasen y que por cada negro que trajeren se le den cuatro camisas de lienzo. Y como muestra de su buena voluntad, en el mismo momento en que firmó las capitulaciones de paz entregó seis negros que fueron trasladados a Santo Domingo. Incluso decidió ir contra el capitán Tamayo, sobrino suyo y uno de sus oficiales de confianza, porque no aceptó el tratado de paz. Otros líderes indígenas, como Hernandillo el Tuerto, continuaron alzados, aunque eran capitanes que no tenían la capacidad estratégica ni el carisma suficiente como para sobrevivir largo tiempo.

Por lo demás, la Corona siguió temiendo tanto a Enriquillo que para estar segura de que no se rebelaría de nuevo intentó traerlo a Castilla, en 1534, porque, aunque es indio, parece pensar de buen entendimiento y conocerá el bien y merced que Vuestra Majestad le hace en le mandar escribir y recibir como su vasallo. Apenas tuvo tiempo de pensarlo pues, pronto enfermó, muriendo al año siguiente, es decir, en 1535. Lo hizo como un auténtico cristiano, confesó, redactó su testamento y recibió la Extrema Unción. Murió fiel, no a sus creencias indígenas, sino más bien a las ideas religiosas que aquellos frailes franciscanos le habían enseñado desde su niñez.

Después de su fallecimiento, continuaron algunos alzados, pero sin su carisma y capacidad. De entre todos ellos, destacó el cacique Murcia que, no aceptó la paz y se mantuvo alzado al menos una década más. En 1544 supo eludir un encuentro con otro cacique, llamado Garralírrez que, con fuerzas muy superiores, fue enviado por la Audiencia para capturarlo. Poco después, se intentó por otra vía. Se envió al cacique García Hernández para que le ofreciese la paz, igual que se había hecho dos lustros antes con Enriquillo. Sin embargo, no encontraron ni rastro de él, pues huyó a la isla de Samaná, poniéndose fuera del alcance de sus enemigos.

Murcia pasa por ser el último cacique rebelde de la isla. Aunque no tuvo las dotes estratégicas de Enriquillo, fue el que más tiempo se opuso al poder español y bajo ningún concepto renunció a su libertad. En los últimos años de la década de los cuarenta dejamos de tener noticias de él. Probablemente murió por aquellos años, de muerte natural y disfrutando de la libertad y de la protección de aquellos agrestes riscos. Con todo, no acabaron aquí las insurrecciones ya que todavía en 1549 se supo de la existencia de un grupo de 20 ó 25 alzados entre la Vega y Santiago, posiblemente una de las últimas veces que se detectaron indios cimarrones en la isla.

En Cuba, la conquista fue otro paseo, en este caso, de los hombres de Diego Velázquez. Pues, bien, en los años veinte se desarrolló en paralelo a la rebelión de Enriquillo, otra encabezada por un líder indígena llamado Guama. Éste nunca llegó a tener ni el poder ni, por supuesto, el carisma de Enriquillo. Guama, en sus mejores momentos, llegó a disponer de unos sesenta hombres gracias a su fusión con el cacique Juan Pérez que perdió su función de líder para convertirse en su lugarteniente. Guama llegó a controlar las zonas más montañosas del oeste cubano, es decir, de las provincias de Baracoa, Maisi, Çagua, Baraxagua y el Bayamo.

Este líder indígena nunca tuvo la habilidad e intuición de Enriquillo. Sin embargo, tuvo el mérito de ser el primer cacique cubano que concibió como única forma posible de hacer frente a los españoles la guerra guerreada, es decir la táctica guerrillera. A la par, conocía a la perfección la baza que suponía el elemento sorpresa, el cual utilizó exitosamente durante años. No obstante, cometió graves errores tácticos que a la postre le terminaron constando muy caro. Por ejemplo, se movía siempre en la misma zona, sin tomar grandes precauciones, es decir, con un exceso de confianza. Los españoles conocían su asiento y, cuando se decidieron a acabar con él, no tuvieron más que ir a buscarlo al rancho donde solía estar.

