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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Indios en La España Moderna.

BAUTIZO Y HERRAJE DE AMERINDIOS EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI

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Como es bien sabido, varios cientos de amerindios cruzaron el océano en el siglo XVI rumbo a la metrópolis. Llama la atención, el cuidado que se tenía para que todos estos supuestos paganos fuesen bautizados. Tras cumplir con el ritual, si eran esclavos, se procedía a su herraje y a su venta.

Cuando se cumplimentaba este ritual católico normalmente se le cambiaba su nombre indígena por otro castellano, normalmente el de su dueño. En este sentido, por ejemplo, una india de Juan Pontiel de Salinas declaró que al llegar a España se le puso por nombre Catalina pues también "su ama se llamaba así". En otras ocasiones se optaba por el de una persona querida, o incluso, por el de algún miembro de la familia real, a modo de pequeño homenaje. Por ello son muy frecuentes entre los esclavos nombres como el de Isabel, Juan, Juana, Carlos o Felipe.

Ya los indios que trajo Cristóbal Colón a la corte de los Reyes Católicos, en 1493, fueron bautizados de manera pintoresca según nos consta por la descripción que hizo el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo:

 

Y ellos de su propia voluntad y (a)consejados, pidieron el bautismo; y los Católicos Reyes, por su clemencia, se lo mandaron dar; y juntamente con sus Altezas, el serenísimo príncipe don Juan, su primogénito y heredero, fueron padrinos. Y a un indio que era el más principal de ellos, llamaron don Fernando de Aragón, el cual era natural de esta isla Española y pariente del Rey o cacique Goacanagarí; y otro llamaron don Juan de Castilla; y los demás se le dieron otros nombres, como ellos los pidieron o sus padrinos acordaron que se les diese conforme a la iglesia católica”.

 

Evidentemente esta presencia regia, apadrinando incluso a los nuevos cristianos, así como el boato que seguramente presidió la ceremonia debió ser algo muy excepcional. Ya en la época se intuyó la importancia que tenía tal acontecimiento, pues, no en vano, se trataba de los primeros habitantes del Nuevo Mundo que pisaban tierra europea. Esos bautizos debieron simbolizar algo así como el punto de partida de una nueva expansión de la cristiandad. A continuación, queremos transcribir el texto de la primera partida de bautismo de dos indios en el monasterio de Guadalupe:

 

 

Viernes XXIX de este dicho mes, se bautizaron Cristóbal y Pedro, criados del señor Almirante don Cristóbal Colón. Fueron sus padrinos, de Cristóbal Antonio de Torres y Andrés Blázquez. De Pedro fueron padrinos el señor Coronel y Señor Comendador Varela, y Bautizolos Lorenzo Fernández, capellán”.

 

Realmente el interés que tiene este documento, dado a conocer por Sebastián García O.F.M., es que necesariamente es el primero de esa naturaleza. Ni que decir tiene que se conservan cientos de registros similares de bautizo de indios en decenas de parroquias españolas. Sin ir más lejos, en los propios registros de Guadalupe se conserva, otra partida del 9 de junio de 1549 en la que se bautizo el tlaxcalteca Juan Dueñas, figurando como padrinos el padre Alonso Álvarez, el licenciado Bravo, alcalde, y el doctor Arteaga, médico. El resto de los indígenas fueron bautizados como cualquier creyente, asentándose sin diferencia alguna en los registros de bautismo de las parroquias de aquellas ciudades a las que llegaban.

Son innumerables los casos que conocemos de indios que llegaron a España sin marca de esclavitud y que fueron herrados con posterioridad. Esto le ocurrió, por ejemplo, a la india Catalina, propiedad del carmonense Juan Cansino, que declaró haber sido herrada en la cara "para poderla vender, porque nadie la quería comprar". Para marcarla como esclava no tuvo más que ordenárselo a "uno que vive junto a la carnicería" lo cual efectuó sin demora porque el mencionado Juan Cansino no sólo era regidor, sino que pertenecía a una de las familias llegadas a Carmona tras la Reconquista y, por tanto, de las más influyentes de la localidad.

Asimismo el capitán Martín de Prado herró a su indio Pedro en la cara con una "C", porque supo que pretendía solicitar al Consejo de Indias su libertad. Incluso conocemos el incidente de otro indio que intentaba escaparse de la injusta esclavitud que le quería imponer su dueña, doña Inés Carrillo, al optar ésta por colocarle "una argolla de hierro al pescuezo esculpidas en ellas unas letras que dicen “esclavo de Inés Carrillo, vecina de Sevilla a la Cestería”. No es el único que encontramos con esta característica argolla, muy frecuente también entre los esclavos negros, pues, otro aborigen, llamado Francisco, cuando fue adquirido, su dueño, Juan de Ontiveros, se la mandó colocar. Pero, incluso, debemos decir que la opción de la argolla no era la más dramática, pues, sabemos que un indio que vendió en Sevilla Gerónimo Delcia a Diego Hernández Farfán tenía una marca en la cara en la que se podía leer: “esclavo de Juan Romero, 7 de diciembre de 1554”. Estas marcas en el rostro, selladas a fuego, eran comúnmente aplicadas a los esclavos en la España de la época.

Los motivos que llevaban a sus dueños a querer señalarlos están bien claros. No debemos olvidar que desde muy pronto comenzaron a imponerse grandes restricciones a la esclavitud indígena. Muchos españoles, que legalmente habían comprado sus esclavos, querían asegurar su compra consumando su condición servil con una marca externa. De esta forma creían evitar que los oficiales reales incluyesen a sus indios entre los sospechosos de ser libres.

Ante esta situación, que llevó a muchos españoles a marcar indios que habían sido esclavizados fraudulentamente, la Corona prohibió tal práctica. Así por una Real Cédula del 13 de enero de 1532 dispuso que no se marcase a los indios en la cara como era costumbre “y el que lo haga lo pierda”. Dos años después, ante la reiterada violación de esta disposición, la Corona manifestó su malestar en un escrito dirigido a los oficiales de la Casa de la Contratación de Sevilla y en el que decía textualmente:

 

Por parte de Juan de Cárdenas me ha sido hecha relación en este Consejo que en Sevilla hay muchos indios naturales de la Nueva España y de otras partes de las Indias los cuales siendo libres los tienen por cautivos y siervos. Que no se vendan ni hierren porque sabemos que los que los traen los hierran en el rostro o les echan argollas de hierro a la garganta con letras de sus propios nombres en que dicen ser sus esclavos...”

 

Nuevamente volvemos a comprobar el profundo divorcio que existió en la España Moderna entre la teoría y la praxis que llevó a muchos propietarios a obviar la ley y seguir herrando a sus esclavos. Pero a la larga esta medida fue un paso más hacia adelante en el proceso por acabar con la trata de indios con destino a los mercados esclavistas peninsulares.

 

PARA SABER MÁS:


 

FRANCO SILVA, Alfonso: "La esclavitud en Sevilla entre 1526 y 1550", Archivo Hispalense Nº 188. Sevilla, 1978.

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Indios y mestizos en la España del siglo XVI. Madrid, Iberoamericana, 2000.

 

 

GARCÍA, Sebastián O.F.M.: “Guadalupe en Indias: documentación del Archivo del Monasterio”, en Extremadura en la evangelización del Nuevo Mundo. Madrid, Sociedad Estatal Quinto Centenario, 1990.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LOS PRIMEROS INDIOS AMERICANOS REPRESENTADOS EN EUROPA (1494)

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Acabo de conocer la noticia a través del blog de mi amigo don Manuel del Monte que a su vez se hace eco de un artículo publicado por Sylvia Poggioli en "The Two-way". En él se habla de la limpieza de un fresco en los apartamentos Borgia del Vaticano, pintados por Pinturicchio a finales de 1494 en el que se observan varios amerindios, presumiblemente taínos de La Española.

No deja de ser relevante el que aparezca en una fecha tan temprana una representación de los indígenas americanos lo que nos da una idea de lo avanzado que estaba ya a finales del siglo XV el proceso de globalización.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL PASEO POR ESPAÑA DEL CACIQUE DE LA FLORIDA, LUIS DE VELASCO (1566-1567)

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Las autoridades españolas tuvieron un trato muy diferente y favorable con los indios pertenecientes al grupo caciquil. Se trataba de una postura que tenía rancias raíces históricas en el solar peninsular, pues, en las célebres Partidas del Rey Alfonso X se recomendaba que se prestase especial atención a los hijos de los nobles. Además, había precedentes mucho más cercanos en el tiempo, pues, ya los portugueses, en su proceso de expansión atlántica por el África Negra, habían llevado una política similar de respeto a los privilegios de los reyezuelos locales. Sin embargo, al margen de los precedentes históricos, había una realidad evidente de la que las autoridades españolas no tardaron en percatarse y era la fe ciega que los indios profesaban a sus caciques. Así, pues, la postura oficial de reconocimiento de la nobleza indígena tenía su lógica, mucho más allá de la tradición histórica, pues se tenía claro que, atrayéndose al grupo caciquil, se podría controlar mucho más fácilmente al grueso de los indios. Por ello, una de las principales estrategias utilizadas por las autoridades españolas para hispanizar al indígena fue precisamente, como afirma István Szászdi, la conversión y transformación de los caciques en vasallos ejemplares a los ojos de sus distintas comunidades indígenas.

Desde las primeras décadas del siglo XVI se expidieron una serie de disposiciones tendentes a igualar el estatus de los caciques indios con el de los hidalgos castellanos. De hecho, desde muy pronto se expidieron autorizaciones para que algunos indios de alto rango social utilizasen el título de "don". Concretamente, tal merced fue concedida en la temprana fecha de 1533 a don Enrique, indio alzado en las sierras del Bahoruco en la Española y, con posterioridad, a un sinnúmero de indios. Y hasta tal punto fue cierta la intención de equiparar a estos caciques con la nobleza española que incluso encontramos algún caso, como el del indio Melchor Carlos Inga, descendiente de Hueyna Cápac, a quien en 1606 se autorizó su ingresó como caballero de la Orden de Santiago.

Algunos de estos nobles indígenas decidieron viajar a España, la mayoría para reivindicar ciertos derechos pero otros por simple curiosidad, como un turista del siglo XVI. Especial, aunque no único, es el caso de don Luis de Velasco, cacique de la Florida, y otro amerindio que traía como criado o acompañante, arribó a España en 1566, encontrándose en Madrid en diciembre de ese año. En la capital de España residió hasta el 12 de junio de 1567 en que regresó a Sevilla. No sabemos por qué motivo el trato dispensado a este indio fue muy especial. Además de la pensión de cinco reales diarios, abonados entre primeros de enero de 1567 y el 12 de junio de ese mismo año, a este cacique se le agasajó con todo tipo de lujos que costaron a la Corona varias decenas de miles de maravedís. Se le alojó en una posada de Madrid, cuyo importe se abonaba aparte de su salario a través del beneficiado de la iglesia de Santa Cruz de Madrid, que a la sazón había sido el encargado de buscarle una residencia adecuada en la capital española. Los gastos en vestido y calzado para él y su mozo fueron absolutamente desproporcionados y costeados por la Corona en diversos descargos fechados sucesivamente en diciembre de 1566, y en marzo y abril de 1567. El noble indígena vestía a la usanza castellana, con sombrero, zapatos, capa y espada y, cuando acudía a misa, lo hacía provisto con un rosario que le regalaron. De entre todas los enseres que don Luis de Velasco poseía tan sólo había uno que recordaba su origen americano: tenía un arco y compró en varias ocasiones casquillos para las flechas porque debía tener buena destreza con el arma y, cuando la ocasión lo permitía, deleitaba a los presentes con sus buenas artes.

           También, adoptó las costumbres propias de los castellanos, acudiendo con regularidad a lugares tan cotidianos como la barbería para "quitarse el pelo". Asimismo, iba regularmente a misa, todos los domingos y fiestas de precepto, concretamente al templo de Nuestra Señora de Atocha, entregando en cada ocasión un real de limosna. En algunas ocasiones acudía al mencionado templo a cumplir con el sacramento de la confesión, como se desprende de uno de los descargo de Ochoa de Luyando:

 

           "Víspera de la Trinidad y domingo siguiente le dio trece cuartos que le pidió que dijo se iba a confesar a Nuestra Señora de Atocha (52 maravedís).

 

           E incluso, se permitía acudir a Nuestra Señora de Atocha para encargar una misa propia, como ocurrió el 26 de marzo de 1567 en que le pidió tres reales a Ochoa de Luyando para "hacer decir una misa y pagar un real que dijo que debía y para dar limosna". Pero, es más, se paseaba por las calles de Madrid, a la usanza de los grandes nobles de España, repartiendo limosnas allá por dónde iba. Normalmente lo hacía los domingos donde, además de la cuantía entregada en la colecta, daba otras limosnas suponemos que a los indigentes y pedigüeños que habría a las puertas del templo, gastándose regularmente entre uno y dos reales.

Del resto de sus actividades diarias es muy poca la información que nos ofrece la documentación. Tan solo encontramos en la relación de gastos presentada el 22 de marzo de 1567 un pequeño descargo que decía así: "por ver un retablo que se representaba 16 maravedís". Se trataba de una especie de representación teatral de temática sacra que, habitualmente en esta época, se escenificaba dentro de los templos.

           Finalmente, el 12 de junio de 1567 partió de Madrid con destino a Sevilla. Probablemente, el silencio documental nos evidencia que debió embarcarse sin problemas con destino, primero, a Nueva España, y luego, a su tierra de origen en la Florida.

 

PARA SABER MÁS:

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Indios y mestizos en la España del siglo XVI. Madrid, Iberoamericana, 2000.

 

TALADOIRE, Éric: D’Amérique en Europe. Quand les Indiens découvraient l’Ancien Monde (1493-1892). Paris, CNRS Éditions, 2014.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA LLEGADA DE INDIOS ESCLAVOS A SEVILLA, DESPUÉS DE LAS LEYES NUEVAS DE 1542

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Después de las leyes Nuevas de 1542 en que se prohibió, al menos en teoría, la esclavitud de los indios, se siguieron vendiendo indios esclavos. En una carta del licenciado Cerrato, de la audiencia de Santo Domingo a Su Majestad, fechada el 18 de diciembre de 1547, se decía muy claramente:

 

        “Vuestra majestad tiene mandado que no se saquen de aquí indios ni indias para Castilla ni para otras partes, y puesto que aquí se pone sobre ello toda la diligencia que se puede, no basta para que no lleven hurtadas a lo menos las mujeres porque en Tierra Firme las venden públicamente en almoneda, y en Sevilla dicen que lo mismo. Y en esto los oficiales de Sevilla tienen mucho descuido porque a los que de aquí llevan indias hurtadas no solamente no se las hacen volver pero se las dan (Folio 3r.) a ellos mismos para que las tenga, de donde ha procedido mucho atrevimiento para llevarlas hurtadas. Según la prisa les dan, yo creo que muy presto no habrá indio ni india en esta isla y aún en hartas partes de las Indias”. (Margen izquierdo: a los oficiales de Sevilla que tengan especial cuidado que no se vendan estas indias). (AGI, Santo Domingo 49, R. 17. M. 108. Reproducido por RODRÍGUEZ MOREL, Genaro: Cartas de la audiencia de Santo Domingo, T. II, Santo Domingo)

 

        El Consejo de Indias acordó que se notificase a los oficiales de la Casa de la Contratación que no permitiesen la venta de indias en Sevilla. Pero queda claro que estos funcionarios hacían la vista gorda, igual que algunas autoridades de la isla, pues permitían que se sacaran naturales con destino a los mercados esclavistas de Tierra Firme y de España. Y el licenciado Cerrato decía más, si no se erradica esta práctica en pocos años no quedará en la isla ni un solo nativo, lo que desgraciadamente terminó ocurriendo.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA NACIÓN AMERINDIA EN LA ADORACIÓN DE LOS REYES MAGOS

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        En un rincón del claustro de la Catedral de Badajoz se encuentra este lienzo anónimo de la Adoración de los Reyes Magos, obra manierista probablemente del primer tercio del siglo XVII. Su calidad es modesta, al menos en comparación con otras composiciones de la misma temática, como la que el badajocense Luis de Morales hizo un siglo antes para la misma Catedral, conservada actualmente en su museo, o la que el gran Diego Velázquez compuso y que se conserva en el madrileño Museo del Prado. Puede que la Adoración de Morales tenga más valor pero ésta que ahora comentamos posee una novedad digna de ser reseñada.

Obviamente aparece la clásica iconografía de los Tres Reyes Magos, el primero arrodillado y con la corona en el suelo en señal de respeto y sumisión al Niño Jesús, el verdadero Rey Supremo. En los evangelios solo Mateo (II, 1-12) se refirió a ello, sin concretar demasiado: habiendo nacido Jesús en Belén, durante el reinado de Herodes, vinieron unos magos de Oriente a Jerusalén, preguntando: ¿dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarlo...

        Los nombres de los tres Magos aparecen por primera vez en un mosaico de San Apolinar Nuevo en Rávena, datado en el siglo VI d. C. Al parecer, provenían de Oriente y representaban a las tres partes del mundo y las tres razas conocidas en la antigüedad: Europa, Asia y Africa. Curiosamente en este lienzo aparece un pequeño perro en un primer plano, muy a la usanza manierista, emulando lo que Tintoretto había hecho en su famoso cuadro de El Lavatorio (Museo del Prado).

        Pero la verdadera particularidad de esta obra es el hecho de que en la parte baja del cuadro, junto al primer Rey Mago, aparezca ¡un indígena americano!, representado semidesnudo y con una aljaba con flechas colgada a la espalda. El nativo se representa de forma estereotipada, como se veía en Europa al buen salvaje.

El autor quiso incorporar a la cuarta raza del mundo conocida en el siglo XVII, aunque no quiso otorgarle el rango de Rey Mago, evitando un posible conflicto con la tradición iconográfica y con el dogma. Los amerindios eran vasallos de la Corona de Castilla, como los declaró Isabel la Católica, y eran personas racionales, dotadas de alma, como los declaró varias décadas después el Papa Paulo III. Pero en realidad nunca dejaron de ser vasallos rústicos y cristianos de segunda, subyaciendo la vieja idea planteada en antiguos concilios eclesiásticos, de que un mal cristiano valía siempre más que un buen pagano. La raza amerindia aparece, pero en un nivel inferior a las otras tres razas del mundo, representadas cada una de ellas por un Rey Mago. No obstante, era un tímido paso en el reconocimiento de la nación amerindia.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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DESCENDIENTES DE LA REALEZA MEXICA E INCA EN ESPAÑA

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A Castilla no sólo arribaron indios esclavos sino también un importante contingente de aborígenes libres y de mestizos. Los motivos por los que llegaron a España fueron sin duda muy diversos. Unos venían simplemente a conocer estos reinos, como si de un turista del siglo XXI se tratase. Ese fue el caso de don Gabriel y don Pedro, este último hijo del Rey del Imperio Azteca, Moctezuma, que llegaron acompañados por dos indios de servicio y tutelados por Francisco de Santillana a ver las cosas de España. Ya el 24 de julio de 1533 se le concedió al hijo de Moctezuma el cargo de Contino de la Casa Real para que de esta forma se pudiese mantener. El 22 de noviembre de 1540 solicitaron pasaje para volverse a Nueva España, pero dos años después, al menos don Pedro, continuaba reclamando permiso para retornar a México. Lástima que estos indios no dejasen ningún testimonio escrito de su viaje por tierras castellanas que hubiese sido tremendamente revelador para los historiadores y seguro que también fuente de inspiración de literatos. En cualquier caso queremos insistir en el buen recibimiento que las autoridades españolas proporcionaron siempre a los indios nobles en contraposición al desprecio que sentían por el resto de los miembros de la etnia. Incluso, sabemos que Juan de Moctezuma llegó a poseer por disposición Real una renta de 2.000 pesos de oro, situada nada menos que en los "indios vacos de México". Está claro el trato preferente dispensado por las autoridades españolas a los indios nobles, conscientes de que la mejor garantía de la sumisión de los indios estaba en el control de sus caciques.

Los descendientes del tlatoani mexica que viajaron a España fueron muy numerosos, algunos de los cuales fijaron aquí su residencia. El primero en hacerlo fue un hijo de Moctezuma II, Martín Neçahualteculchi, que estuvo en España en dos ocasiones y que al parecer lo hizo para besar las manos del emperador. Es posible que se tratase de una forma de pleitesía de la antigua nobleza azteca al nuevo tlatoani de México, es decir, al emperador Carlos V. Al parecer, se desposó con una española y de vuelta en México, murió envenenado por sus propios congéneres.

Poco después, a finales de la década de los veinte, don Pedro Moctezuma, en aquel momento único descendiente varón del tlatoani, llegó a España acompañado de un séquito de indios, entre ellos don Francisco de Alvarado Matlaccohuatzin. Regresó en 1530 en el mismo navío que Hernán Cortés. Pero este descendiente directo de Moctezuma retornó a la Península tres años después, pues sabemos que en 1533 estaba de nuevo en tierras españolas, en esta ocasión junto al indio don Gabriel, acompañados por dos indios de servicio y tutelados por Francisco de Santillana. Ambos caciques permanecieron en España varios años, donde recibieron honores y privilegios propios de la alta nobleza española. Incluso el Rey tuvo a bien darle una importante merced, de esas que hasta ese momento estaban reservadas para los conquistadores españoles. Concretamente le concedió 2.000 pesos de oro a perpetuidad sobre "los indios vacos de México". El 22 de noviembre de 1540 solicitaron pasaje para volverse a Nueva España, retornando a su tierra en 1541.

         Un hijo de don Pedro Moctezuma, Pedro Luis fue obligado a emigrar a España en 1567. Heredó el mayorazgo de su padre por fallecimiento de su hermano mayor y se desposó con una noble de la casa del duque de Alburquerque. Fijó su residencia en Guadix, aunque le sorprendió la muerte en Valladolid el 31 de mayo de 1606. Su hijo primogénito, Pedro Tesifón Moctezuma de la Cueva, nacido en 1581, ostentó un hábito de Santiago y en 1627 recibió dos títulos nobiliarios, el de vizconde de Ilucán, primero, y después el de conde de Moctezuma de Tultengo. Una nieta de éste fue la esposa del virrey de Nueva España, José Sarmiento de Valladares, siendo elevado el título, en el siglo XIX a la categoría de ducado.

         También los naturales de los Andes acudieron a España. Entre ellos nos consta la estancia de Felipe Guacra Paúcar del que no tenemos mucha información. Un siglo después eran los curacas Lurin Guanca y Jerónimo Lorenzo Limaylla quienes estuvieron en la Península Ibérica, presentando algunos memoriales en seguimiento de un pleito sobre el curacazgo del primero. Al parecer, el segundo tenía poder del primero y permaneció varios años en España, e hizo el trayecto de ida y vuelta en varias ocasiones con el objetivo de seguir el proceso. Otros curacas andinos estuvieron en España, como don Carlos Chimo, cacique de Lambayeque, en 1646, y Antonio Collatopa, curaca de Cajamarca.

           Los descendientes de la familia real incaica también protagonizaron numerosos viajes a Europa. Tenemos noticias de don Francisco Inga Atabalipa quién acudió a la Corte Real a hablar de ciertos asuntos con los miembros del Consejo de Indias. El veintitrés de agosto de 1563 se expidió una Real Cédula para que se le pagasen al citado cacique los maravedís que fueran necesarios para su mantenimiento. El dos de septiembre de ese mismo año Ochoa de Luyando descargaba al propio don Francisco Inga cincuenta ducados -unos 18.750 maravedís- para ayuda a su sustentación.

En 1603, se embarcó para España la huérfana Ana María Coya de Loyola, una india noble que el rey puso al cuidado de un tutor, don Juan de Borja y Castro, hijo del santo jesuita San Francisco de Borja. En octubre de 1619 había una novicia en el convento de las Bernardas de Vallecas, llamada María Colla que debe ser esa misma huérfana incaica. Sin embargo, poco después cuando cumplió los 18 años, la sacaron del cenobio y la desposaron con un caballero viudo llamado Juan Enríquez de Borja y Almazán, sobrino de su tutor. El matrimonio vivió suntuosamente en Madrid.

Además de estos miembros de la realeza mexica e incaica, encontramos un sinfín de caciques, curacas y descendientes de dignatarios prehispánicos que también se atrevieron a cruzar el charco. Famosos fueron los tlaxcaltecas, aquellos aliados de Hernán Cortés que tanto facilitaron la conquista. Los tlaxcaltecas eran un pueblo guerrero que tenía una larga historia de resistencia frente a la opresión de los mexicas. Durante años se alimentó el mito de su ferocidad, al resistir bizarramente el empuje de la confederación mexica. Algunos cronistas refirieron que eran tan buenos guerreros que Moctezuma con todo su gran poder no fue capaz de someterlos. Sin embargo, más bien parece que los confederados evitaron deliberadamente su conquista. Preferían tenerlos como enemigos permanentes para así, en las guerras floridas, obtener suficientes cautivos para sus sacrificios. Así se lo contó en una ocasión Moctezuma a Andrés de Tapia. El primer contingente de tlaxcaltecas que viajo a España lo hizo en 1528, en el cortejo de nativos que llevó consigo el metellinense Hernán Cortés. Se trataba de don Lorenzo Maxiscatzin, acompañado de Valeriano de Castañeda, Julián Quauhpitzintli, Juan Citalihuitzin y Antonio Huatlatotzin, todos ellos tlaxcaltecas. Arribaron al puerto de Palos el 27 de mayo de 1528 y regresaron a México en 1530. Cuatro años después, se personaron en la Corte los tlaxcaltecas don Diego, don Martín y don Sebastián, simplemente a ver y conocer a Su Majestad, regresando en 1535 con el virrey Antonio de Mendoza. No deja de ser interesante el motivo de la visita, que parece fruto de una curiosidad, aunque es posible que se trate también de algún tipo de pleitesía al soberano. Tan sólo cinco años después, en 1540 se produjo el cuarto viaje de tlaxcaltecas, protagonizado en esta ocasión por Leonardo Cortés y Felipe Ortiz, de los que no tenemos referencias sobre sus andanzas en la Península. Más información disponemos de los siguientes expedicionarios: Lucas García, Alonso Gómez, Antonio del Pedroso y Pablo de Galicia que, aunque no lo parezcan por sus nombres, eran caciques tlaxcaltecas. Estos obtuvieron varias mercedes, entre otras una fechada el 25 de abril de 1563 por la que se le concedía a la ciudad de Tlaxcala los títulos de muy noble y muy leal. En 1569 estaban de regreso en Nueva España. Y finalmente, en 1584 se produjo el quinto viaje de tlaxcaltecas a España de los que tenemos noticias. Don Antonio de Guevara, don Pedro de Torres, don Diego Telles y don Zacarias, acudieron a la corte, obteniendo al año siguiente el título de Muy Insigne para su querida ciudad de Tlaxcala. Entre 1589 y 1590 estaban todos ellos de regreso en su ciudad natal, con las mercedes conseguidas.

Unos años después encontramos a otro cacique que acudió en compañía de su mujer e hijos a la Corte de Carlos V. Se trataba del cacique Juan Garçés, que trabajaba en una hacienda de la Rivera de Toa, en Puerto Rico, y que arribó a España a nos informar de algunas cosas. En España debió ser recibido con los privilegios y con el trato preferencial que se les brindaba a todos los indios nobles. Por desgracia, no sabemos casi nada de su estancia en la Península, más que la petición formulada en febrero de 1528 para que le diesen pasaje para volverse a la isla de San Juan. El Emperador, como era de esperar dispuso que fuese encomendado a alguien "que lo trate bien y le de comer a quien sirva para que lo pase allá"

A finales de los años treinta, llegó a Sevilla el indio Felipillo de Poechos. Como es bien sabido fue entregado a Francisco Pizarro en el segundo viaje al Perú, en 1528. Aprendió con mucha facilidad la lengua castellana, siendo de mucha utilidad como intérprete. Pero por su fidelidad a Gonzalo Pizarro, en las guerras civiles, fue deportado a Panamá y despojado de sus privilegios. Junto a su esposa, Luisa de Medina, regresó a España para reclamar sus derechos, pero murió en Sevilla poco después del arribo.

Por su parte don Hernando Pimentel, señor de Texcoco, pidió permiso al Emperador, en 1554, para acudir a visitarlo. No sabemos mucho más de esta visita. Una década después, eran dos caciques de la ciudad de México, Lorenzo de Alameda y Martín de Aguilar, quienes llegaban a las costas hispanas a despachar algunos negocios. Pese a su aparentemente buena situación económica, en 1568 estaban pidiendo licencia de embarque y pasaje ya que decían manifestaban encontrarse en dificultades sin que nadie los ayudase.

           Muchos más datos tenemos de don Pedro de Henao, que acudió a la Corte en torno al año de 1584. Don Pedro era el cacique de los pueblos de Ipiales -donde él residía- y Potosti, ambos ubicados en el actual República de Ecuador. No sabemos, la fecha exacta de su primera arribada a la Península y a la Corte, aunque sí la segunda, ocurrida en 1584. Nuevamente, en esta ocasión el trato que recibió de la Corona fue exquisito, no escatimándose gastos para que el cacique se encontrase en la Península lo mejor posible. Para su estancia en Madrid, en una posada, manutención, vestido y calzado, así como por los gastos derivados de una enfermedad que padeció en la capital se desembolsaron nada menos que 1.279 reales, es decir, poco más de 116 ducados. Asimismo, se destinaron 243 reales para pagar los gastos del viaje de regreso de Madrid a Sevilla. No se abonó el pasaje porque llevaba un salvoconducto para que el general de la flota le diese, en la capitana o en la almiranta, pasaje gratuito a él y su criado, así como las raciones de comida que les correspondiesen. Y no fueron éstas las únicas mercedes reales que obtuvo, pues, la Corona decidió darle 500 ducados de los bienes de difuntos sin herederos para comprar ornamentos y cálices para la iglesia del pueblo de Ypiales. Igualmente, llevaba diversas cédulas: una de recomendación ante los oidores de la Audiencia de Quito, otra disponiendo que no hubiese servicios personales entre los indios y, finalmente, otra permitiéndole llevar un maestro de hacer azulejos y un organista, casados, con sus mujeres e hijos.

           Sin embargo, en el trayecto hasta Sevilla Henao debió sufrir un percance no bien aclarado en el que fue robado y despojado de lo que llevaba. Por ello, retornó de nuevo a la Corte donde no sólo consiguió duplicados de las cédulas otorgadas sino incluso otras mercedes firmadas por Felipe II. Y nuevamente se destinó una partida, esta vez de 100 ducados, para pagar los gastos del viaje de vuelta, incluyéndose una precavida observación, es decir, que la entrega del dinero se hiciese de la siguiente forma: los diez aquí, para con que se vaya a Sevilla, y los noventa en Tierra Firme, para con que se pueda ir desde allí a su tierra porque si acá se le dan lo gastará y no tendrá con qué poder hacer su viaje.

           Como ya hemos dicho, Henao se fue con todos sus objetivos cumplidos, llevándose bajo el brazo un buen número de concesiones y mercedes destinadas a mejorar tanto su propio estatu social como la vida diaria de los indios de su cacicazgo.

           Pero da la impresión que llegaron solo en el siglo XVI y primeros del XVII, sin embargo, tenemos referencias a algunos llegados en el XVIII. Fue el caso de Juan de San Pedro Andrade y Bejarano, cacique de San Juan Tecomatán, en el estado mexicano de Sonora, quien se presentó ante el Consejo de Indias en 1799 para reclamar una escuela pública de enseñanza religiosa y civil para su cacicazgo. Tras permanecer casi dos años en Sevilla, consiguió que se estimase su solicitud, aportando el consejo una pequeña cantidad y una orden aconsejando su erección.

 

PARA SABER MÁS:

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Indios y mestizos en la España del siglo XVI. Madrid, Iberoamericana, 2000.

 

------ “Indios nobles y caciques en la corte real española”, Temas Americanistas Nº 16. Sevilla, 2003.

 

ROJAS, José Luis de: “De México a Granada: descendientes de Moctezuma en España” en El Reino de Granada y el Nuevo Mundo, T. II. Granada, 1994.

 

TADALOIRE, Éric: D`Amérique en Europe. Quand les Indiens découvraient l`Ancien Monde (1493-1892). Paris, CNRS Ëditions, 2014.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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INDIOS EN SANTO DOMINGO EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVI

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        Por la rápida caída de la población aborigen en la Española, en general existía la creencia de que los indios prácticamente desaparecieron de la isla en la segunda mitad del siglo XVI. Sin embargo, la realidad es tozuda, y un documento de 1578 que me ha pasado el doctor Genaro Rodríguez, demuestra que seguía habiendo bastantes amerindios en la isla.

        La mayoría llegaban de fuera, fruto de las armadas de rescate contra los Caribes que se seguían practicando, pese a que en teoría eran súbditos de la Corona de Castilla. De hecho, desde 1530 estaba vedado hacer la guerra y capturar a los indios, aunque la guerra fuese justa. Disposiciones posteriores en contrario, volvieron a dar impulso a este lucrativo negocio esclavista. Y digo lucrativo, porque el resquicio legal para cautivar a indios de guerra provocó que los traficantes capturasen miles de indios de paz. Los que organizaban una costosa armada de rescate debían conseguir indios esclavos por las buenas o por las malas para evitar la ruina de la empresa. Por eso una vez en Tierra Firme o en las islas supuestamente caribes, capturaban las piezas estuviesen o no de guerra porque lo importante era rentabilizar la inversión. Y tantos indios llegó a haber en Santo Domingo que el presidente de la audiencia el doctor Montemayor de Cuenca, se estaba planteando erigir un pueblo a seis leguas de Santo Domingo –a unos 33 kilómetros- con 200 de esos naturales, aculturados por doce indios de los antiguos y evangelizados por un fraile. No sabemos si llegó a ponerse en práctica dicha propuesta, pero el texto es indicativo de la presencia de varios cientos de indios foráneos en la isla.