Igualmente, su liderazgo no fue tan firme como el de Enriquillo a juzgar por los datos que poseemos: en primer lugar, y como ya hemos afirmado, nunca consiguió aglutinar en torno suyo más de sesenta o setenta indios. Y, en segundo lugar, el hecho de que fuera asesinado, en última instancia, por personas de su entorno, -posiblemente por su hermano Guamayr o por la india Marica-, nos está indicando que la fidelidad de sus hombres y, por tanto, su liderazgo era escaso. Al parecer, su mando se basaba más en la amenaza que en un verdadero sentimiento de amor hacia su líder. Esto le obligaba a llevar a cabo depuraciones periódicas entre todos aquellos sospechosos de estar contra él. Uno de sus hombres, el indio Perico, declaró en ese sentido lo siguiente:


 

"Que del dicho rancho de Guama faltaron muchos indios y que era muy público entre los indios del dicho rancho que el dicho Guama los mataba, llevándoles disimuladamente y apartados del rancho y allí a uno a uno los mataba".

 

Esta insurrección se prolongó hasta 1532, es decir, algo más de dos lustros. Sin embargo, esta larga duración se debió más que al ingenio estratégico de Guama, al desinterés de los españoles por acabar con un alzamiento que apenas causaba daños. De hecho, cuando el gobernador Gonzalo de Guzmán fue acusado de no perseguir al cacique díscolo respondió que no lo hizo porque no causaba daño alguno, antes era público que se estaba en su tierra, y, decía que no quería hacer mal a nadie, ni lo hacía, a cuya causa el dicho cabildo de la Asunción ni otras personas no se curaban de él porque no estaba de guerra y era gasto demasiado andar tras él sin causa.

Además, el poco daño que hizo Guama se dirigió más hacia los indios de paz, por dos motivos: primero, porque colaboraban decisivamente en las cuadrillas de los españoles, e incluso, organizaban ellos mismos batidas para capturar a los alzados. Y segundo, porque pretendía captura nativas con las que poder reproducirse, ya que la mayor parte de los alzados fueron varones. Todo ello, privó a Guama de la simpatía y la complicidad de los guatiaos de la que sí gozó Enriquillo. No obstante, la presión de los tributos dado el declive de la población indígena hizo que a finales de la década de los treinta algunos indios aprovecharan cualquier ocasión para escaparse al monte y unirse a los alzados.

Hacia 1530, había indios alzados prácticamente en toda la isla de Cuba, a saber: en los términos de Santi Spíritus, Trinidad y Puerto del Príncipe, y en las provincias de Maniabón, Cueyba, Bayamo, Baracoa y Maisi. Además, se decía que si bien no eran muchos en números absolutos, sí que eran importantes en términos relativos, considerando los pocos españoles que hay en la tierra. Una de las pruebas que nos confirma que la insurrección se había generalizado es la cifra de españoles que murieron, entre 1525 y 1528, a manos de los rebeldes, una veintena.

Finalmente, otro de los motivos que indujo a aplastar la insurrección fue el peligro de que los negros tomasen el ejemplo y se sumaran al alzamiento, agravando la situación. Por otro lado, los intentos de dar una salida pacífica al conflicto habían fracasado con anterioridad, pues, ya en 1526 se había enviado una expedición con una Real Cédula en la que se ofrecía el perdón general que no fue aceptada. Y, en 1528, el juez de residencia Juan de Vadillo intentó, por última vez firmar la paz con los insurrectos, para lo que envió a varios mensajeros indios, entre ellos a un cacique llamado Factor que "no volvió con la respuesta y que es fama que se murió del miedo que allá le pusieron la gente del dicho Guama".

Frustrados los intentos de paz y con casi toda la isla al borde la rebelión se decidió acabar de una vez por todas con la resistencia. Para ello, mientras se organizaban varias cuadrillas de castigo, las autoridades dispusieron que a los indios de paz se les tratase con amor para evitar que se unieran a Guama. La victoria no fue fácil, pues fueron necesarios varios años para acabar con ellos, muy a pesar de que los españoles se vieron muy favorecidos por la epidemia de viruela que se desató en 1530 y que diezmó a los insurrectos. Como ya hemos dicho, las primeras operaciones militares con la intención concreta de acabar con Guama se iniciaron en torno a 1530 y consistieron en la formación de dos cuadrillas compuestas por 20 indios y seis españoles cada una. Una saldría de Asunción y se abastecería de guatiaos de las provincias de Maisi y Baytiqueri, mientras que la otra, partiría de Guantanabo y se constituiría con naturales de las provincias del Bayamo y Arabacuco. A pesar de la aparente buena organización, no sabemos los resultados de esta campaña, pues la documentación silencia cualquier referencia a la misma.

En 1531, se formó otra cuadrilla, capitaneada por Diego Barba, y, compuesta por nueve o diez españoles, varios negros y 30 indios escogidos para la guerra. En esta ocasión, la cuadrilla sí atacó el rancho donde se refugiaba Guama, destruyéndolo y capturando a la mayoría de sus hombres. No obstante, Guama consiguió huir con 18 personas, entre ellos cuatro mujeres y cuatro jóvenes.

En 1532, Gonzalo de Obregón se encargó de dar alcance a los huidos con un pequeño destacamento formado por seis españoles, 12 indios y dos negros. Lograron capturar a siete de ellos aunque Guama consiguió nuevamente escabullirse. Sin embargo, perdida toda su credibilidad los pocos hombres que aún seguían con Guama lo traicionaron y acabaron con su vida. No obstante, se volvieron a formar varias cuadrillas, capitaneadas respectivamente por Gaspar Caro, Cristóbal de Lezcano y Bernabé de Valdivieso, con la intención de acabar definitivamente con los pocos alzados que quedaban a lo largo de la isla. Casi todos los cabecillas fueron capturados y ajusticiados, mientras que el resto fueron entregados a los combatientes hispanos en calidad de naborías. En marzo de 1531 se decía que la isla estaba tan pacífica que cualquier español podía andar por ella sin temor a nada ni a nadie.

Con posterioridad hubo algunos rebrotes de cimarrones. Pero no llegaron a fraguar porque los hispanos, escarmentados, los cortaban de raíz desde el mismo momento en que tenían alguna noticia al respecto. Desde 1538, hubo ataques esporádicos a algunas villas protagonizados por pequeños grupos de alzados. Así, ocurrió, por ejemplo, en Baracoa, donde la iglesia –símbolo del poder español- fue incendiada. Al año siguiente hubo nuevos altercados que afectaron directamente a la extracción e oro, pues, los mineros huían por temor a los indios que andaban sublevados. Y en 1540 nuevamente hubo algunas pequeñas escaramuzas protagonizadas por algunos de estos indios cimarrones. No obstante, huelga decir que se trataba de una resistencia muy residual, capaz tan sólo de conseguir pequeños objetivos, como la quema de una iglesia, el robo de un caballo o la captura de alguna india guatiao. Si no se acabó definitivamente con ellos no fue por su capacidad sino porque ningún español quería ir contra ellos si no se le daba un salario digno y se le prometían parte de los esclavos que capturasen. También el hecho de que no existiera un líder que los aglutinase, sino pequeñas cuadrillas inconexas entre sí provocó que su sometimiento fuese mucho laborioso, pues había que tomarlas una a una. Las bajas entre los hispanos fueron incluso más numerosas que en tiempos de Guama, pues se calcula que perdieron la vida, entre 1538 y 1539, unos 25 españoles.

En Nueva España también se produjo todo un rosario de sublevaciones, especialmente en el norte del virreinato. A todos esos grupos rebeldes del norte de México se les denominaba genéricamente chichimecas o nación chichimeca. No obstante, se trataba de un grupo muy heterogéneo, formado por indios palies, capuces, samues, sansas, guamares y guachichiles, entre otros, que vivían entre las regiones de Pánuco, Querétaro, Durango y Saltillo.

Uno de los primeros motines ocurridos en el norte novohispanos fue el del Mixtón, entre 1541 y 1542. En el norte del virreinato se rebelaron las tribus cascanes que extendieron el conflicto hasta Guadalajara. Una rebelión que, como tantas otras, tuvo un fuerte componente religioso y milenarista. El virrey Antonio de Mendoza envió numerosos capitanes que fueron fracasando uno tras otro. Pedro de Alvarado, por ejemplo, resultó herido de muerte al ser derrotado en las montañas del Mixtón. Como de costumbre, el virrey no podía consentir semejante agravio por lo que reunió fuerzas suficientes hispano-mexicas para acabar definitivamente con los focos de resistencia, ubicados en las montañas. A mediados de 1542 se daba por sofocada la rebelión. Terminaba así lo que algunos han llamado la segunda conquista de México.