        También se citan a los indios llamados de los antiguos, que es posible que tampoco sean tainos originarios de la isla, sino descendientes de otros indios foráneos llegados décadas antes.

        Muy llamativo es el caso del cacique que quemó en la hoguera injustamente a tres indios suyos y fue condenado a muerte por el alcalde Baltasar Rodríguez. Y digo que es llamativo por dos cosas: primero por la permanencia en la isla, en el tercer tercio del siglo XVI, de la estructura administrativa del cacicazgo. Y segundo, por la adopción de la hoguera como forma de castigo por parte de una autoridad indígena. Una práctica cruel que aprendieron de los españoles ya que ellos no la practicaban en la época prehispánica.

 

Apéndice

 

Carta del doctor Montemayor de Cuenca a Su Majestad, Santo Domingo 15 de febrero de 1578.

 

Sacra, Católica Real Majestad: por todas las vías que hay navíos procuro escribir y dar cuenta a vuestra majestad del estado de esta isla y de las demás cosas tocantes a su real servicio. Y así lo hago ahora en un navío que trajo las bulas del año pasado a esta isla y a las demás de ella sujetas y para Nueva España que vino con licencia de poder volvérselo…

Por una cédula de vuestra majestad, dada en dos de agosto de quinientos treinta años, está mandado que no se puedan hacer indios cautivos aunque sean en guerra justa y mandada hacer por provisión real y aunque los indios sean caribes y hayan dado causa a la guerra y aunque sean indios que en su natural y entre los mismos indios fuesen esclavos si no fuesen revocando esta cédula y haciendo expresa mención de esta cédula ni revocarla después. En veintidós de junio de cincuenta y ocho años se dio cédula en contrario para que a los indios caribes les puedan hacer guerra y hacerlos cautivos, reservando las mujeres y a los niños de catorce años para abajo, y de esta cedula se dio sobrecarta en diecisiete de julio de sesenta y tres. Y en virtud de esta cédula, dio provisiones para hacer guerra y cautivar a los indios caribes que están en el río Hamana y Maricapana y Cumanacoa, espaldas de Cariaco y de otras provincias de Caracas, en la Nueva Andalucía y de la Margarita y de otras partes. Y a ello fueron ciertos capitanes que hicieron grandes males a los indios y cautivaron a muchos y, a vuelta de los caribes, trajeron por esclavos, indios de paz en cantidad y lo trajeron a vender a esta ciudad, donde sirven por esclavos sin darles los amos doctrinas ni saber qué cosa es la iglesia ni confesión ni cosa de cristianos.

Y habiéndose hecha relación de ello a vuestra majestad en vuestro Consejo se dio cédula real, en veintiséis de agosto de quinientos setenta y cuatro, mandando que los capitanes que por esta Audiencia se habían enviado a hacer guerra a los indios, saliesen luego con la gente que habían llevado dejando los indios a la libertad que han tenido y tienen y sin hacerles daño. En virtud de esta cédula, visto el mal tratamiento y poco enseñamiento de estos indios, he pretendido hacer de ellos un pueblo (a) seis leguas de esta ciudad, donde han quedado hasta doce indios de los antiguos, donde he puesto un fraile que los doctrine. Que (a)demás de hacerlos cristianos y sacarlos (a) todos del cautiverio, se haría un pueblo de doscientos indios que bastaría hacer. En esta ciudad hacen terrible contradicción los que tienen estos indios diciendo que la última cédula de vuestra majestad que den en su libertad los indios se da a entender en los que quedaron en sus provincias pero no en las que trajeron acá y se vendieron por esclavos. Procuraré ponerlos en libertad como vuestra majestad lo manda, como vuestra majestad lo manda y entiendo ser necesario que vuestra majestad envíe declaración sobre ello a favor de estos indios que los tratan como enemigos y los traen en carnes y los hacen servir en excesivos trabajos…

Estándose viendo mi residencia del tiempo que visité a Trujillo, constó por la misma residencia y recaudos que presenté en el Consejo, que teniendo el dicho licenciado Paredes preso a un Baltasar Rodríguez porque, siendo alcalde, ejecutó una sentencia mía muy justa de muerte contra un cacique que había quemado tres indios vivos sin culpa, el dicho licenciado Paredes trató con el que le diese una hija suya de ocho o nueve años para quien tenía más de setenta mil ducados y la casase con un hijo del dicho licenciado Paredes de edad de año y medio. Y el Baltasar Rodríguez hizo el casamiento de miedo, que le había de matar por la ejecución que se había hecho de mi sentencia. Y luego, desde muy poco días, el dicho Baltasar Rodríguez remaneció (sic) muerto en su cama sin saber de qué y sobre ello en vuestro Consejo se proveyó justicia y hubo tales medios que lo proveído en el Consejo nunca allá llegó. Y se llevó la hija a su casa y se la tienen por fuerza dando clamores a Dios. Sus deudos que por el favor que tiene no han sido partes para impedirlo y no es justo que tan gran delito quede sin castigo.

Guarde y ensalce nuestro señor la católica real persona de vuestra majestad con aumento de mayores reinos y señoríos como toda la cristiandad desea y ha menester. De Santo Domingo a 15 de febrero de 1578 años.

(AGI, Santo Domingo 51, R.1, N. 5)

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA VENTA DE UN INDIO EN SEVILLA EN 1534

            En una reciente visita al Archivo Histórico provincial de Sevilla, me salió al paso una nueva carta de compraventa de un indio esclavo, en esta ocasión, fechada el jueves 30 de julio de 1534. Resumidamente, la escritura decía lo siguiente:

            Rodrigo Alonso, mercader, vecino de la villa de Zafra, vende a Francisca de Espinosa, viuda, vecina de Sevilla, en la collación de Santa María, que estaba presente, una esclava india, llamada Felipa, de 25 años más o menos,  natural de las Indias de Portugal, con un hijo de dos años, de buena guerra, por un precio total de 18.920 maravedís (al margen 50 ducados).

            La escritura tiene su interés, para empezar porque no abundan las escrituras de compra venta de esclavos indios, de las que tenemos localizadas tan sólo varias decenas en toda España. Hay varios datos de interés que merece la pena resaltar: primero, que el vendedor sea un mercader zafrense. No olvidemos que durante todo el siglo XVI continuaron entrando de forma ininterrumpida amerindios, a través del puerto de Lisboa. El ejemplo de Zafra es especialmente llamativo, pues se han localizado algunas cartas de compraventa que se prolongan en el tiempo nada menos que hasta 1643. Se trata de un caso singular, pues en ningún otro mercado peninsular se dio tal circunstancia. No olvidemos que desde 1542 los nativos americanos eran vasallos de la Corona de Castilla y, por tanto, en teoría no se podía traficar con ellos. Pero en Zafra se hacía y con total impunidad, siendo todos procedentes del Brasil, pues en las colonias lusas la legislación tenía las fisuras suficientes como para que se mantuviesen las razias esclavistas de los bandeirantes. Y es más, mercaderes de Zafra figuran entre los vendedores de indios en Sevilla en la primera mitad del siglo XVI, porque los compraban en Portugal y los vendían en Extremadura y en Andalucía.

            No obstante, es probable que algunos de estos indios declarados brasileños procediesen realmente de las colonias españolas, circunstancia que obviamente ningún vendedor en sus cabales sostendría. ¿Por qué Zafra fue el único mercado español en el que se continuaron vendiendo casi hasta mediados del siglo XVII? La única explicación posible es que se situara a la sombra de Lisboa, en cuyo mercado se siguieron vendiendo indios supuestamente de guerra. No debe ser casualidad que en alguna de esas cartas se especifique la naturaleza brasileña del esclavo lo que posiblemente constituyó el eximente por el que se toleró su venta.

           El precio de venta, 50 ducados, fue razonablemente alto, situado más o menos en la media del precio al que se vendían en aquella época los esclavos negros y berberiscos. Probablemente, el hecho de tener un hijo de dos años incrementó sensiblemente el precio. También es posible que el exotismo del origen indio equiparase en cierta medida su precio con el que alcanzaban los negros africanos y los berberiscos.

           Esta nueva carta de compraventa, nos confirma nuevamente que, aunque a cuenta gotas, se vendieron esclavos indios, la mayoría procedentes de la América portuguesa, a lo largo de la primera mitad del siglo XVI.

ESTEBAN MIRA CABALLOS


EN TORNO A LA VENTA DE UN INDIO EN SEVILLA (1502)

             En una visita reciente al Archivo Histórico Provincial de Sevilla me salió al pasó una carta de compraventa de un indio. No era desconocida para mí, porque ya ofrecí alguna referencia a ella en mi libro sobre los indios en la España del siglo XVI (Madrid, Iberoamericana, 2000). Sin embargo, dado que estos instrumentos de compra-venta en las que están implicados indios son relativamente infrecuentes, volvió a llamar mi atención. Resumidamente, el documento decía así:

 

             En Sevilla, sábado 22 de enero de 1502 años, Diego de Córdoba, vecino de Sevilla, en la collación de Santiago, vende a Antón de la Rosa, aceitero, viudo de Mayor García, vecino de Sevilla, en la collación de Santa María la Blanca, un esclavo indio, de nombre Obispo, de edad de 30 años, natural de las Indias y de buena guerra. El precio se ajustó en 8.500 maravedís.

(A.H.P.S. Leg. 46, fol. 120r).

 

              Que se produzca una venta de un indio en 1502 no tiene nada de particular, porque todavía no se había determinado acabar con su trata. Sin embargo, hay otros datos curiosos que sí nos llaman la atención. Primero, el vendedor, Diego de Córdoba, que muy probablemente pertenecía a la famosa familia conversa sevillana de ese apellido1. Pero también hay que destacar el comprador que, en esta ocasión, era un mercader lo que vuelve a incidir en el hecho, ya resaltado por la historiografía, de que no sólo los nobles y los clérigos dispusieron de esclavos. Los indios, al igual que los negros, no solo fueron un artículo de ostentación, como defendiera don Antonio Domínguez Ortiz, sino también fue considerado una inversión en fuerza productiva.

Asimismo, vuelve a ser llamativo el escaso precio al que se cotizaban los indios, pues los esclavos negros por aquellas duplicaban y hasta triplicaban el precio. Claro que los negros habían tenido un coste de compra en origen y transporte, mientras que los indios en plena conquista salían gratis, sólo había que pagar su transporte. No obstante, a juzgar por los precios de otros indios vendidos entre 1495 y 1502 (Ver el Cuadro I), no estuvo mal vendido el indio Obispo.

 

Cuadro I

Indios vendidos en Sevilla entre 1495 y 15022

 

FECHA

NOMBRE

EDAD

PRECIO

27-V-1495

Una niña

--

7.000

4-II-1497

Francisco

10

3.000

15-III-1497

Muchacho

--

6.500

1501

Alonso

25

6.000

1501

Cosme

12

6.000

1501

Pedro

12

3.000

1501

Francisca

--

4.750

19-VII-1501

Francisca

11 o 12

4.000

1-I-1502

Muchacho

--

10.750

22-I-1502

Obispo

30

8.500

PRECIO MEDIO

--

--

5.950

 

Esto era occidente a principios del siglo XVI: un mundo tan intolerante con las minorías como tolerante con instituciones como la esclavitud, una de las mayores miserias de la humanidad. Una esclavitud que la sociedad contemporánea consiguió prohibir legalmente pero que se sigue manteniendo tanto en el mundo subdesarrollado como en el desarrollado a través de las mafias que trafican con seres humanos.

 

Esteban Mira Caballos

2-XI-2011

1 Juan de Córdoba, platero y mercader, probablemente pariente suyo. figuró en la lista de habilitados por la Inquisición sevillana en 1494. (Gil, 2000: II, 21).

2 Fuente: (Mira Caballos, 2000: 117).

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DOS BAUTIZOS DE INDIAS EN CARMONA (1504)

Damos a conocer en estas líneas dos nuevos bautizos de esclavas indias, localizadas en los libros sacramentales de la parroquia de Santiago de Carmona en 1504. Conocemos casos anteriores, pues Ya Cristóbal Colón al regreso de su primer viaje trajo consigo varios indios, dos de los cuales se bautizaron solemnemente en el monasterio de Guadalupe, allá por el año de 1493. La partida decía así:

 

Viernes XXIX de este dicho mes, se bautizaron Cristóbal y Pedro, criados del señor Almirante don Cristóbal Colón. Fueron sus padrinos, de Cristóbal Antonio de Torres y Andrés Blázquez. De Pedro fueron padrinos el señor Coronel y Señor Comendador Varela, y Bautizolos Lorenzo Fernández, capellán1

 

Con posteridad se debieron bautizar más indios en Sevilla pero conocemos muy pocos casos documentados, de ahí el interés de esta partida que decía así:

 

En domingo 26 de mayo bautizó Alonso Sánchez, capellán de la Señora Duquesa a María e Inés, indias esclavas de su señoría. Fueron padrinos Pedro García y Pedro Martín de Revilla, clérigos, y Francisco y Fernando de Santa Clara, sus criados2

 

La propietaria está claro que era doña Beatriz Pacheco, duquesa de Arcos, lo cual no tenía nada de particular porque la alta nobleza y el clero eran los grandes propietarios de esclavos. La partida de Carmona tiene un par de detalles de interés: primero, su fecha de 1504, pues aunque no es una partida excepcional conocemos pocas de ellas con anterioridad a 1520 o 1525 entre otras cosas porque se conservan muy pocos registros parroquiales con anterioridad3. Y segundo, porque no deja de ser paradójico que en 1504, estando todavía viva Isabel La Católica, quien tanto veló y clamó por el buen trato y la libertad de los indios como vasallos de Castilla4, se bautizasen este par de esclavas aborígenes. Porque después de la muerte de la Reina sí que tenemos constancia de la trata de cientos de indios a la Península pero no antes. El padre Las Casas captó perfectamente esta situación cuando escribió:

Los mayores horrores de estas guerras...comenzaron desde que se supo en América que la Reina Isabel acababa de morir... porque Su Alteza no cesaba de encargar que se tratase a los indios con dulzura y se emplearan todos los medios para hacerlos felices.

 

Muy poco después comenzaron a llegar a la Península varios centenares de indios procedentes de la Española y concretamente de las provincias insurrectas de Higüey y Xaragua. Al parecer el principal responsable de estos envíos fue el capitán Juan de Esquivel que los consignó a un socio suyo residente en Sevilla, llamado Timoteo de Vargas.

Por último quisiera comentar un último aspecto: es posible que estas pobres indias, procedentes casi con total seguridad del área caribeña, fueran liberadas por Beatriz Pacheco en su testamento protocolizado ante escribano el 5 de abril de 1511. De hecho en una de las cláusulas del mismo liberó a todos sus esclavos:

Ítem mando y quiero que mis esclavos Juan Rodríguez y Catalina e Inés y Alonso Pacheco e Isabel, su mujer, y Ana y María de la Corina sean horros y libres de todo cautiverio y servidumbre y asimismo mando que mis esclavos Antonio y Cristóbal sean horros y libres porque todos me han servido bien y los tengo por criados, y que María la de la corina sirva a la señora abadesa doña Leonor, mi hermana, todo el tiempo que le mandare y su merced le mandará dar lo que hubiere menester5

              Desconocemos en estos momentos si las esclavas citadas como María la Corina e Inés son las indias bautizadas en Santiago en 1504. En cualquier caso, desconocemos la situación que vivieron después de la muerte de la Duquesa. Lo más probable es que permanecieran sirviendo como criadas a los herederos de la duquesa o a las monjas clarisas de Carmona con la que tanta vinculación tuvo la duquesa. Mucho más improbable es que decidiesen regresar, con la ayuda de los oficiales de la Casa de la Contratación a su tierra natal.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

1 Publicadas en GARCÍA, Sebastián: Guadalupe de Extremadura en América. Madrid, Gráficas Don Bosco, 1991, p. 67.

2 Libro de Bautizos Nº 1 de la parroquia de Santiago de Carmona, fol. 78r.

3 Los libros sacramentales de la parroquial de Santiago, actualmente depositados en el archivo de la de Santa María de Carmona, conserva los registros de bautizos completos desde 1488.

4 Sobre el particular puede verse mi trabajo: “Isabel La Católica y el indio americano”, XXXIII Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo, 2005. Reeditado en mi libro: La Española, epicentro del Caribe en el siglo XVI. Santo Domingo, Academia de la Historia, 2010, pp. 41-58.

5 Hemos manejado una copia transcrita por nosotros mismos que se conserva en el Archivo de la Hermandad de la Misericordia de Carmona.

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INDIOS NOBLES EN LA CORTE REAL ESPAÑOLA (S. XVI)

 

(*) Este artículo fue publicado en la Revista Temas Américanistas, que edita el Departamento de Historia de América de la Universidad de Sevilla.

1.-INTRODUCCIÓN

Como es bien sabido a lo largo del siglo XVI arribaron a la península Ibérica varios miles de indios, siendo su trato de muy diversa índole, a saber: unos pocos caciques fueron tratados con la dignidad que su rango merecía, mientras que otros -la mayoría- corrieron peor suerte, siendo vendidos en los principales mercados de esclavos.

Efectivamente, el envío de indios con destino a la Península dio comienzo muy pronto, cuando Cristóbal Colón, al regreso de su primer viaje, trajo consigo varios presentes a los Reyes, entre los que figuraban en torno a una decena de indios. En un primer momento este tráfico fue aceptado por los Reyes que tácitamente atribuyeron a estos aborígenes el mismo status que habían gozado los musulmanes peninsulares hasta 1492, disponiendo, pues, su venta en los mercados andaluces. Sin embargo, poco después se inició un proceso legislativo, que culminó con las Leyes Nuevas de 1542, tendente a suprimir la esclavitud de los indios. Y justo un año después, es decir, en 1543, se prohibió expresamente su trata con destino a la Península Ibérica1. Concretamente se dispuso que "ninguna persona pueda traer ni enviar indio alguno con licencia ni sin ella, aunque pretendan ser sus esclavos y tener derecho para ello, ni de los que fueren libres, aunque digan que quieren ir de su voluntad"2.

Esta prohibición tenía su lógica interna por tres motivos: uno, porque los indios fueron considerados desde tiempos de Isabel la Católica como vasallos de la Corona de Castilla, status que era incompatible con su trata y esclavitud. Dos, porque una de las causas que provocó la introducción de esclavos negros en América fue precisamente la protección del indio. Y tres, porque la trata de indios, a diferencia de lo que ocurría con el comercio de esclavos negros, no sólo no reportaba ingresos directos a la Corona sino que además suponía perder efectivos en las minas americanas. Por tanto, la trata del indio americano con destino a los mercados esclavistas españoles ni era coherente con el discurso oficial, ni era moral, ni en principio era racional desde el punto de vista económico.

En aplicación de esta ley la Corona ordenó a Gregorio López que hiciese una lista con los aborígenes americanos que había en Sevilla y que debían liberarse. Pero, como era de esperar, esta revisión de los títulos de esclavitud del indio, llevada a cabo en España y en América, fue muy mal acogida por los propietarios. La Corona debió insistir para que no solo se revisasen los títulos de propiedad sino para que se pusiesen inmediatamente en libertad a las mujeres indígenas y a los menores de 14 años3. Desde entonces todos los descendientes de mujeres indígenas fueron considerados automáticamente libres, incluso en los casos en los que el padre era indio o incluso negro4.

La libertad otorgada al indígena de las colonias españolas así como la prohibición de su trata supuso un hito importante en la historia social de Hispanoamérica. Sin embargo, también es justo reconocer que esta legislación no supuso a corto plazo el fin de la esclavitud indígena ni de su tráfico ilegal con destino a la Península Ibérica.

Para empezar estas medidas no afectaron a los indios esclavos ya estantes previamente en España, los cuales continuaron sumidos en la más profunda servidumbre y debieron pleitear individualmente por conseguir su ahorría. Así, se deduce al menos de un informe dirigido al Rey en 1549, en el que se afirmaba que en Sevilla había "muchos indios e indias libres que los españoles los tienen por esclavos y se sirven de ellos como tales, no lo pudiendo ni debiendo hacer"5. Por este motivo se ordenó que se volviesen a solicitar los títulos de esclavitud de los indios y a los propietarios que no los tuviesen les fuesen quitados y puestos en libertad.

Pero, es más, nuevos indios continuaron llegando a la Península a través de Lisboa, a cuyo mercado esclavista acudían los traficantes españoles a comprar indios, la mayoría procedentes del Brasil aunque no faltaban los de la América Española. Evidentemente aquellas personas que se dedicaban a traer indios americanos optaban por poner rumbo al puerto de Lisboa para evitar de esta forma las prohibiciones vigentes en los territorios castellanos. A la capital lusa acudían desde la década de los treinta muchos mercaderes españoles donde compraban "piezas indígenas" a muy bajo precio que después vendían en distintas ciudades españolas.

Hasta tal punto se siguieron vendiendo indios en España que la Corona se vio obligada a ratificar nuevamente la prohibición el 21 de septiembre de 15566, sin que sirviese tampoco para detener totalmente el tráfico de indios. Al año siguiente se prohibió la venta de 30 indios en Santo Domingo y los dueños mostraron su disgusto, afirmando que en Sevilla se vendían públicamente con el total consentimiento de las autoridades españolas. Y debía ser cierto ya que a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XVI, e incluso, en el XVII, nos consta documentalmente la venta de indios en numerosas ciudades españolas como Córdoba, Sevilla, Badajoz, Huelva, etc. No en vano, en el capítulo XV de un memorial para la reformación de la navegación, fechado en 1568, se planteó la necesidad de comprobar si los navíos traían metales preciosos sin registrar "o si vienen algunos indios"7. Asimismo en el capítulo XVII se afirmaba que muchos españoles que llevaban numerario sin registrar lo gastaban en las Azores en comprar mercaderías y esclavos, "así negros como indios"8. Además resultaba muy difícil aplicar la legislación vigente sobre la libertad de los indígenas porque no había grandes diferencias étnicas con los indios del Brasil, cuya trata estuvo permitida al menos hasta 1570.

Y cuando dejaron de venderse definitivamente como esclavos, los indios estantes en la Península siguieron sirviendo como criados, en una situación que ofrecía pocas diferencias con su antigua servidumbre. No obstante sí es cierto que, gracias a la política proteccionista del indio por parte de las autoridades españolas, la arribada de indios esclavos a la Península se ralentizó desde la década de los cuarenta y prácticamente desapareció en el último cuarto del siglo XVI.

 

2.-LA OTRA CARA DE LA MONEDA: EL TRATO PREFERENCIAL DE LOS CACIQUES

Como ya hemos afirmado, desde un primer momento las autoridades españolas tuvieron un trato muy diferente y favorable con los indios pertenecientes al grupo caciquil. Se trataba de una postura que tenía rancias raíces históricas en el solar peninsular, pues, en las célebres Partidas del Rey Alfonso X se recomendaba que se prestase especial atención a los hijos de los nobles9. Además, había precedentes mucho más cercanos en el tiempo, pues, ya los portugueses, en su proceso de expansión atlántica por el África Negra, habían llevado una política similar de respeto a los privilegios de los reyezuelos locales. Sin embargo, al margen de los precedentes históricos, había una realidad evidente de la que las autoridades españolas no tardaron en percatarse y era la fe ciega que los indios profesaban a sus caciques. Así, pues, la postura oficial de reconocimiento de la nobleza indígena tenía su lógica, mucho más allá de la tradición histórica, pues se tenía claro que, atrayéndose al grupo caciquil, se podría controlar mucho más fácilmente al grueso de los indios. Por ello, una de las principales estrategias utilizadas por las autoridades españolas para hispanizar al indígena fue precisamente, como afirma István Szászdi, la conversión y transformación de los caciques en vasallos ejemplares a los ojos de sus distintas comunidades indígenas10.

Así, pues, desde las primeras décadas del siglo XVI se expidieron una serie de disposiciones tendentes a igualar el status de los caciques indios con el de los hidalgos castellanos11. De hecho, desde muy pronto se expidieron autorizaciones para que algunos indios de alto rango social utilizasen el título de "don". Concretamente, tal merced fue concedida en la temprana fecha de 1533 a don Enrique, indio alzado en las sierras del Bahoruco en la Española y, con posterioridad, a un sinnúmero de indios. Y hasta tal punto fue cierta la intención de equiparar a estos caciques con la nobleza española que incluso encontramos algún caso, como el del indio Melchor Carlos Inga, descendiente de Hueyna Capac, a quien en 1606 se autorizó su ingresó como caballero de la Orden de Santiago12.

Este reconocimiento social se vio siempre acompañado de una política educativa que daba prioridad absoluta a los jóvenes caciques. Y el acierto fue tal que desde los primeros años de la colonización antillana reportó grandes frutos13. Más tarde, y concretamente desde 1535, comenzaron a aparecer colegios especiales para los hijos de caciques, muy parecidos a los "seminarios de nobles"14.

 

3.-INDIOS NOBLES EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI

De los hijos de caciques y de los mestizos que fueron traídos a la Península para su educación en colegios y en conventos españoles ya nos hemos ocupado en otra ocasión15. También son bien conocidos no pocos casos de mestizos que alcanzaron fama, fortuna y prestigio en la España Moderna, integrándose plenamente en la élite peninsular16.

Sin embargo, muchas menos noticias teníamos de la arribada a España de indios nobles así como su vida en Castilla y el trato recibido a este lado del océano. Por ello, en estas páginas nos vamos a centrar en algunos casos, buena parte de ellos totalmente inéditos, de caciques que arribaron a la Corte Real y que fueron tratados con las atenciones y los privilegios propios de una alta dignidad diplomática, hasta el punto de sufragar la propia Corona todos los gastos derivados de su estancia en tierras españolas.

Como es sabido, los primeros jóvenes caciques que pisaron tierras peninsulares son los que trajo Cristóbal Colón al regreso de su primer viaje y que fueron bautizados en el monasterio de Guadalupe en 1493, según relataba Gonzalo Fernández de Oviedo:

"Y ellos de su propia voluntad y (a)consejados, pidieron el bautismo; y los Católicos Reyes, por su clemencia, se lo mandaron dar; y juntamente con sus Altezas, el serenísimo príncipe don Juan, su primogénito y heredero, fueron padrinos. Y a un indio que era el más principal de ellos, llamaron don Fernando de Aragón, el cual era natural de esta isla Española y pariente del Rey o cacique Goacanagarí; y otro llamaron don Juan de Castilla; y los demás se le dieron otros nombres, como ellos los pidieron o sus padrinos acordaron que se les diese conforme a la iglesia católica"17.

 

Es muy poco lo que sabemos de estos primeros caciques indios traídos por Colón, pues, la mayor parte de ellos murieron en breve plazo, aquejados de viruelas18. Tan sólo tenemos bien documentado a uno de ellos, es decir, al indio Diego Colón, originario de la isla de Guanahaní. Allí lo encontró el Almirante en octubre de 1492 y, como indio amigo o guatiao, lo bautizó con el nombre de su hijo19. Su estancia en la Península debió ser muy fructífera, pues, Colón consiguió su objetivo de formar a un traductor para su segunda expedición. Y también de ello nos dejó constancia Fernández de Oviedo:

"E como el Almirante volvía consigo algunos de los indios que había llevado a España, entre ellos uno que se llamaba Diego Colón, y había mejor que los otros aprendido, y hablaba ya medianamente la lengua nuestra, por su interpretación, el Almirante fue muy enteramente informado de muchos indios y del propio rey Goacanagarí de cómo había pasado lo que es dicho, mostrando este cacique mucho pesar de ello..."20.

 

Posteriormente, vivió en casa del gobernador de la Española, frey Nicolás de Ovando. Sin embargo esta situación duró muy pocos meses porque el 25 de junio de 1503 fue enviado de nuevo a tierras castellanas, junto a otros dos caciques, en una flota que partió de Santo Domingo21. Ya en España, murieron en poco tiempo los dos caciques acompañantes mientras que Diego continuó viviendo y aprendiendo a leer, con unas cartillas que se le compraron para tal fin22. Sabemos que durante su estancia estuvo afectado por cierta enfermedad pues, en 1505, fue curado de "una postema que le salió... en la garganta"23. El indio recibió en todo momento buen trato, pues, no en vano la Corona pensaba obtener de nuevo grandes servicios a su vuelta a la Española, según se deduce de una respuesta de Su Majestad a los oficiales de la Casa de la Contratación:

"Lo que decís del indio hijo de cacique que habéis hecho relación tened cuidado de lo continuar y que sea muy bien tratado así en lo espiritual como en lo temporal de manera que cuando plugiere a Dios que se haya de tornar a la Española vaya de acá muy contento para que los indios tengan conocimiento como acá son tratados y de las cosas de la fe para que sea causa de más ligeramente los atraer a ella"24.

 

Durante su segunda estancia en Castilla el joven cacique fue instruido tanto en gramática como sobre todo "en las cosas de la fe"25. No sabemos en qué año regreso exactamente a la Española pero en 1508 estaba ya en la isla, pues, frey Nicolás de Ovando lo utilizó en un experimento de libertad. Y éste es el último dato fiable que tenemos de este cacique tras su dos periplos en tierras peninsulares. En la lista de caciques repartidos por Alburquerque en 1514 encontramos de nuevo un indio llamado Diego Colón, aunque en principio parece difícil que pueda tratarse de la misma persona, veintidós años después de que lo encontrará el Primer Almirante.

Unos años después encontramos a otro cacique que acudió en compañía de su mujer e hijos a la Corte de Carlos V. Se trataba del cacique Juan Garçés, que trabajaba en una hacienda de la Rivera de Toa en Puerto Rico y que arribó a España "a nos informar de algunas cosas"26. En España debió ser recibido con los privilegios y con el trato preferencial que se les brindaba a todos los indios nobles. Por desgracia, no sabemos casi nada de su estancia en la Península, más que la petición formulada en febrero de 1528 para que le diesen pasaje para volverse a la isla de San Juan. El Emperador, como era de esperar dispuso que fuese encomendado a alguien "que lo trate bien y le de comer a quien sirva para que lo pase allá"27.

Pocos años después, y concretamente en 1533, llegaron a tierras españolas los caciques don Pedro Moctezuma y don Gabriel, acompañados por dos indios de servicio y tutelados por Francisco de Santillana. Ambos caciques permanecieron varios años en España, donde recibieron honores y privilegios propios de la alta nobleza española. Incluso el Rey tuvo a bien darle una importante merced, de esas que hasta ese momento estaban reservadas para los conquistadores españoles. Concretamente se les concedió 2.000 pesos de oro a perpetuidad sobre "los indios vacos de México". El 22 de noviembre de 1540 solicitaron pasaje para volverse a Nueva España, retornando a su tierra en 154228.

En mayo de 1554 se presentó en la corte española don Francisco Tenamaztle, cacique de los pueblos de Noxtlan y Sucxipila, en Nueva Galicia, acompañado por un intérprete indio. El Emperador dejó dispuesto por una Real Cédula, dada en Valladolid el 10 de mayo de 1554 y refrendada del secretario Samano, que se abonasen al dicho indio cuatro reales diarios para su mantenimiento durante "todo el tiempo que estuviese en esta corte" a contar desde el 4 de mayo del citado año29. Y, en vista del trato recibido y de la pensión diaria a costa de las arcas reales, el ilustre indio decidió quedarse una larga temporada en la Península, para "conocer" bien los reinos de España. No sabemos mucho más sobre su estancia en la Península, sus actividades, los lugares visitados, etcétera porque la documentación es parca al respecto. Sin embargo, sí sabemos que estuvo en tierras castellanas hasta el 10 de noviembre de 1556, fecha en la que falleció, después de haber permanecido postrado en una cama desde septiembre de 1556. Los costes de su estancia en la Península sumaron 125.974 maravedís, de los que 119.974 correspondieron al salario diario del mencionado indio30 y los restantes 6.000 a los gastos que ocasionaron su enfermedad. Y no se escatimaron cuidados durante los dos meses que duró su agonía, pues, el Rey dispuso que Cristóbal de San Miguel, solicitador del fisco, se encargase de que "hiciesen curar a don Francisco Tenamaztle". No obstante, y muy a pesar de que dispuso de las atenciones de un médico de reconocido prestigio en su época, como el doctor Peñaranda, el indio falleció en breve plazo31.

Pero, don Francisco Tenamaztle no era el único cacique que por aquellas fechas andaba en la Corte, pues, don Juan, cacique de Utlatlán, también se encontraba allí al menos en noviembre de 1557 cuando se le abonaron 3.000 maravedís "para ayuda a se ir de esta corte a Sevilla"32.

Unos seis años después era el cacique don Francisco Inga Atabalipa quién acudía a la Corte Real a hablar de "ciertos asuntos" con los miembros del Consejo de Indias. El 23 de agosto de 1563 se expidió una Real Cédula para que se le abonasen al citado cacique los maravedís que fueran necesarios para su sustentación33. El 2 de septiembre de ese mismo año Ochoa de Luyando descargaba al propio don Francisco Inga 50 ducados -unos 18.750 maravedís- para "ayuda a su sustentación"34.

Mucho más documentada tenemos la presencia en la corte de Felipe II de don Luis de Velasco, cacique de la Florida, y otro indio que traía como criado o acompañante. No sabemos cuándo arribó a la Península pero sí que en diciembre de 1566 se encontraba en Madrid, localidad en la que residió hasta el 12 de junio de 1567 "en que el dicho indio se fue a Sevilla"35. No sabemos por qué motivo el trato dispensado a este indio fue muy especial. Además de la pensión de cinco reales diarios, abonados entre primero de enero de 1567 y el 12 de junio del mismo año, a este cacique se le agasajó con todo tipo de lujos que costaron a la Corona varias decenas de miles de maravedís. Por un lado, la residencia del indio en una posada de Madrid, fue abonada aparte, a través del beneficiado de la iglesia de Santa Cruz de Madrid, que a la sazón había sido el encargado de buscarle una residencia adecuada en la capital española36.

Los gastos en vestido y calzado para él y su mozo fueron absolutamente desproporcionados y costeados por la Corona en diversos descargos fechados sucesivamente en diciembre de 156637, y en marzo y abril de 156738. El indio vestía a la usanza castellana, con sombrero, zapatos, capa y espada39 y, cuando acudía a misa, lo hacía provisto con un rosario que le regalaron40. De entre todas los enseres que don Luis de Velasco poseía tan sólo había uno que recordaba su origen indio: tenía un arco y compró en varias ocasiones casquillos para las flechas porque debía tener buena destreza con el arma y, cuando la ocasión lo permitía, deleitaba a los presentes con sus buenas artes41.

También, adoptó las costumbres propia de los castellanos acudiendo con regularidad a lugares tan cotidianos como la barbería para "quitarse el pelo"42. Asimismo, iba regularmente a misa, todos los domingos y fiestas de precepto, concretamente al templo de Nuestra Señora de Atocha, entregando en cada ocasión un real de limosna. En algunas ocasiones acudía al mencionado templo a cumplir con el sacramento de la confesión, como se desprende de uno de los descargo de Ochoa de Luyando:

"Víspera de la Trinidad y domingo siguiente le dio trece cuartos que le pidió que dijo se iba a confesar a Nuestra Señora de Atocha (52 maravedís)43.

 

E incluso, se permitía acudir a Nuestra Señora de Atocha para encargar una misa propia, como ocurrió el 26 de marzo de 1567 en que le pidió tres reales a Ochoa de Luyando para "hacer decir una misa y pagar un real que dijo que debía y para dar limosna"44.

Pero, es más, el indio se paseaba por las calles de Madrid, a la usanza de los grandes nobles de España, repartiendo limosnas allá por dónde iba. Normalmente lo hacía los domingos donde, además de la cuantía entregada en la colecta, daba otras limosnas suponemos que a los indigentes y pedigüeños que habría a las puertas del templo, gastándose regularmente entre uno y dos reales.

Del resto de sus actividades diarias es muy poca la información que nos ofrece la documentación. Tan solo encontramos en la relación de gastos presentada el 22 de marzo de 1567 un pequeño descargo que decía así: "por ver un retablo que se representaba 16 maravedís"45. Se trataba de una especie de representación teatral de temática sacra que, habitualmente en esta época, se escenificaba dentro de los templos.

Finalmente, el 12 de junio de 1567 partió de Madrid con destino a Sevilla. Probablemente, el silencio documental nos evidencia que debió embarcarse sin problemas con destino, primero, a Nueva España, y luego, a su tierra de origen en la Florida.

Y para finalizar, queremos al menos citar el caso de otro cacique, llamado don Pedro de Henao, que acudió a la Corte en torno al año de 1584. Don Pedro era el cacique de los pueblos de Ypiales -donde él residía- y Potosti, ambos ubicados en el actual Ecuador. No sabemos, la fecha exacta de su primera arribada a la Península y a la Corte, aunque sí la segunda, ocurrida en 158446.

Nuevamente, en esta ocasión el trato que recibió de la Corona fue exquisito, no escatimándose gastos para que el cacique se encontrase en la Península lo mejor posible. Para su estancia en Madrid, en una posada, manutención, vestido y calzado, así como por los gastos derivados de una enfermedad que padeció en la capital se desembolsaron nada menos que 1.279 reales, es decir, poco más de 116 ducados. Asimismo, se destinaron 243 reales para pagar los gastos del viaje de regreso de Madrid a Sevilla. No se abonó el pasaje porque llevaba un salvoconducto para que el general de la flota le diese, en la capitana o en la almiranta, pasaje gratuito a él y su criado, así como las raciones de comida que les correspondiesen. Y no fueron estas las únicas mercedes reales que obtuvo, pues, la Corona decidió darle 500 ducados de los bienes de difuntos sin herederos para comprar ornamentos y cálices para la iglesia del pueblo de Ypiales. Igualmente, llevaba diversas cédulas: una de recomendación ante los oidores de la Audiencia de Quito, otra disponiendo que no hubiese servicios personales entre los indios y, finalmente, otra permitiéndole llevar un "maestro de hacer azulejos y un organista, casados, con sus mujeres e hijos"47.

Sin embargo, en el trayecto hasta Sevilla Henao debió sufrir un percance no bien aclarado en el que fue robado y despojado de lo que llevaba. Por ello, retornó de nuevo a la Corte donde no sólo consiguió duplicados de las cédulas otorgadas sino incluso otras mercedes firmadas por Felipe II48. Y nuevamente se destinó una partida, esta vez de 100 ducados, para pagar los gastos del viaje de vuelta, incluyéndose una precavida observación, es decir, que la entrega del dinero se hiciese de la siguiente forma: "los diez aquí, para con que se vaya a Sevilla, y los noventa en Tierra Firme, para con que se pueda ir desde allí a su tierra porque si acá se le dan lo gastará y no tendrá con qué poder hacer su viaje"49.

Como ya hemos dicho, Henao se fue con todos sus objetivos cumplidos, llevándose bajo el brazo un buen número de concesiones y mercedes destinadas a mejorar tanto su propio status social como la vida diaria de los indios de su cacicazgo.

 

4.-CONCLUSIONES

Nuestra intención no ha sido ser exhaustivos en el tema de los caciques indios arribados a la Península en el siglo XVI. Nos hemos limitado, en cambio, a sintetizar algunos de los ejemplos más conocidos, aportando otros que lo eran menos. Sin embargo, creemos que los casos expuestos nos dan una idea clara del trato de favor dispensado por la Corona a la nobleza indígena. Una política muy acertada para los intereses de España que las autoridades hispanas tuvieron siempre muy clara. Prueba de ello es la gran cantidad de recursos empleados en la manutención de estos aborígenes durante sus a veces prolongadas estancias en la capital de España. Como hemos podido comprobar y verificar en este artículo la Corona en ningún momento escatimó gastos.

Obviamente se trataba de una actitud que contrastaba abiertamente con la mostrada hacia el común de los indígenas americanos, tanto los residentes en América como los de la propia Península, donde se vendieron como esclavos hasta bien avanzado el siglo XVI. Y cuando esta trata ya no fue posible se permitió que continuasen sirviendo a sus dueños en calidad de criados, condición que en estos casos poca diferencia tenía con su primitiva situación servil.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 Los aspectos legales de la prohibición de la trata los he analizado con detalle, tanto para el caso de los taínos de las Antillas como para el de los indios traídos a la Península Ibérica. MIRA CABALLOS, Esteban: El Indio antillano: repartimiento, encomienda y esclavitud (1492-1542). Sevilla, Muñoz Moya Editor, 1997, págs. 261-311.- Indios y mestizos en la España del siglo XVI. Madrid, Iberoamericana, 2000, págs. 43-60.

2    MIRA CABALLOS: Indios y mestizos en la España del siglo XVI..., pág. 57.

3    IBIDEM, pág. 58.

4    Por citar un ejemplo concreto, en un pleito por la libertad del indio Gaspar, en 1561, un testigo declaró lo siguiente: "A la cuarta pregunta dijo este dicho testigo que dice lo que dicho tiene en la pregunta antes de ésta y que así tiene este testigo por cierto que si el dicho mulato fuera hijo de india aunque no pidiera su libertad la justicia se la hubiera dado como ha hecho a los demás mestizos, hijos de indias e indios y de indias y negros...". Otro de los testigos, Nuño de Carvallar, declaró que "ningún mulato hijo de india es esclavo", lo que deja fuera de toda duda el carácter libre de todo hijo de india ya fuese indio, mestizo o zambo. Pleito por la libertad del indio Gaspar, propiedad de Hernando de Villanueva, 1561. AGI, Justicia 1025, N. 1, R. 2. Citado en MIRA CABALLOS: Indios y mestizos en la España del siglo XVI..., pág. 58.

5    Real Cédula a los oficiales de la Casa de la Contratación, Valladolid, 1 de mayo de 1549. AGI, Indiferente General 1964, L. 11, ff. 226-226v.

6    Recopilación de Leyes de Indias de 1680, T. II, Lib. VI, Tit. I. Ley XVI, f. 189v. Citado en MIRA CABALLOS: Indios y mestizos en la España del siglo XVI..., pág. 59.

7    Ordenanzas para la reformación de la Carrera de Indias, 1568, fol. 33v. AGI, Indiferente 2673.

8    IBIDEM.

9    Partida I, Tit. V, Ley 51. Citado en OLAECHEA LABAYEN, Juan Bautista: :"Experiencias cristianas con el indio antillano", Anuario de Estudios Americanos, XXVI. Sevilla, 1969, pág. 86.

10    SZÁSZDI LEÓN-BORJA, István: "Las élites de los cristianos nuevos: alianza y vasallaje en la expansión atlántica (1485-1520)", Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas, Nº 36. Hamburgo, 1999, pág. 31.

11    Ya por una Real Cédula del 17 de julio de 1572 se eximió a los caciques del pago de impuestos, equiparándolos fiscalmente con la nobleza española. Una igualación de hecho con los nobles peninsulares que cobró naturaleza jurídica el 12 de marzo de 1697 cuando, por una Real Provisión, se les reconoció explícitamente los mismos privilegios que tenían los "nobles hijosdalgos de Castilla". Citado en LARIOS MARTÍN, Jesús: "Hidalguías e hidalgos de Indias", I Congreso Ítalo-español de Historia Municipal y de la Asamblea de la Asociación de Hidalgos. Madrid, Hidalguía, 1958, págs. 208-211.

12    IBÍDEM, págs. 210-211.

13    A decir verdad, la estrategia no pudo ser más eficiente. De hecho ya los primeros indios, educados por los franciscanos en sus conventos de Santo Domingo y Concepción de la Vega (isla Española), fueron de gran utilidad en los años sucesivos ya que se utilizaron como lenguas tanto en la conquista de las demás Antillas Mayores como de Tierra Firme. A este respecto puede verse mi trabajo: "La educación de indios y mestizos antillanos en la primera mitad del siglo XVI", Revista Complutense de Historia de América, Nº 25. Madrid, 1999, pág. 53.

14    LARIOS MARTÍN: Ob. Cit., pág. 209.

15    MIRA CABALLOS, Esteban: La educación de indios y mestizos antillanos en la primera mitad del siglo XVI", Revista Complutense de Historia de América, Nº 25. Madrid, 1999, págs. 51-66.

16    Hay casos muy conocidos como el del Inca Garcilaso, Leonor de Alvarado Xicontencatl -casada con un noble castellano-, o sobre todo el de don Juan Cano Moctezuma, nieto del emperador azteca Moctezuma. Concretamente este último era hijo de la princesa azteca Teixtalco de Tacuba -bautizada por los españoles como Isabel de Moctezuma- y del cacereño Juan Cano Saavedra que se estableció en Cáceres y formó parte de la élite de esta ciudad. Sobre los Cano Moctezuma puede verse el reciente trabajo de PELEGRÍ PEDROSA, Luis Vicente: "La élite indiana en Cáceres en el siglo XVI. Los negocios de Juan Cano Saavedra", en los XXIV Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo, 1998, págs. 369-397. Pero al margen de estos casos, excepcionales por su magnitud, existen decenas de ejemplos, mucho menos conocidos, de simples mestizos legitimados que, gracias a la fortuna de sus respectivos padres, pudieron vivir en el seno de las modestas élites locales en las distintas villas y ciudades españolas. Por citar un ejemplo concreto, hablaremos de la mestiza Isabel Hernández, hija natural del capitán Gómez Hernández, el cual la reconoció en su testamento y la envió a su villa natal de Montijo (Badajoz) en el tercer cuarto del siglo XVI. Al parecer allí vivió holgadamente el resto de su vida, siendo como era, una de las personas más acaudaladas de la localidad. MIRA CABALLOS, Esteban: "Montijo y América en la Edad Moderna: tres siglos de relaciones", Actas de los IV Encuentros de Historia de Montijo. Badajoz, 2001, págs. 229-230.

17    FERNANDEZ DE OVIEDO: Historia General y Natural de las Indias. Madrid, Atlas, 1992, T. I, Cap. VII, pág. 31. Citado también en MIRA CABALLOS: Indios y mestizos americanos..., pág. 67.

18    SZÁSZDI LEÓN-BORJA: Ob. Cit., pág. 20.

19     ANGLERIA, Pedro Mártir de: Décadas del Nuevo Mundo. Madrid, Editorial Polifemo, 1989, pág. 34.

20    FERNÁNDEZ DE OVIEDO: Ob. Cit. T. I, Lib. I, Cap. XII, págs. 46-47.

21    MARTE, Roberto: Santo Domingo en los manuscritos de Juan Bautista Muñoz. Santo Domingo, Fundación García Arévalo, 1981, pág. 152.

22        Cuentas del tesorero de la Casa de la Contratación Matienzo, 1505. AGI, Contratación 4674, L. 1, f. 483v.

23        Descargo al cirujano de 485 maravedís por la cura que hizo al cacique Diego Colón, 26 de junio de 1505. AGI, Contratación 4674, L. 1, f. 96v.

24        Respuesta a los oficiales de la Casa de la Contratación, Segovia 11 de agosto de 1505. AGI, Indiferente General 418, L. 1, ff. 171v-172v.

25    Respuesta a los oficiales de la Casa de la Contratación, Segovia, 11 de agosto de 1505. AGI, Indiferente General 418, L. 1, ff. 171v-172. Cuentas del tesorero de la Casa de la Contratación Sancho de Matienzo. AGI, Contratación 4674, L. 1, f. 483v.

26    Real Cédula a los oficiales de la Casa de la Contratación, Burgos, 15 de febrero de 1528. AGI, Indiferente General 421, L. 12, fol. 299v.

27    IBIDEM.

28    MIRA CABALLOS: Indios y mestizos americanos en la España del siglo XVI..., pág. 85.

29    Cuentas de Ochoa de Luyando. AGI, Contaduría 1050, fol. 420.

30    El 10 de noviembre de 1556 Ochoa de Luyando hizo un descargo de 119.974 maravedís para pagar el salario de cuatro reales diarios, entre el 4 de mayo de 1554 y el 10 de noviembre de 1556. IBÍDEM.

31    El descargo decía así: "hoy día diez de noviembre de mil quinientos y cincuenta y seis da por descargo mil y quinientos maravedís que por libramiento de los dichos señores pagó al doctor Peñaranda, médico, que se le mandaron dar por lo que trabajó en visitar a don Francisco Tenamaztle, indio difunto, durante su enfermedad". IBÍDEM.

32    Cuentas de Ochoa de Luyando, descargo del 27 de noviembre de 1557. AGI, Contaduría 1050, fol. 421v.

33    Cuentas de Ochoa de Luyando. AGI, Contaduría 1050, fol. 429v.

34    IBÍDEM.

35    El 20 de de abril de 1567 se le abonaron 24 ducados "para el gasto que han de hacer en ir desde esta villa a la ciudad de Sevilla para se aprestar e ir a la Nueva España". Cuentas de Ochoa de Luyando, descargo dado en Madrid el 22 de abril de 1567. AGI, Contaduría 36, s/f. Sin embargo, por motivos que desconocemos el viaje a Sevilla se demoró como ya hemos afirmado hasta el 12 de junio del mismo año.

36    Descargo de 3.400 maravedís al beneficiado de la iglesia de Santa Cruz de Madrid "por lo que pagó de la posada donde tuvo a don Luis de Velasco, indio de la Florida". AGI, Contratación 36.

37    El 13 de diciembre de 1566 se compraron las siguientes prendas: "Cinco varas para sayo y capa del indio a veinticinco reales la vara; tres camisas a quince reales cada una; docena y media de botones; un jubon; una gorra de terciopelo; un sombrero de tafetán con trenza y cairel de oro y unas plumas para el sombrero. Asimismo el 24 de diciembre del mismo año se compraron: un cofre que costó cuarenta y cuatro reales; tres camisas de ruan a diez reales y medio cada una; tres varas de holanda para doce pañuelos de narices a seis reales; dos escofras de Holanda a tres reales cada una; dos pares de zapatos sencillos y dos pares de pantuflos de corcho dieciséis reales y de la hechura de los doce pañizuelos doce reales". IBÍDEM.

38    "El 8 de marzo de 1567 pagó a alvaro de Cuevas, calcetero, y a Juan Llorente, mercader, por cosas que cada uno de ellos dio para unas calzas que se hicieron para don Luis, cacique indio de la Florida. El 22 de marzo de 1567 se abonaron los costes de la siguiente ropa: dos pares de escarpines; una cadena de alquimia falsa dos reales. Y para vestir al mozo del dicho indio: tres varas y media de paño a nueve reales y medio para capote y ropa montan treinta y tres reales y un cuartillo; unas calzas, veintidós reales; de tundir el paño dos reales; de un jubón siete reales y medio; de una camisa siete reales y medio; del forro para la ropa cuatro reales y medio; de la hechura y botones y bebederos diez reales y medio; de agujetas dieciocho y de dos pares de zapatos tres reales y medio. El 27 de marzo de 1567 se pagó la siguiente ropa: dos reales para dos corpines; dos reales para una cadena de alquimia falsa. Y para el mozo indio que llevaba: tres varas y media de paño a nueve reales y medio para capote y ropa montan treinta y tres reales y un cuartillo; de unas calzas veintidós reales; de tundir el paño dos reales; de un jubón siete reales y medio; de una camisa siete reales y medio; del forro para la ropa cuatro reales y medio; de la hechura de botones y bebedero diez reales y medio; de agujetas 18 mrv; de dos pares de zapatos tres reales y medio. Y finalmente, el 14 de junio de 1567 se pagaba la siguiente ropa: cuatro varas y media de paño para capa y sayo que se le mando hacer por los dichos señores demás del otro vestido que se les había dado, costó a veinticinco reales la vara y monta tres mil ochocientos veinticinco maravedís; de tundir el paño ciento diez maravedís a razón de veinte maravedís la vara; de seda para coser el vestido real y medio; tres varas y media de fustan pardo para forro del sayo a sesenta y cuatro maravedís la vara, doscientos veinticuatro maravedís; de tafetán para bebederos dos reales; de hechura del vestido y botones y ojales quince reales; de los pares de zapatos seis reales y dos varas y media de de seda colorada para atar las calzas a veinte maravedís la varas. El 19 de junio de 1567 se pagó la ropa siguiente: un capote negro que costo ochenta y cinco reales; un jubón que costó veinticinco reales; un sombrero siete reales y medio; unas espuelas dos reales; una bolsa de arcón para llevar camisas y otras cosas de camino cinco reales y medio y unas medias calzas negras once reales". IBÍDEM.

39    En unos de los descargos se constata la compra de una espada con su vaina: "En 11 de mayo de 1567 se pagaron dos

reales para cortar una espada dorada que le dieron y aderezar la vaina y limpiarla".

40    En las cuentas de Ochoa de Luyando tan solo aparece un descargo en este sentido: que se pagaron 4 reales por guarnecer el rosario que le regalaron al cacique don Luis.

41    En total compró trece casquillos para las flechas con un coste de medio real cada uno.

42    Al menos consta que acudió a la barbería el 17 de marzo de 1567, el 27 del mismo més y el 7 de mayo, abonando un real en cada ocasión.

43    AGI, Contratación 36.

44    IBÍDEM.

45    IBÍDEM.

46    La consulta al Consejo de Indias, el informe del propio indio y el escrito del Consejo se conservan en AGI, Quito 1, N. 16. Reproducido en MIRA CABALLOS, Esteban: Indios y mestizos americanos en la España del siglo XVI..., págs. 164-165.

47    IBÍDEM.

48    Además de los duplicados de las cédulas anteriores obtuvo las siguientes mercedes: Cédula para que el Audiencia de Quito pague salario competente a los indios del pueblo de Ypiales. Otra para que sea (de)vuelto al dicho pueblo un monasterio de frailes franciscanos que había en él. Otra para que la dicha Audiencia provea de manera que los indios del dicho pueblo no reciban agravio con la relación que él hace de que los españoles les quitaron sus tierras y traen los ganados en sus sementeras. Otra para que la dicha Audiencia provea de manera que los dichos indios no reciban agravio y sobre que hace relación que son compelidos a traer a cuestas veinte leguas el tributo que dan y a quien lo ha de haber. Otra dirigida a la dicha Audiencia y al Obispo de Quito para que los frailes y clérigos no se entrometan a castigar los indios del dicho pueblo y cuando por algo merezcan castigo los castigue la justicia seglar y que los frailes franciscanos vuelvan al dicho pueblo. Otra dirigida a la dicha Audiencia sobre que el dicho don Pedro pide que los indios no se pasen a vivir de una tierra a otra para que provea en ello lo que viere que conviene y que se guarden las cédulas y ordenanzas sobre ello dadas. Otra para que la dicha Audiencia averigue lo que pasa sobre cierto traspaso de unos indios que refiere el dicho don Pedro haberse hecho a un mercader y envíe la información con su parecer y entre tanto haga justicia. Otra para que la dicha Audiencia informe sobre lo que el dicho don Pedro pide, se le de confirmación del cacicazgo que tiene y que se metan en él ciertos pueblos". Y finalmente, "otra cédula para que se acaben de pagar los 500 ducados que por la cédula de atras se refiere se le libraran en bienes de difuntos de que no (a)pareciesen herederos y para llevarlos empleados en ornamentos y cosas necesarias al servicio del culto divino en la iglesia del dicho pueblo de Ypiales". AGI, Quito 1.

49    IBÍDEM.

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INDIOS Y MESTIZOS EN LA ESPAÑA MODERNA: ESTADO DE LA CUESTIÓN

 

(*)Publicado en El Boletín Americanista que edita el Departamento de Historia de América de la Universidad de Barcelona.

RESUMEN

En el presente artículo hacemos un balance global sobre la temática de los indios y mestizos en la España Moderna. Durante los primeros años hubo un flujo notable de indios que se frenó en la segunda mitad de la centuria, tras la aprobación de las Leyes Nuevas.

Los principales mercados esclavistas de la Península fueron Lisboa y Sevilla. Después de la promulgación de las Leyes Nuevas de 1542 muchos de estos indios dejaron de ser esclavos para convertirse en criados. En esa misma época se hicieron frecuentes los enlaces entre esclavos negros e indios, denotando la existencia de un status social similar para ambas etnias.

Caso muy diferente fue el de los indios nobles que, por el contrario, recibieron un trato privilegiado. También los mestizos legitimados por sus padres y enviados a la Península gozaron, en función de su disponibilidad económica, de una buena posición social.

PALABRAS CLAVES: indio, cacique, mestizo, esclavo, criado, mercado esclavista, trata.

 

ABSTRACT

In the present article we do a global balance on the subject matter of the Indians and half-caste in the Modern Spain. During the first years there was a notable flow of Indians that was stopped in the second half of the century, after the approval of the New Laws.

The principal markets slave holders of the Peninsula were Lisbon and Seville. After the promulgation of the New Laws of 1542 many of these Indians stopped being slaves to turn into servants. In the same epoch the links became frequent between black and Indian slaves, denoting the existence of a social similar status for both ethnic.

Very different Case was that of the noble Indians who, on the contrary, received a privileged treatment. Also the half-caste ones legitimized by his parents and sent to the Peninsula had a good time, depending on his economic availability, a good social position.

KEY WORDS: Indian, chiefs, half-caste, slave, servant, bought slave holder, treats.

 

 

 

INTRODUCCIÓN

Hace ya casi una década que emprendimos la ardua tarea de estudiar los indios y los mestizos que, tras el Descubrimiento de América, se embarcaron con destino a la Península Ibérica. Después de varios años de investigación, escudriñando numerosas fuentes tanto manuscritas como impresas, llegamos a la conclusión de que fueron varios miles los que arribaron a nuestras costas a lo largo del quinientos, e incluso, durante la primera mitad del seiscientos, fundamentalmente para abastecer el mercado esclavista peninsular.

Desde un primer momento nuestra intención no fue otra que la de sacar a la luz una página prácticamente inédita de nuestra Historia. Una temática que había sido casi totalmente omitida por la historiografía moderna y contemporánea. El objetivo era, pues, reconstruir el devenir de esta minoría étnica, marginada hasta el extremo de haber sido objeto de un denigrante olvido de la memoria histórica. No obstante, debemos reconocer que en realidad no se trata de un olvido sólo de este grupo étnico sino también de otras minorías de la época, como los esclavos canarios, los berberiscos, los turcos y los orientales que apenas han recibido atención por parte de la historiografía. Por ello, se tiene la errónea impresión de que la servidumbre afectó única y exclusivamente a personas de color, cuándo la realidad fue otra bien distinta.

Es nuestra intención presentar en este artículo una síntesis global de muchos de los aportes que hemos venido dando a la estampa en diversos foros científicos y en revistas americanistas de investigación. Para ello hemos descargado el texto de aparato crítico, limitándonos a remitir a una bibliografía final en la que el lector podrá encontrar información más detallada sobre aspectos concretos.

Pese a todo, huelga decir que son todavía muchas las interrogantes a las que no hemos conseguido dar una respuesta satisfactoria. Por ello, este trabajo es una síntesis de lo que sabemos pero también el punto de partida para futuras y más completas investigaciones que perfilen los no pocos aspectos que todavía desconocemos.

 

 

 

 

 

 

 

PARTE I:

ESCLAVOS, SIERVOS Y CRIADOS

 

1.-LOS MERCADOS DE ESCLAVOS INDÍGENAS

La mayor parte de estos desdichados aborígenes tuvieron el triste destino del mercado esclavista. En Sevilla, en Valencia, en Lisboa, en Córdoba, o sencillamente, en la feria de ganados de Zafra (Badajoz) eran adquiridos al igual que los esclavos negros. Precisamente, el carmonense Silvestre de Monsalve declaró haber comprado a un portugués una india llamada Felipa en la feria de Zafra, "donde se vendían los esclavos".

De todos esos mercados fueron Sevilla y Lisboa donde se vendieron más regularmente. Y era lógico que esto fuera así por dos motivos: primero, porque ya a fines del siglo XV eran los dos grandes centros esclavistas peninsulares. Y segundo, porque ambas ciudades se había erigido en puntos habituales de arribada de los buques procedentes de las Indias españolas y de las portuguesas respectivamente. De hecho, sabemos que en la década de los cuarenta llegó a haber en Sevilla más de doscientos indios esclavos.

Desde los años treinta la legislación se tornó tan severa que el emporio de esclavos indios se desplazó a la capital del vecino reino portugués, es decir, a Lisboa. La reglamentación portuguesa protectora del indio fue mucho más tardía que la española. La primera prohibición de la esclavitud de los nativos brasileños data nada menos que de 1570, y quedaban excluidos los capturados en guerra justa y los antropófagos. Las presiones fueron de tal magnitud que debió ser revocada tres años después, consintiéndose la esclavitud,"excepto en los casos manifiestamente injustos". Como bien afirma Frédéric Mauro, se trataba de "una maneira hipócrita de contornar o problema moral", pues, permitía mantener una institución que ya había sido condenada cuarenta años antes en la Bula del Papa Paulo III (1997: I, 208). Esta permisiva legislación provocó que el indio brasileño apareciese en los mercados españoles hasta mediados del siglo XVII.

Nada tenía de particular que la capital portuguesa tomase el relevo a Sevilla como epicentro en la venta de nativos americanos. No en vano, desde el último tercio del siglo XV, a raíz de la fundación de la "Casa dos Escravos", se había convertido en uno de los grandes mercados del suroeste europeo. Al parecer, entre 1490 y 1530 pasaron por esta institución lusa entre trescientos y dos mil esclavos anuales que se distribuyeron después en España y en otros países europeos. A esta ciudad llegaron varios cientos -quizás miles- de indígenas, procedentes en su mayoría del Brasil. No en vano, en muchos de los pleitos por la libertad de los indígenas los testigos españoles repitieron sin cesar la licencia que había para cautivar indios de tierras del Brasil. Y en este sentido, un testigo presentado en 1559 en un pleito por la libertad de un indio declaró lo siguiente:

 

"Dijo este testigo que sabe y es público y notorio a todos que los brasiles y sus tierras tienen conquista y guerra unas provincias contra otras y se matan y prenden y cautivan a otros y se comen por ser gente que vive sin fe y sin ley cristiana ni razón ni orden de vivir y los que no quieren comer los venden y

rescatan a los portugueses en las provincias que en las dichas partes están de cristianos y todos los esclavos del Brasil que de allá vienen a este Reino todos son habidos por esclavos cautivos y por tales y como todos se sirven de ellos y los compran y venden públicamente..."1.

 

Pero no solo llegaron a Lisboa indios de las colonias portuguesas sino también de las españolas. Estos eran comprados en los centros neurálgicos de las Antillas, como Santo Domingo o La Habana, así como en el Virreinato de Nueva España, siendo vendidos en Portugal como si fuesen naturales de las colonias lusas. En otro juicio por la libertad de un indio, su propietario alegó su naturaleza brasileña, basándose exclusivamente en el hecho de que fue comprado en Lisboa. Las pesquisas del fiscal del Consejo terminaron por demostrar que efectivamente unos años antes había sido vendido en Lisboa por un marinero de Sanlúcar de Barrameda que a su vez lo había adquirido tiempo atrás en la Nueva España.

Pero, también había en muchas ciudades españolas, pequeños traficantes que se dedicaban a comprar indios en la capital portuguesa para luego venderlos en distintos mercados de la geografía peninsular. De hecho, conocemos el caso de un hombre de Baeza, llamado Alonso Sánchez Carretero, que fue a Lisboa a adquirir quince indios, pues tenía por oficio "comprar y vender esclavos" (Mira, 2000: 83). Concretamente, en el importante mercado de Valencia sabemos que en 1509 se vendió un esclavo brasileño, mientras que a fines de 1516 llegaron para su venta otros ochenta y cinco indios de la misma colonia portuguesa (Cortés Alonso, 1964: 60).

Muchos llegaron sin marca alguna a la Península, siendo herrados a su llegada con el hierro real. Evidentemente, con los problemas que había en la Península para demostrar su esclavitud, los propietarios se afanaron en marcarlos a toda costa. No debemos olvidar que prácticamente en todos los procesos se alegaba la marca con el hierro real como prueba irrefutable de su condición de cautivo. Así, en el proceso por la libertad de una nativa, propiedad de un tal Cosme de Mandujana, los testigos alegaron que tan sólo el hecho de estar herrada con el hierro de Su Majestad "basta por título, porque así se había usado y acostumbrado después que esas partes se descubrieron...". Marcándolos creían que evitarían las incómodas pesquisas de los oficiales reales sobre aquellos aborígenes sospechosos de estar sometidos a servidumbre de forma ilegal. Ante tal lesiva práctica la Corona decidió finalmente prohibirla por una disposición expedida el trece de enero de 1532 que no fue suficientemente efectiva, pues, fue incumplida en las décadas posteriores.

Son innumerables los casos que conocemos de indios que llegaron a España sin marca de esclavitud y que fueron herrados con posterioridad. Esto le ocurrió, por ejemplo, a la india Catalina, propiedad del carmonense Juan Cansino, o al indio Pedro, propiedad del capitán Martín de Prado, que lo herró en la cara con una “C”, tras conocer que quería presentar ante el Consejo una querella por su libertad. Doña Isabel Carrillo fue mucho más lejos cuando le colocó a su indio "una argolla de hierro al pescuezo esculpidas en ellas unas letras que dicen esclavo de Inés Carrillo, vecina de Sevilla a la Cestería" (Mira, 2000: 84). No es el único que encontramos con este sufrido collar, muy frecuente también entre los esclavos negros, pues, otro aborigen, llamado Francisco, cuando fue adquirido, su dueño, Juan de Ontiveros, se lo mandó colocar. Pero, incluso, debemos decir que la opción de la argolla no era la más dramática, pues, un indio que Gerónimo Delcia vendió en Sevilla a Diego Hernández Farfán tenía una marca en la cara en la que se podía leer: "esclavo de Juan Romero, 7 de diciembre de 1554" (Gestoso, 2001: 56). Estas marcas en el rostro, selladas a fuego, eran comúnmente aplicadas a los esclavos en la España de la época.

 

2.-EL INDÍGENA EN LA ESTRUCTURA SOCIO-LABORAL

El indio esclavo, al igual que el negro, desempeñó la doble función suntuaria y laboral. Como escribió Franco Silva "según sea la profesión del dueño se puede saber el empleo del esclavo" (1992: 96). Efectivamente los cautivos solían seguir

-de buena o mala gana- la suerte de su señor. También hubo determinados sectores sociales privilegiados que utilizaron al indio básicamente como elemento de ostentación, aunque no fue lo más común. Este último fin se veía favorecido, sobre todo en los primeros años del quinientos por el exotismo que inspiraban estos pintorescos seres. Cristóbal Colón fue el primero que en 1493 los trajo con este fin, pues se paseó por diversas ciudades de la Península con algunos de ellos que fueron "la admiración de todo el mundo". En 1515 la Corona mostró su interés en conocer esos temidos indios caribes que comían carne humana y que eran más recios que ocho o diez taínos. Para ello, ordenaron al tesorero de la Española Miguel de Pasamonte que enviase algunos de ellos, lo cual cumplimentó a través de Gonzalo Fernández de Oviedo que trajo a España un total de diez caribes, seis de ellos de sexo femenino.

Asimismo, en 1521, Hernán Cortés envió, junto al tesoro de Moctezuma, varios nativos para que fuesen admirados en Castilla. Desconocemos cuántos de ellos llegaron a pisar tierra peninsular, pues, como es de sobra conocido, la flota fue interceptada por corsarios franceses, y tan sólo un navío llegó a su destino.

Nuevamente, en 1528, el propio conquistador de Medellín se personó en España con un séquito de treinta y seis indios -uno por cada año que hacía del Descubrimiento de América- vestidos según su costumbre, que al parecer fueron la fascinación de cuantos tuvieron la oportunidad de contemplarlos. Está claro pues, el componente exótico de estos aborígenes, utilizados por algunos de estos ostentosos indianos para llamar la atención en las viejas ciudades españolas.

Sin embargo, ya hemos dicho que lo más común fue que desempeñaran los oficios de sus dueños así como diversas tareas domésticas. De hecho, tenemos detectada su presencia en los tres sectores económicos, es decir: en el primario, en el secundario y en el terciario. En el estado actual de las investigaciones es imposible establecer porcentajes por grupos pero sí que podemos afirmar la presencia del aborigen americano en las más diversas actividades laborales. Entre los poseedores encontramos personajes de la administración, clérigos, mercaderes, zapateros, sastres, tundidores, esparteros, agricultores, cocineros, etcétera.

Entre las altas jerarquías eclesiásticas encontramos a Diego López de Ayala, canónigo de la Catedral de Toledo, Juan Fernández Themiño, "prior, canónigo y provisor de la Santa Iglesia de Sevilla", y a Francisco de Cepeda, capellán del arzobispo de Sevilla. También hay algunos clérigos, como García de Torres, vecino de Medinaceli, Tomás Rodríguez, domiciliado en Córdoba, y un tal Rodrigo, "ermitaño de Nuestra Señora de los Remedios" en la capital Hispalense.

Asimismo, figuraban varios comerciantes, como el sevillano Pero Álvarez, Damián de Jerez o el mercader badajocense Alvar Núñez. También el cosmógrafo de la Casa de la Contratación, Alonso de Chaves, o el consejero de la hacienda de Su Majestad, Pedro Gutiérrez.

También encontramos como propietarios a artesanos del gremio de carpinteros, zapateros o sastres. Oficios que requerían una cierta especialización, y que, obviamente, habían aprendido con posterioridad a su llegada a la Península, normalmente por la simple observación del trabajo de sus dueños. Así, por ejemplo, del indio Francisco Manuel se decía que "había servido cuatro años y más tiempo muy bien y fielmente, haciendo todo lo que le ha mandado así de noche como de día así en su oficio de carpintero como en todas las otras cosas que le ha mandado el dicho Sebastián de Aguilar y su mujer y madre...".

En la puerta de Jerez, en Sevilla vivía otro nativo americano, llamado Juan Díaz, natural de Cubagua, allí tenía instalado su propio taller de sastrería desde la década de los cuarenta. Y también en la capital hispalense encontramos, en 1575, un aborigen llamado Diego, al parecer procedente de las Indias Orientales, que había aprendido el oficio de zapatero con su antiguo dueño portugués y que trabajaba, en calidad de esclavo, en una espartería, majando esparto. Otro indio, llamado Juan, se ganaba la vida trabajando a jornal como tundidor en la villa de Baeza. En las islas Canarias encontramos otros aborígenes trabajando en oficios artesanales, como Pablo -que ejercía como zapatero pese a ser "manco de un dedo de la mano"-, Luis de la Cruz -que trabajaba como curtidor- o otro indio que trabajaba como "maestre de azúcar". Excepcionalmente encontramos en la localidad Gran Canaria de Telde un indio libre que entró como aprendiz por tres años en el taller del curtidor Vicente Bocarando (Lobo Cabrera, 1983: 529). Aun así, no faltan excepciones, es decir, indios que fueron puestos a trabajar en oficios que habían aprendido y desempeñado en sus lugares de origen. Este es el caso llamativo -y por tanto excepcional- de dos indios que se dedicaban a buscar conchas y perlas en las terrazas marinas de Gáldar, también en las islas Canarias (Ibídem).

No cabe duda, pues, que estos aborígenes contaban con una cierta cualificación profesional. Como ya hemos visto esto se pone bien de manifiesto cuando en las sentencias se condenaba a pagar a muchos antiguos propietarios entre diez y doce ducados de indemnización por cada uno de los años servidos. Así le ocurrió a la viuda de Hipólito Sedano, vecina de Monzón, que hubo de pagar doce ducados por cada uno de los catorce años de servicio prestado por un indio suyo llamado Gonzalo. Una cifra parecida, cuatro mil quinientos maravedís anuales, solicitaba el indio Diego por cado año trabajado para su dueño Rodrigo Alonso, vecino de Sevilla2. Tampoco se trataba de grandes cantidades, unos doce maravedís diarios, pero no podemos perder de vista que se trataba, en aquella época, de oficios serviles desempeñados comúnmente por esclavos y por minorías sociales como los moriscos. No en vano, sabemos que una buena parte de los esclavos de la Sevilla del siglo XVI fueron cocineros, olleros, albañiles, curtidores y criados, es decir, desempeñaron justo los mismos oficios que los indios afincados en Castilla, según hemos visto en las líneas precedentes (Morales Padrón, 1977: 103). El hecho de que los indios desempeñasen oficios artesanales no les otorgaba ningún status dentro de la cerrada sociedad española de la Edad Moderna.

Otros nativos desempeñaron oficios de menor cualificación, siendo su indemnización anual por cada año que sirvieron de tan sólo cinco ducados. Se trataba de aborígenes que servían como simples mozos y recaderos, pues no habían aprendido otras habilidades o al menos no habían tenido la oportunidad de desempeñarlas.

Finalmente queremos destacar otra ocupación en la que frecuentemente se empleó al indígena americano, sobre todo a las mujeres, esto es, en las tareas domésticas. A algunas de estas indias se confiaron responsabilidades tales como acompañar a menores de edad en la travesía rumbo a Castilla. Eso le ocurrió a la india Elena, que viajó a España custodiando a una niña de cinco años, llamada María de la Cerda, hija de Vasco Porcallo y de Leonor de Zúñiga. Cuando arribó a tierras españolas la desdichada nativa fue confiscada, mientras la familia suplicaba su devolución pues había criado a doña María "y ahora no se hallaba sin ella". Un caso muy similar es el de una india llamada Juana que viajó en torno a 1536 a España para llevar una cría, vástago de un tal Martín de Valdés.

En ocasiones estas esclavas sufrían los abusos sexuales de sus propietarios. De hecho en 1536 en una carta mandada por el Rey a los oficiales de la Casa de la Contratación se denunciaba lo siguiente:

 

"Que soy informado que algunos marineros y pasajeros y otras personas que vienen de Indias traen consigo algunas mujeres indias por esclavas y otras libres con las cuales, en ofensa de nuestra conciencia y no mirando su instrucción en la fe, tienen acceso carnal y las retienen en sus casas continuando su pecado..."

 

Está claro que las esclavas en la Edad Moderna, además de prestar un servicio en la casa, hicieron las veces de mayordomas, concubinas, mozas e incluso de consejeras de sus señores.

La esperanza de vida de estos indios debió ser muy reducida como lo era a fin de cuentas la de todas las personas de la época. En el caso de los esclavos indios que se vieron rozados a hacer grandes trabajos físicos, junto a los negros, debió ser especialmente corta, quizás los treinta y cinco o los cuarenta años de esperanza media.

Muchos de estos esclavos, tras ser liberados, acababan sus días como indigentes en las calles de las principales localidades españolas. Para evitar esta lamentable situación el Rey acabó por conceder pasaje gratuito a sus regiones de origen a todos aquellos que se encontrasen en esta situación tan comprometida. Concretamente, sabemos que en Triana vivía un indio ciego que sobrevivía de las limosnas que obtenía mendigando por las calles. Estos desdichados seres engrosaron la larga lista de mendigos y miserables que proliferaron en Sevilla a la sombra de las opulencias que paradójicamente generó el Nuevo Mundo.

 

3.-LA TRATA DESPUÉS DE LAS LEYES NUEVAS

A partir de la promulgación de las Leyes Nuevas, en 1542, el indio fue declarado libre y las circunstancias cuanto menos legales cambiaron sustancialmente. En general, podemos decir que el tráfico se ralentizó, disminuyendo considerablemente. Pero es importante subrayar que, aunque descendió su volumen, el flujo continuó. Y todo ello debido a dos causas: una, a que, como ya hemos afirmado, los portugueses no prohibieron la esclavitud de los nativos del Brasil. Y otra, a la permisividad –quizás prevaricación- de algunas autoridades españolas que no observaron, como debían, la legalidad vigente. Por ello continuaron entrando de forma ininterrumpida indios, en su mayor parte a través del puerto de Lisboa.

Una vez vendidos, y teniendo en cuenta que sus poseedores solían ser personas poderosas, o al menos influyentes en su entorno local, era difícil convencerlos para que los liberasen. No olvidemos que, en muchos casos el comprador había sido engañado por el mercader y disponía de un documento tan legal como era la carta de compra-venta.

Así, pues, la legislación no acabó a corto plazo con la esclavitud, aunque a medio o largo plazo sí que supuso el punto de partida de su supresión. Efectivamente, gracias a la política proteccionista del indio por parte de las autoridades españolas el flujo disminuyó considerablemente desde la década de los cuarenta y se hizo prácticamente insignificante en la centuria decimoséptima.

Pero queremos aclarar un punto, ¿qué pasó con los indios que ya estaban con anterioridad en la Península sirviendo como esclavos? Pues, bien, la mayor parte de ellos no retornó a sus lugares de origen. La decisión, en unos casos, fue forzada por su precaria situación económica muy a pesar de que la Corona, ante la situación de desamparado en la que algunos de ellos cayeron, decidió pagar el pasaje a todos aquellos que optaron voluntariamente por regresar a sus respectivos lugares de origen. En otros casos debió ser por falta del valor suficiente, de la energía o del espíritu adecuado para llevar a cabo una travesía dura e incierta. Pero probablemente la mayor parte de ellos decidieron quedarse voluntariamente y de buen grado. Y era lógico porque casi todos ellos hacía décadas que residían en España y muchos, incluso, habían nacido ya en la Península. Realmente, su tierra y su realidad no era ya su lugar de origen en el continente americano sino España.

Está claro que el grueso de los indios ahorrados se quedó en la casa de su antiguo dueño, sirviéndoles en calidad de criados. La nueva situación se asemejaba mucho a la anterior, quizás con la única excepción de que, en adelante, estarían adscritos a una familia y no se podrían vender en el mercado esclavista. Y esta idea la vamos a ratificar a través de un documento del último tercio del siglo XVII. Se trata de un texto de gran interés sobre todo por su fecha tan tardía que demuestra que, más de un siglo después, todavía había criados indios en ciertos hogares españoles que además eran tenidos prácticamente por esclavos. En este documento, fechado en Badajoz el cinco de julio de 1675, una monja, Leonor Vázquez, ratificaba ante notario la condición libre de una criada india que poseía, llamada María. En dicha fe notarial reconoce haber tenido en su casa a una india llamada Ana, a su hija Felipa y, finalmente, a la nieta de la primera, llamada María. Ratificaba su condición de persona libre porque eran consideradas por los vecinos como "esclavas" pese a que no lo eran (Marcos Álvarez, 2001: 273). De todas formas parece obvio que su situación era tan similar a la del esclavo, que todos los que la conocieron la tuvieron como tal y solo una fe notarial pudo dar solidez a la condición libre de la desdichada María. En estos casos concretos, todo parece indicar que estos indios dejaron de tratarse como esclavos pero adoptaron un papel muy similar como criados que apenas distaba nada de su antigua condición servil.

 

 

4.-LOS ZAMBOS: UNA MINORÍA ENTRE DOS MUNDOS

En las primeras décadas del quinientos, cuando el número de indios en el sur de España era considerable encontramos numerosos casos de matrimonios entre indios, entre mestizos o entre ambos. Así, en la década de los treinta vivían en la collación de San Vicente de Sevilla al menos dos matrimonios de indios, uno formado por Francisco Pérez y la india Catalina "su legítima mujer" y otro por Francisco e Isabel que eran criados de Diego Suárez y de Inés Bernal. Trece años después, concretamente en 1549, se desposó, en la iglesia de Santa Ana de Sevilla, el indio Juan de Oliveros con una mujer de su misma raza que vivía en Triana, llamada Inés (Mira, 2000, 73).

Sin embargo, en la segunda mitad de la centuria dejan de aparecer bodas entre indios y se hacen más frecuentes las uniones entre indios o mestizos y negros. Y todo ello debido a varias causas obvias, a saber: primero, porque, debido al cumplimiento más estricto de las prohibiciones sobre la trata, la cantidad de indios que había en la península menguó de forma considerable de forma que debía ser realmente difícil el encuentro entre indios e indias. Y segundo, porque el matrimonio con blancos era impensable en esta época, si no por una cuestión racial al menos sí por razones sociales. Por ello, el número de matrimonios entre indios y blancos fue insignificante o nulo. Punto aparte es el hecho de que algunas mestizas legitimadas, y sobre todo adineradas, llegaran a casarse con españoles. Algunos casos muy importantes conocemos. Pero absolutamente impensable y casi imposible debieron ser los matrimonios entre hombres indios o mestizos y mujeres españolas.

En cambio, disponemos de numerosos casos de enlaces entre negros e indios. Así, el nueve de mayo de 1572 se casaron en la parroquia de San Vicente de Sevilla, Pedro, indio natural de las Indias de Portugal, y Violante, negra, ambos criados de Diego de Luyando. Curiosamente, once meses después bautizaban a su primera hija, Bernardina, que debía ser zamba, aunque en la partida de bautismo constan ambos progenitores como indios, quizás porque ella asimiló el patrón racial de su marido3.

En adelante será muy frecuente a la hora de describir a los indios decir que era esclavo "mulato indio", denotando claramente su doble ascendencia negra e india. Era el caso del indio Domingo, descrito como "esclavo mulato membrillo cocho", vendido en Llerena el quince de febrero de 1599. También en Jerez de los Caballeros se vendió, el catorce de septiembre de 1628, por mil quinientos reales, una esclava "mulata india", de doce o trece años de edad.

Y no son las únicas referencias, pues, en otros documentos no se cita el carácter mulato del indio en cuestión pero sí que se dice que su color es moreno, oscuro o “baço”. Con estos adjetivos son citadas, en 1675, las indias Ana y Felipa que vivían en Badajoz. Obviamente, no debían ser exactamente indias sino zambas, descendientes de indio y negro, en distintos grados de miscigenación.

 

 

PARTE II:

LAS ELITES INDIAS Y MESTIZAS

 

 

1.-CACIQUES Y CURACAS EN ESPAÑA

Como ya hemos afirmado, desde un primer momento las autoridades españolas tuvieron un trato muy diferente y favorable con los indios pertenecientes a la élite política. Se trataba de una actitud que tenía antiguas raíces históricas en España, pero que además tenía precedentes cercanos espacial y temporalmente. De hecho los portugueses, en su proceso de expansión atlántica por el África Negra en el siglo XV, habían llevado una política similar de respeto a los privilegios de los reyezuelos locales.

La postura oficial fue la del reconocimiento de la nobleza indígena lo cual tenía su lógica interna, mucho más allá de la tradición histórica. Entre las autoridades españolas siempre se tuvo la certeza de que, atrayéndose a la élite indígena, se podría controlar mucho más fácilmente al resto de los nativos. Por ello, una de las principales estrategias utilizadas por las autoridades españolas para hispanizar al indígena fue precisamente, como afirma István Szászdi, la conversión y transformación de los caciques en vasallos ejemplares a los ojos de sus distintas comunidades indígenas (1999: 31).

La legislación de esta realidad no se hizo esperar. Desde las primeras décadas del siglo XVI se expidieron una serie de leyes tendentes a equiparar el status de la nobleza indígena con el de los hidalgos castellanos. De hecho, desde muy pronto se expidieron autorizaciones para que algunos indios de alto rango social utilizasen el título de "don". Concretamente, tal merced fue concedida en la temprana fecha de 1533 a don Enrique, indio alzado en las sierras del Bahoruco en la Española y, con posterioridad, a un sinnúmero de indios. Y hasta tal punto fue cierta la intención de equiparar a estos caciques con la nobleza española que incluso encontramos algún caso, como el del indio Melchor Carlos Inga, descendiente de Hueyna Capac, a quien en 1606 se autorizó su ingresó como caballero de la Orden de Santiago.

Este reconocimiento social se vio siempre acompañado de una política educativa que priorizaba a los hijos de los caciques, una política que dio grandes frutos desde los inicios de la colonización antillana. Un buen número de caciques y de mestizos fueron traídos a lo largo del quinientos a la Península para ser educados en colegios y en conventos españoles.

Disponemos de abundante documentación sobre la llegada a la Corte Real española de indios de alto rango. En 1533 arribaron a nuestras costas don Pedro Moctezuma y el indio don Gabriel, permaneciendo varios años y recibiendo los honores y privilegios propios de su status social. Antes de su vuelta a México el rey le hizo una merced nada menos que de dos mil pesos de oro a perpetuidad (Mira, 2003:4).

En mayo de 1554 llegó preso a la Península don Francisco Tenamaztle, cacique de la región de Nueva Galicia, solicitando su libertad y la de su pueblo. El trato dispensado por la Corona fue muy cordial y generoso acorde con su rango caciquil y en consonancia con la política que desarrollaba la Corona desde los primeros tiempos de la colonización. De hecho, el Emperador dejó dispuesto por una Real Cédula, dada en Valladolid el diez de mayo de 1554 y refrendada del secretario Samano, que se abonasen al dicho indio cuatro reales diarios para su mantenimiento durante "todo el tiempo que estuviese en esta corte" a contar desde el cuatro de mayo del citado año. Y, en vista del trato recibido y de la pensión diaria a costa de las arcas reales, el ilustre indio decidió quedarse una larga temporada en la Península, para "conocer" bien los reinos de España (Mira, 2003: 4-5). No sabemos mucho más sobre su estancia en la Península, sus actividades, los lugares visitados, etcétera porque la documentación es parca al respecto. Sin embargo, sí sabemos que estuvo en tierras castellanas hasta el diez de noviembre de 1556, fecha en la que falleció, después de haber permanecido postrado en una cama desde septiembre de 1556.

Por esas mismas fechas pasó por la Corte el cacique de Utlatlán, don Juan, y seis años después, e cacique don Francisco Inga Atabalipa. Este último acudió a la Corte para hablar de asuntos relacionados con su comunidad. El veintitrés de agosto de 1563 se expidió una Real Cédula para que se le abonasen al citado cacique los maravedís que fueran necesarios para su sustento.

Y casi inmediatamente después se personó en la corte del Rey Prudente don Luis de Velasco, cacique de la Florida, con otro indio que le servía en calidad de criado. No sabemos cuándo arribó a la Península pero sí que en diciembre de 1566 se encontraba en Madrid, localidad en la que residió hasta el doce de junio de 1567 "en que el dicho indio se fue a Sevilla". No sabemos por qué motivo el trato dispensado a este indio fue muy especial. Además de la pensión de cinco reales diarios, abonados entre primero de enero de 1567 y el doce de junio del mismo año, a este cacique se le agasajó con todo tipo de lujos que costaron a la Corona varias decenas de miles de maravedís. Por un lado, la residencia del indio en una posada de Madrid, fue abonada aparte, a través del beneficiado de la iglesia de Santa Cruz de Madrid, que a la sazón había sido el encargado de buscarle una residencia adecuada en la capital española.

Hacia 1584 se personó en la Corte Pedro de Henao, cacique de los pueblos de Ypiales y de Potosti –actual Ecuador-.En esta ocasión afirmó que era la segunda vez que estaba en España, aunque no tenemos ninguna referencia documental más sobre su primera estancia. Sea como fuere, en 1584 acudía con la intención de informar al Rey de los excesos que cometían los españoles con los indios de su cacicazgo, forzándolos a trabajar por tan solo seis reales al mes4.

También en esta ocasión el trato que recibió de la Corona fue exquisito, no escatimándose gastos para que el cacique se encontrase en la Península lo mejor posible. Para su estancia en Madrid, en una posada, manutención, vestido y calzado, así como por los gastos derivados de una enfermedad que padeció en la capital se desembolsaron nada menos que 1.279 reales, es decir, poco más de 116 ducados. Asimismo, se destinaron 243 reales para pagar los gastos del viaje de regreso de Madrid a Sevilla. No se abonó el pasaje porque llevaba un salvoconducto para que el general de la flota le diese, en la capitana o en la almiranta, pasaje gratuito a él y su criado, así como las raciones de comida que les correspondiesen.

Tres años después, se personaron en el Escorial dos caciques indios, procedentes de la entonces provincia de Quito. Su intención era muy diferente. El primero de ellos, don Sebastián de Guara Mitimac, cacique de los indios de “Pipo” –según su propia declaración-, en la provincia de Quito, solicitaba ayuda frente a la ocupación que habían hecho los españoles de las tierras de los indios de su cacicazgo 5. El segundo, don Hernando Coro de Chávez, tenía un interés más personal, pues pedía que siendo como era descendiente de los Incas, se le permitiese traer espada y daga6. No sabemos prácticamente nada de su estancia en la Península pero ambos obtuvieron sendas cédulas satisfaciendo sus peticiones.

 

2.-LA FORMACIÓN DE UNA ARISTOCRACIA MESTIZA EN ESPAÑA

La Corona se mostró muy favorable a la traída de mestizos a la Península con la intención evidente de apaciguar los ánimos de un grupo especialmente activo. Por ello, desde 1513, encontramos numerosas licencias en este sentido. Concretamente en enero de este último año se otorgó una autorización a un tal Juan García Caballero para llevar a Castilla a dos hijos suyos habidos con una indígena. Nuevamente, el fin aparece sumamente explícito, es decir, doctrinarlos y enseñarlos "en las cosas de nuestra Santa fe Católica". Posteriormente, entre 1515 y 1524, tenemos noticias de al menos quince licencias más de estas características, referidas todas ellas a mestizos nacidos en las Antillas Mayores y en Tierra Firme.

Pero, es más, en 1524 la Corona legalizó la migración de mestizos a Castilla, eximiendo de la licencia Real como hasta entonces había sido habitual. Efectivamente, expidió una autorización para que todas aquellas indias "que tuviesen hijos de un español" pudiesen embarcarlos don destino a la Península, con tan sólo un informe del gobernador de la provincia de donde fuese natural. Desde entonces la libertad de los mestizos para pasar a la Península fue absoluta. Pese a todo la Real Cédula de 1524 sólo se refería a los mestizos menores de edad que viajasen con su madre. En el caso de ser mestizos adultos y arraigados a la tierra seguía siendo necesaria la pertinente autorización. De hecho, conocemos algunas licencias expedidas con posterioridad a esta fecha.

Pero también las propias familias fomentaron su arribada a España pues querían un futuro mejor para estos hijos aunque, en su mayor parte, fuesen solo naturales. En las primeras décadas de la colonización esto no fue demasiado difícil porque, como bien se ha escrito, "la primera generación de mestizos se fue del lado español".

Llegó a haber tal número de mestizos afincados en España y su poder económico fue tal que se puede hablar de la existencia de una auténtica aristocracia mestiza. Un grupo que debió ser muy respetado por su considerable poder económico.

Casos particulares tenemos muchos, algunos muy conocidos como el del Inca Garcilaso de la Vega o don Juan Cano Moctezuma. Este último, nieto del emperador azteca, hijo de la princesa Teixtalco de Tacuba y del cacereño Juan Cano Saavedra. Juan Cano Moctezuma y sus descendientes formaron parte de la más selecta élite aristocrática de la sociedad cacereña.

No menos rica llegó a ser doña Francisca Pizarro Yupanqui, hija del conquistador del Incario y de la princesa Inca Quispe Cusi, nieta de Huayna Capac. Tras la muerte de su padre, su tío Gonzalo Pizarro planeó casarse con ella para fundar una dinastía en Perú. Pero finalmente, tras el fallecimiento de éste, don Pedro de La Gasca la envió a España, donde se desposó curiosamente con su otro tío Hernando Pizarro. La ceremonia tuvo lugar al parecer en 1552 en el Castillo de la Mota de Medina del Campo, donde se encontraba confinado el único superviviente de los conquistadores del Perú. Junto a su marido se dedicó a intentar recuperar la fortuna de los Pizarro. De forma que cuando en 1578 enviudó era una de las mujeres más ricas de España. Pocos años después se casó en segundas nupcias con un arruinado noble extremeño, llamado Pedro Arias Portocarrero, Conde de Puñonrostro, con quien vivió en Madrid hasta su muerte en 15987. A juzgar por el inventario de sus bienes, realizado entre junio y septiembre de 1598, aún siendo aún considerable, es probable que malgastara gran parte de su fortuna en el esplendor de la corte madrileña.

Pero al margen de estos casos, llamativos y muy conocidos, hubo centenares menos conocidos para la historiografía. Fueron muchos los españoles que legitimaron a sus hijos mestizos, nombrándolos en sus testamentos como sus herederos. Esto fue lo que hizo un encomendero de Fregenal de la Sierra, llamado Francisco Marmolejo, que dictó su testamento en Nata (Castilla del Oro) el veinticuatro de febrero de 1531. En él reconoció a sus dos hijos Francisco y Macaríes de Marmolejo, habidos con una india naboría que él mismo tenía en repartimiento y otorgándole a cada unos doscientos pesos de oro. Asimismo decidió que sus hijos debían marchar a Castilla, destinando cincuenta pesos de oro para cada uno de sus pasajes. La hija debía ingresar con los doscientos pesos en el monasterio franciscano de Nuestra Señora de la Concepción de Fregenal, mientras que su hijo quedaría a cargo de su hermano Diego de Marmolejo para que "le doctrine y enseñe en las cosas que le pareciere que debe ser enseñado como hijo de quien es..." (Guerra, 1978: 468-469). Esta claro que para su hija, Marmolejo había buscado lo que Juan Gil denomina "el lugar ideal donde recluir a las hijas naturales" (1997: 30). Pese a todo la joven mestiza jamás llegó a pisar tierra española porque murió poco después de dictar su padre el testamento, según se deduce de un codicilo otorgado el dos de abril. En cuanto a su hijo, Francisco Marmolejo, sabemos que siete años después seguía en Nueva España, pues recibió una autorización para vender sus bienes y marcharse a Sevilla. Por desgracia esto es todo lo que podemos decir de este mestizo al que se le pierde la pista desde este momento.

En 1547 el contador de Nicaragua, Andrés de Covarrubias, pidió permiso para retornar a las Indias con un mestizo de siete u ocho años que había traído consigo. Precisamente en ese mismo año detectamos la presencia en España de otros dos mestizos originarios de Cuba, un hijo de Esteban de Lagos y el otro un vástago de Juan de Barrios. Ambos fueron enviados a finales de 1546, junto al licenciado Estévez, para "ponerlos en un estudio" en Sevilla. En marzo de 1547 solicitaron su retorno a Cuba, alegando problemas de salud.

Otros mestizos, como Diego de Ávila, no corrieron tanta suerte. Pertenecía a una familia acomodada de la Nueva España y hacia 1549 o 1550 vino a España animado por un deseo de conocer las tierras del otro lado del océano. Una vez en Sevilla, se convirtió en paje de Antonio de Osorio que lo llevó consigo en su viaje a Roma. En 1556, de regreso en España, enfermó, siendo ingresado en el hospital del Amor de Dios de Sevilla, donde murió en 1557 no sin antes disponer para dicha institución benéfica la tercera parte de su pequeña fortuna

Por su parte, el capitán Gómez Hernández, natural de Montijo (Badajoz), declaró en su testamento, redactado en Cartagena de Indias el 7 de agosto de 1569 que tenía un hijo y una hija, ambos naturales, habidos con sendas indias de su repartimiento. Ambos quedaban en su testamento legitimados, disponiendo para ellos la mitad de sus bienes, una vez pagadas las mandas dispuestas. La hija mestiza, llamada Isabel Hernández, estaba ya en el momento de redactar su última voluntad en Montijo en poder de Elvira López, una prima suya8. No sabemos mucho más de ella, que debió convertirse, de la noche a la mañana, en una de las mujeres más ricas de Montijo.

Finalmente, mencionaremos el caso de un comerciante, natural de Talavera la Real, llamado Juan del Campo que hizo una enorme fortuna en la Villa Imperial de Potosí. Tras fundar un convento en su tierra natal reconoció un hijo natural mestizo, llamado Francisco del Campo Saavedra, que tras estudiar varios años en la Universidad de Lima lo envió a la de Salamanca para que completara sus estudios teológicos. Para su traslado dio poder a Alonso Muñoz, a quien le entregó cuatrocientos pesos de plata para los gastos del viaje. Una vez en Salamanca le debía dar a su hijo entre doscientos y doscientos cincuenta ducados anuales, según sus necesidades, siempre y cuando perseverara en sus estudios. Una vez que se ordenase sacerdote lo dejaba como capellán del convento de carmelitas de su aldea natal. Y dicho y hecho, Francisco del Campo acabó sus estudios en Salamanca y marchó a vivir al pueblo de Talavera la Real, donde vivió holgadamente como capellán del citado convento (Méndez Venegas, 1987: 70).

Pero, junto a esta élite mestiza también encontramos otros de baja extracción social, hijos de las esclavas y siervas indias que había en la Península. Unos mestizos de condición social muy humilde que vivieron y murieron sin llegar a conocer sus raíces americanas. Así, por ejemplo, el 3 de septiembre de 1559 se bautizaron en la parroquia de Santa María del Castillo de Badajoz dos mestizos, llamados Juan y Diego, "hijos de Catalina Sánchez, prieta de Leonor de Chávez” (Mira, 2000: 93). La condición de estos mestizos ilegítimos –sin padre conocido- debió ser libre, al menos así lo disponía la legislación. En cualquier caso es obvió que jamás llegaron a disfrutar del mismo status social que el resto de los españoles, pues el color de su piel delataba su origen.

En definitiva, aunque no sabemos el número exacto de mestizos que llegó a haber en la Península parece claro que debieron ser numerosos y no pocos de ellos muy poderosos desde el punto de vista económico.

 

CONCLUSIONES

 

Como puede observarse en las páginas precedentes no es poco lo que se ha hecho en torno a esta minoría étnica en la Península Ibérica. Pero también es cierto que es mucho lo que queda por hacer para que algún día tengamos un conocimiento más o menos nítido de esta temática.

Los estudios siguen siendo aún escasos, pues, además de nuestros trabajos contamos con un reducido número de ensayos entre los que no podemos dejar de citar los de Alfonso Franco (1978a; 1978b; 1979; 1992), Juana Gil-Bermejo (1983; 1990), Amadeo Julián (1997) y Juan Gil (1997), entre algunos otros. También han sido muy importantes para entender el contexto legal los aportes de García Añoveros (2000) en torno al pensamiento sobre la condición de los indios. Dada la parquedad bibliográfica, el esfuerzo debe centrarse en escudriñar la documentación que se conserva en distintos repositorios nacionales y locales. En el Archivo General de Indias, hay documentación inédita en las secciones de Indiferente General, Justicia, Contratación y Patronato. También en el Archivo General de Simancas, como en el de Indias, es posible todavía encontrar material documental inédito sobre la cuestión.

Pero también existen centenares de referencias en los archivos locales andaluces y extremeños, en los parroquiales y en los protocolos notariales. El problema es que toda esta documentación local presenta graves inconvenientes. Para empezar se trata de un material ingente, imposible de abarcar por una sola persona. Por poner un ejemplo concreto, diremos que tan sólo la documentación notarial existente en Sevilla desde 1525, año en el que acabó Franco Silva su estudio sobre la esclavitud, hasta 1600 sería suficiente para realizar varias tesis doctorales. Sin duda es necesario esperar a que estos estudios sobre la esclavitud en las distintas ciudades y villas españolas se vayan realizando y publicando para ir conociendo la presencia de indios en las distintas regiones españolas. Además, tampoco la documentación local es la panacea, pues no siempre se menciona la etnia del esclavo. Este problema es especialmente agudo en el caso de los registros sacramentales ya que esta información depende exclusivamente de la minuciosidad del sacerdote que redacta la partida. Pero, incluso, en el caso de que se mencione su condición de indio existen tres procedencias posibles que casi nunca se especifican, a saber: la América Española, la América portuguesa y, finalmente, la mismas Indias orientales, donde los portugueses poseían diversas factorías. Sabemos que, desde 1512, llegaron a la Península unos pocos centenares de asiáticos, siendo el resto naturales del continente americano. Por tanto, los oriundos de Asia constituyeron una reducidísima minoría dentro de los ya de por sí minoritarios aborígenes americanos. Distinguir ya cuántos de ellos procedían de la América Española y cuántos del Brasil es en estos momentos una tarea imposible.

Por otro lado, el hecho de que nos hayamos centrado en el siglo XVI no significa que no hubiese indios en la siguiente centuria. Existen algunas investigaciones, como la que Ndamba Kabongo realizó sobre la esclavitud en Córdoba entre 1600 y 1621, en las que se detecta la presencia de algunos esclavos americanos. Asimismo, y por citar algún caso concreto, el catorce de septiembre de 1628 se vendió en Jerez de los Caballeros (Badajoz) una esclava de origen indio, mientras que en El Pedroso vivía, en 1640, un indio, al parecer libre, llamado Miguel García, que asistió como testigo a un bautizo celebrado en la iglesia parroquial de dicha localidad (Mira, 2000: 17).

En cualquier caso, todo parece indicar que la afluencia de esclavos indios a la Península se ralentizó considerablemente en el seiscientos, siendo la mayor parte de ellos procedentes de la América portuguesa.

 

 

 

 

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3 Archivo Parroquial de San Vicente de Sevilla, Libro de Bautismo Nº 6, fol. 185v.

4 Real Cédula al presidente y oidores de la audiencia de Quito, San Lorenzo, 22 de agosto de 1584. AGI, Audiencia de Quito 211, Lib. 2, fol. 129v.

5 Real Cédula al presidente y oidores de la Audiencia de Quito. San Lorenzo del Escorial, 4 de abril de 1587. AGI, Audiencia de Quito 211, Lib. 2, fol. 196v.

6 Real Cédula al presidente y oidores de la Audiencia de Quito, San Lorenzo, 4 de abril de 1587. AGI, Audiencia de Quito 211, Lib. 2, fol. 197r.

7 A esta mestiza dedicó el escritor peruano Álvaro Vargas Llosa una magnífica novela histórica, titulada La mestiza de Pizarro. Una princesa entre dos mundos (Madrid, Aguilar, 2003).

8 Testamento del capitán Gómez Hernández, Cartagena de Indias, 7 de agosto de 1569. AGI, Justicia 1185, N. 1, R. 4.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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