Sin embargo, no acabaron los altercados protagonizados por determinados grupos chichimecas, hasta el punto que el virrey Luis de Velasco se vio obligado a enviar un sin fin de expediciones de castigo, entre 1550 y 1564. Su sometimiento tardó décadas porque utilizaban, como en las Antillas Mayores, la técnica guerrillera. Atacaban objetivos muy concretos y rápidamente se replegaban. Ya en 1551 Hernán Pérez de Bocanegra y el capitán Gonzalo Hernández de Rojas encabezaron una expedición, compuesta de una treintena de españoles y un millar de auxiliares que causaron grandes estragos entre los rebeldes. Dos centenares de ellos fueron herrados y vendidos en México. Pero, la situación no se terminó de solucionar porque no obedecían a un jefe común, es decir, se trataba de pequeñas cuadrillas independientes. En lo años siguientes continuaron enviándose expediciones de castigo, que prácticamente se limitaban a capturar indios para venderlos en los distintos mercados de esclavos de Nueva España.

De todos los líderes chichimecas, quizás el más conocido fue Maxorro porque consiguió aglutinar en torno suyo a un buen número de caciques en el norte de México. Éste, a partir de 1554 realizó varias incursiones en la zona de Zacatecas, causando un buen número de bajas entre los hispanos. Entre sus objetivos prioritarios estuvo siempre la captura de mujeres indígenas, probablemente con el objetivo de aumentar su capacidad reproductora. Los ataques continuaron en los años sucesivos y hasta tal punto se sintieron impotentes las autoridades españolas que decidieron cambiar de estrategia. Pensaron en llevar a cabo una evangelización pacífica, con religiosos franciscanos. Esta idea se puso en práctica con resultados muy positivos que de vez en cuando se veían ensombrecidos por alguna incursión incontrolada de alguna cuadrilla de españoles en busca de esclavos. El problema en el norte de México se enquistó y perduró a lo largo de varias décadas.

En 1561 encontramos la última gran confederación de alzados, en este caso de Zacatecas y Guachichiles que puso en jaque a los mineros de la zona. Varias expediciones se encargaron de apaciguar la situación, especialmente una encabezada por Pedro de Ahumada Samano, que mató a varias decenas de insurrectos y capturó a 200 esclavos.

En el occidente mexicano los indios zuaques, tehuecos, ocoronis y sinaloas que eran seminómadas y antropófagos continuaron la resistencia prácticamente hasta finales del siglo XVI. Allí destacaron dos líderes indígenas, Nacaveba y Taxícora, que se encargaron de poner las cosas difíciles a los colonizadores. Finalmente, fracasado los intentos bélicos, se decidió nuevamente una penetración pacífica, en esta ocasión dirigida por miembros de la Compañía de Jesús. Como escribió Mario Gil, en ayuda de los encomenderos llegaron los religiosos que portaban la cruz, el arma suprema de la conquista. Terminaron siendo sometidos por la acción conjunta de la espada y la cruz.

Igualmente, en Santa Marta, por las mismas fechas del alzamiento Mixton, a principios de los años 40, se alzaron varios pueblos de la sierra. Al parecer, los indios de la costa, que eran de paz, los abastecían con pescado y sal. Los vecinos pedían, por un lado que se cortase este suministro y, por el otro, que se les eximiese del quinto Real de los esclavos y del oro que obtuviesen en las campañas militares.

En el Valle de Cauca -actual Colombia-, a finales del siglo XVI se alzaron los indios pijao con su líder, Calarca, a la cabeza. Durante varios años hostigaron a los españoles en esa región hasta que ya a principios del siglo XVII el capitán general Juan de Borja decidió poner freno a la situación. Lo primero que hizo fue atraerse a los indios coyaima y natagaima, tradicionales enemigos de los pijao. Luego lanzó una amplia campaña con el objetivo de acabar con los rebeldes. Efectivamente, Calarca murió en combate, sus hombres se dispersaron y fueron perseguidos hasta su aniquilación.

En el Perú Manco Inca Yupanqui protagonizó una peligrosa insurrección, atrayendo a su bando a miles de aborígenes. Tras los asesinatos de Atahualpa y Huáscar, Francisco Pizarro pactó con él. El extremeño lo reconocería como Inca a cambio de que restableciese en el incario la obediencia a los españoles. Sin embargo, la situación no era fácil porque mantener en Cuzco al legítimo heredero del trono Inca resultaba demasiado peligroso. Las intrigas entre los Pizarro y Manco Inca terminaron con la prisión de este último, acusado de conspiración. Sin embargo, el Inca consiguió que Hernando Pizarro lo liberase con la promesa de entregarle un tesoro que él tenía enterrado en las afueras de la ciudad. El trujillano, cegado por la codicia, creyó las palabras del quechua, permitiendo su huída. Manco Inca no tardó en movilizar a miles de hombres con la idea de asediar y recuperar la vieja capital Inca. Las tropas de Manco Inca sitiaron la ciudad durante más de un año, es decir, entre marzo de 1536 y abril de 1537. Los indios, resabiados de la caballería, pusieron trampas a los caballos, colocando hoyos y tirándoles bolas de fuego. Consiguieron tomar la fortaleza de Sacsahuamán desde donde continuaron el asedio de la ciudad. Les faltó empeño para reconquistarla. Cuando todo parecía augurar su caída, en la primavera de 1537 iniciaron la retirada. Muchos nativos hartos de pasar penurias, sintieron la necesidad de retornar a sus campos de cultivo para alimentar a sus familias. De esta forma, fueron abandonando el cerco, mientras Manco Inca se vio obligado a refugiarse en las montañas de Vilcabamba, donde la resistencia se mantuvo durante décadas. Pero Manco Inca no tuvo suerte y en 1544 fue asesinado a traición por el rebelde Diego Méndez. Éste, tras ser derrotado en la batalla de Huamanga (1542) se guareció en la zona de Vilcabamba, ganándose el respeto de los indios. Sin embargo, pensó que podría obtener el perdón Real si asesinaba a un personaje de la talla de Manco Inca. Así, que un buen día, a mediados de 1544, sin mediar palabra, se abalanzó sobre el Inca y lo apuñaló hasta la muerte. Los indios vengaron su muerte capturando, torturando y matando a su asesino. Pero el daño, estaba hecho, con la desaparición de Manco Inca acababa definitivamente cualquier posibilidad de reconquistar el viejo imperio incaico.

En regiones más remotas del Río de la Plata también se llevaron a cabo levantamientos rebeldes. Concretamente en la zona de Tucumán se alzaron, hacia 1561, un grupo de nativos, liderados por Juan de Calchaquí. Éste llegó a reunir nada menos que a 5.000 hombres, atacando numerosas ciudades de la región.

En general, podemos decir que la resistencia indígena fracasó en todo el continente americano por una serie de motivos, a saber: primero, por la escasez progresiva de indios y muy especialmente de mujeres, lo que originó que los insurrectos tuviesen como prioridad absoluta la toma de indias de paz. Segundo, por la falta de unos intereses comunes entre negros e indios frente al poder español. Es cierto que en muchos de estos movimientos rebeldes hubo algunos negros, pero se trató de casos aislados. Nunca hubo una identificación de intereses entre ambos grupos étnicos. Y tercero, por la inexistencia de una conciencia colectiva entre los nativos, probablemente favorecida por los traslados indiscriminados que practicaron los españoles desde los primeros años de la Conquista. De hecho, las confederaciones de caciques fueron puntuales y casi nunca lograron reunir a una gran cantidad de efectivos. Fueron alzamientos minoritarios y fragmentarios. Además, pese a su aprendizaje de los hispanos, siguieron siendo más ingenuos. Como bien explicó Girolamo Benzoni, por ser inferiores en ánimo, fuerza e ingenio, siempre resultaban derrotados.

Algunos grupos rebeldes consiguieron resistir largo tiempo, aunque fueron pocos. Los araucanos, por ejemplo, mantuvieron su independencia durante siglos, pues, no fueron sometidos íntegramente hasta el siglo XVIII. Estos adoptaron una actitud probablemente aprendida de los españoles. Cautivaban a mujeres españolas, las violaban y luego las soltaban para provocar el máximo dolor posible a sus adversarios. Otros pueblos decidieron huir a lugares más inaccesibles, como los tarahumaras, manteniéndose largo tiempo ajenos a la colonización española. Pero, lo cierto es que la inmensa mayoría de los pueblos indígenas sucumbieron al empuje arrollador de la civilización occidental.

        ¿En algún momento tuvieron alguna posibilidad de éxito? Probablemente no, porque las diferencias fueron abismales. No obstante Josefina Oliva de Coll hace una observación al respecto. Los indios envenenaron al mastín Leoncico; habida cuenta que alimentaban a los españoles ¿por qué no hicieron lo mismo con estos? Es obvio, que cuanto más desarrollada ha sido una civilización mayor ha sido su capacidad potencial para matar. Los pobres indios tenían poco desarrollada esta capacidad de destrucción total, por eso probablemente nunca se llegaron a plantear tal solución. Prácticamente habrá que llegar al siglo XX para encontrar esta malévola capacidad de destrucción total.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS