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ALZAMIENTOS INDÍGENAS TRAS LA CONQUISTA

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La conquista fue un auténtico paseo para las huestes, por la ingenuidad bélica de los nativos. Sin embargo, unos años después se reprodujeron en todo el continente una serie de rebeliones que provocaron lo que algunos han denominado la segunda conquista. El cambio principal estuvo determinado por la aparición de unos líderes que, por un lado, habían aprendido las técnicas de combate junto a los españoles y, por el otro, eran capaces de aglutinar a cientos de descontentos. Auténticos mestizos desde el punto de vista cultural, pues, muchos de ellos habían sido criados desde pequeños junto a los vencedores, poseyendo, en consecuencia, una educación primordialmente hispana.

En la década veinte se iniciaron de forma simultánea diversos alzamientos en las Antillas Mayores. El más conocido de todos fue sin duda el protagonizado por Enriquillo en La Española. El movimiento rebelde aprovechó una buena coyuntura, dado el progresivo despoblamiento de las islas a raíz de la conquista de México y del agotamiento de la economía del oro.

Enriquillo fue una figura clave en la historia de la resistencia amerindia. La clave de su éxito fue su capacidad para aprender de sus enemigos y su carisma. Su fama no tardó en extenderse como la pólvora entre cientos de nativos que estaban absolutamente descontentos con el trato que recibían de sus encomenderos. El movimiento rebelde triunfó durante más de 14 años. La clave de su éxito radicó en su carácter cultural mestizo, pues, no sólo Enriquillo sino algunos de sus compañeros de lucha, se habían educado y criado en un convento de franciscanos.

Es evidente, pues, que esta guerra fue muy distinta a aquélla protagonizada por los primeros indígenas que vivieron el Descubrimiento, paralizados por el terror ante unos invasores a los que consideraban dioses. Ahora las técnicas de combate, las armas, las estrategias y los objetivos eran muy diferentes. No en vano, en 1529, escribieron a Carlos V los oidores de la Audiencia de Santo Domingo con una gran clarividencia, como se puede observar en las líneas que vienen a continuación:


         "Es guerra con indios industriados y criados entre nosotros, y que saben nuestras fuerzas y costumbres, y usan de nuestras armas y están proveídos de espadas y lanzas, y puestos en una sierra que llaman Bahoruco, que tiene de largura más que toda el Andalucía, que es más áspera que las sierras de Granada: y en parte donde ellos se ponen falta el agua y otros mantenimientos, y cuando son seguidos, dejan la tierra llana, y súbense a las sierras, donde tienen hechas sus defensas y fuerzas y no pueden los españoles ir a ellos sin llevar a cuestas el agua y mantenimiento para muchos días.

 

Enriquillo creó todo un sistema defensivo que parecía diseñado por un europeo. Para empezar situó su cuartel general en un lugar prácticamente inaccesible, en pleno corazón de la región del Bahoruco, cerca de San Juan de la Maguana. En este rincón solitario encontraron una defensa eficaz frente a unos cristianos que desconocían el territorio. Así, en una carta de Alonso de Zuazo a Carlos V le explicaba que, como la sierra del Bahoruco era de 60 leguas, los alzados saben la tierra, y así burlan a los españoles. Además, en estos montes tan agrestes la mejor arma ofensiva de sus contrincantes, la caballería, resultaba totalmente ineficaz, pues, como decía un documento de la época, en la sierra los caballos no son nada. Tenían dos asentamientos, uno el que ocupaban normalmente, y otro, oculto, en lo más recóndito de la serranía, donde ocultaban a los niños, a las mujeres, a los ancianos y a los enfermos en caso de necesidad. El resto labraba la tierra en zonas más llanas, mientras otros les daban cobertura para que, a la menor señal de alerta, corriesen a refugiarse.

Por lo demás, Enriquillo estableció todo un entramado de informantes en torno a él. Una de las claves de su éxito radicó en que contó con la comprensión y el apoyo de numerosos guatiaos que convivían diariamente con los españoles. Los insurgentes inspiraron simpatía entre buena parte de la población servil de la isla, ya fuesen indios, mestizos o negros. Este hecho, que es conocido desde hace ya tiempo aunque desde un punto de vista más literario que científico, parece confirmarse por un caso ocurrido en La Española, en 1527, y que citamos a continuación: en ese año se produjo un ataque de cimarrones a una hacienda de la Yaguana en la que se detectó la posibilidad de espionaje pues, hecho este daño en la dicha estancia y robo y muerte de indios y de español, después de esto se halló en poder de otros indios mansos que estaban en otra estancia cerca de allí ropa y hamacas por donde se presume que algunos indios de aquellos fueron espías o supieron algo o serían en el dicho robo. Acaso, Enriquillo podía actuar solidariamente como un Robin de los Bosques, quitándole a los ricos –los españoles- y dándole a los pobres. Por otro lado, dos años después, la audiencia de Santo Domingo informó a Su Majestad que los indios alzados tenían tantos espías en las villas y en el campo que no se menean (se refiere a los hispanos) sin que ellos lo sepan.

Igualmente, Enriquillo había aprendido el valor bélico del elemento sorpresa. No es de extrañar que dispusiese centinelas las 24 horas del día. En este sentido, el padre Las Casas apunto que era tanta su vigilancia (se refiere a Enriquillo) que el primero era él quien los sentía. Otra de las precauciones que tomó fue evitar que los españoles pudiesen localizar su asiento para lo cual, entre otras medidas, se dice que cortó la lengua a los gallos y que impuso graves sanciones para aquellos que encendiesen fuegos en zonas no señaladas para tal efecto.

En cuanto a las armas y a las tácticas de combate eran similares a las que unos años antes había visto usar a los conquistadores. Por supuesto, cada vez que derrotaba a un enemigo lo primero que hacía era arrebatarle sus armas. Según el padre Las Casas, algunos de los que estaban con Enriquillo portaban hasta dos espadas de acero, robadas obviamente a sus contrincantes. En cuanto a las tácticas de combate demostró un perfecto conocimiento de la guerra muy superior a la capacidad estratégica del resto de los taínos, pues, es sabido que dividía a los hombres en dos grupos, uno a su mando, y otro de auxilio, comandado por su sobrino Tamayo, ganando de esta forma muchas batallas.

A lo largo de la década de los veinte fracasaron una y otra vez todos los intentos de establecer una tregua, tanto por medios pacíficos, como por medios militares. De hecho, conocemos multitud de capitanes que participaron en la guerra pero sin conseguir éxitos de significación, como: Pedro de Vadillo, Iñigo Ortiz, Fernando Amigues, Hernando de San Miguel, Hernando de Valencia, Hernando de Villasante, Francisco Martín Sardina, Rodrigo Alonso Muñoz, Pedro de Soria, Francisco del Fresno, Alonso Ruiz y Rodrigo de Peralta.

Esta ineficacia hizo que la Corona se decidiera a acabar con la dramática situación. Su primera actuación se centró en la utilización de medios pacíficos para lo que expidió, en 1527, una amnistía general, incluso para aquellos aborígenes que tuviesen delitos de sangre, aunque eso sí, con la condición de que dejasen las armas y retornasen al vasallaje de Su Majestad.

Algún tiempo después, y como gesto de buena voluntad por parte de la Corona, se envió a un franciscano, fray Remigio de Fox, acompañado de un cacique llamado Rodrigo, a proponer la paz a Enriquillo, sin que se obtuviese el éxito esperado.

Pese al fracaso, la Corona no perdió la esperanza de encontrar una solución pacífica por lo que, en 1530, se emitieron unas leyes tendentes a suavizar las relaciones entre españoles e indios. Concretamente se dispuso que todas aquellas costumbres y prácticas rituales que tuviesen los indios desde época Prehispánica se permitiesen siempre que no fuesen contrarias a la ley de Dios. En ese mismo año se estableció que bajo ningún concepto se hiciesen esclavos y, al año siguiente, se prohibió incluso la encomienda, al darles libertad para que sirvan a quien mejor se lo pagare. Desgraciadamente las presiones fueron muy acusadas y la ley de 1530 que prohibía la esclavitud indígena fue abolida en 1535.

La vía pacífica fracasó, pues no sólo continuaron en su rebeldía, sino que, incluso, lanzaron ofensivas como la que precisamente en 1530, protagonizaron en San Juan de La Maguana -donde murieron algunos españoles-, o, en 1531, en Puerto Real. Al año siguiente, la situación se tornó tan delicada que fue necesario sostener cuatro cuadrillas, formadas cada una por ocho españoles y varias decenas de auxiliares. Estas cuadrillas tendrían la siguiente ubicación: una en San Juan de La Maguana, otra en La Yaguana, otra en Puerto Real y, finalmente, otra cubriendo la zona entre La Vega y Santiago. La cuadrilla de San Juan de La Maguana estaba plenamente justificada al ser una zona muy castigada por los continuos ataques de los rebeldes. En cuanto a la cuadrilla de La Yaguana, su interés radicaba en la protección de un punto estratégico de la economía de la isla ya que era el puerto del trato de esta isla con los otros comarcanos, y para asegurar el Camino Real. En lo que concierne a Puerto Real debemos decir que su defensa era imprescindible, tanto por ser un puerto destacado, como por la cercanía de las minas de Guahaba. Y finalmente, La Vega y Santiago se preservaban para velar por la seguridad de las minas del Cibao pues, de otra forma, los mineros no osaban salir a buscar oro. En definitiva, las cuadrillas se situaron en puntos estratégicos para preservar las zonas más sensibles de la economía de La Española. Por lo demás, y habida cuenta de la delicada situación que atravesaba la isla, se obligó a todos los poseedores de mulas a mantener también caballos y, por supuesto, armas propias, compeliéndolos asimismo a hacer alardes periódicos.

Definitivamente, en 1532, la Corona perdió su fe en una salida pacífica y proyectó acabar con los insurrectos por medios violentos. Para ello, nombró a Francisco de Barrionuevo para que fuese como capitán desde la Península, inicialmente con 200 hombres. Para un rápido flete se mandó pregonar el alistamiento en varias localidades de Sevilla y Cádiz, y, concretamente, en Carmona, Osuna, Marchena, Lebrija, Utrera, Sanlúcar de Barrameda, Jerez de la Frontera y el Puerto de Santa María, prometiendo importantes beneficios a aquéllos que decidiesen enrolarse: pasaje gratuito, comida, sueldo, más los indios que tomasen como esclavos en buena guerra y sus bienes. Concretamente se les especificó a los oficiales lo siguiente:


 

"Que se les daría campo franco de todo lo que les tomaren, y, así mismo daréis por esclavos al dicho Enrique y a todos los otros que andan en su compañía, y, les daremos licencia para que los puedan traer y vender a estos reinos como tales esclavos y les daremos libertad para que el oro que sacaren con ellos, teniéndolos en la dicha isla, sea libre sin que de ello nos paguen quinto alguno".

 

 

Si bien en julio y nuevamente en noviembre de 1532 se estipuló que irían 200 hombres de armas lo cierto es que, en 1533, llegó Barrionuevo a Santo Domingo con sólo 180, la mayoría de ellos labradores. Parece ser que la Corona cambió, en última instancia, su idea inicial, pensando que los viejos pobladores conocerían mejor el terreno que los recién llegados, por lo que decidió en el último momento enviar labradores para que se hiciesen cargo de los ganados y de los cultivos, mientras los antiguos colonos acudían a las operaciones militares. Ciertamente, y como señalan los manuscritos de la época, los que estaban realmente preparados para luchar en las agrestes sierras del Bahoruco eran los que estaban aclimatados a la isla, y, no los recién llegados, hasta el punto de que se afirmaba que setenta españoles de la tierra eran más útiles que ciento ochenta venidos de Castilla.

Al final, el esfuerzo resultó insuficiente como para tener garantías de un triunfo militar. Por este motivo se decidió volver a intentarlo por medios diplomáticos. Se trataría de alcanzar un tratado de paz, concediéndoles el perdón a cambio del retorno ala obediencia.

Entre los 35 hombres que finalmente fueron al Bahoruco, junto a Francisco de Barrionuevo, figuraban varios parientes del cacique díscolo que iban con la misión de convencerlo para que depusiese su actitud. Tras más de dos meses de búsqueda, Enriquillo se dejó ver, y se le pudieron entregar las cartas de Su Majestad con la última propuesta. Se entregó voluntariamente pues, como decía un documento de la época, si no fuera por medio de la paz quizás en cien años a don Enrique no vieran fuera de los inexpugnables riscos y montañas donde nació y posee su patrimonio.

La oferta fue generosa, se le ofrecieron tierras y un asentamiento para él y su familia, además del título de Don, distinción que entonces tenía mucho más valor que en la actualidad. Sin embargo, pagó un alto precio por sus mercedes, ya que se comprometió a capturar a todos los cimarrones, tanto indios como negros, que quedasen y que por cada negro que trajeren se le den cuatro camisas de lienzo. Y como muestra de su buena voluntad, en el mismo momento en que firmó las capitulaciones de paz entregó seis negros que fueron trasladados a Santo Domingo. Incluso decidió ir contra el capitán Tamayo, sobrino suyo y uno de sus oficiales de confianza, porque no aceptó el tratado de paz. Otros líderes indígenas, como Hernandillo el Tuerto, continuaron alzados, aunque eran capitanes que no tenían la capacidad estratégica ni el carisma suficiente como para sobrevivir largo tiempo.

Por lo demás, la Corona siguió temiendo tanto a Enriquillo que para estar segura de que no se rebelaría de nuevo intentó traerlo a Castilla, en 1534, porque, aunque es indio, parece pensar de buen entendimiento y conocerá el bien y merced que Vuestra Majestad le hace en le mandar escribir y recibir como su vasallo. Apenas tuvo tiempo de pensarlo pues, pronto enfermó, muriendo al año siguiente, es decir, en 1535. Lo hizo como un auténtico cristiano, confesó, redactó su testamento y recibió la Extrema Unción. Murió fiel, no a sus creencias indígenas, sino más bien a las ideas religiosas que aquellos frailes franciscanos le habían enseñado desde su niñez.

Después de su fallecimiento, continuaron algunos alzados, pero sin su carisma y capacidad. De entre todos ellos, destacó el cacique Murcia que, no aceptó la paz y se mantuvo alzado al menos una década más. En 1544 supo eludir un encuentro con otro cacique, llamado Garralírrez que, con fuerzas muy superiores, fue enviado por la Audiencia para capturarlo. Poco después, se intentó por otra vía. Se envió al cacique García Hernández para que le ofreciese la paz, igual que se había hecho dos lustros antes con Enriquillo. Sin embargo, no encontraron ni rastro de él, pues huyó a la isla de Samaná, poniéndose fuera del alcance de sus enemigos.

Murcia pasa por ser el último cacique rebelde de la isla. Aunque no tuvo las dotes estratégicas de Enriquillo, fue el que más tiempo se opuso al poder español y bajo ningún concepto renunció a su libertad. En los últimos años de la década de los cuarenta dejamos de tener noticias de él. Probablemente murió por aquellos años, de muerte natural y disfrutando de la libertad y de la protección de aquellos agrestes riscos. Con todo, no acabaron aquí las insurrecciones ya que todavía en 1549 se supo de la existencia de un grupo de 20 ó 25 alzados entre la Vega y Santiago, posiblemente una de las últimas veces que se detectaron indios cimarrones en la isla.

En Cuba, la conquista fue otro paseo, en este caso, de los hombres de Diego Velázquez. Pues, bien, en los años veinte se desarrolló en paralelo a la rebelión de Enriquillo, otra encabezada por un líder indígena llamado Guama. Éste nunca llegó a tener ni el poder ni, por supuesto, el carisma de Enriquillo. Guama, en sus mejores momentos, llegó a disponer de unos sesenta hombres gracias a su fusión con el cacique Juan Pérez que perdió su función de líder para convertirse en su lugarteniente. Guama llegó a controlar las zonas más montañosas del oeste cubano, es decir, de las provincias de Baracoa, Maisi, Çagua, Baraxagua y el Bayamo.

Este líder indígena nunca tuvo la habilidad e intuición de Enriquillo. Sin embargo, tuvo el mérito de ser el primer cacique cubano que concibió como única forma posible de hacer frente a los españoles la guerra guerreada, es decir la táctica guerrillera. A la par, conocía a la perfección la baza que suponía el elemento sorpresa, el cual utilizó exitosamente durante años. No obstante, cometió graves errores tácticos que a la postre le terminaron constando muy caro. Por ejemplo, se movía siempre en la misma zona, sin tomar grandes precauciones, es decir, con un exceso de confianza. Los españoles conocían su asiento y, cuando se decidieron a acabar con él, no tuvieron más que ir a buscarlo al rancho donde solía estar.

Igualmente, su liderazgo no fue tan firme como el de Enriquillo a juzgar por los datos que poseemos: en primer lugar, y como ya hemos afirmado, nunca consiguió aglutinar en torno suyo más de sesenta o setenta indios. Y, en segundo lugar, el hecho de que fuera asesinado, en última instancia, por personas de su entorno, -posiblemente por su hermano Guamayr o por la india Marica-, nos está indicando que la fidelidad de sus hombres y, por tanto, su liderazgo era escaso. Al parecer, su mando se basaba más en la amenaza que en un verdadero sentimiento de amor hacia su líder. Esto le obligaba a llevar a cabo depuraciones periódicas entre todos aquellos sospechosos de estar contra él. Uno de sus hombres, el indio Perico, declaró en ese sentido lo siguiente:


 

"Que del dicho rancho de Guama faltaron muchos indios y que era muy público entre los indios del dicho rancho que el dicho Guama los mataba, llevándoles disimuladamente y apartados del rancho y allí a uno a uno los mataba".

 

Esta insurrección se prolongó hasta 1532, es decir, algo más de dos lustros. Sin embargo, esta larga duración se debió más que al ingenio estratégico de Guama, al desinterés de los españoles por acabar con un alzamiento que apenas causaba daños. De hecho, cuando el gobernador Gonzalo de Guzmán fue acusado de no perseguir al cacique díscolo respondió que no lo hizo porque no causaba daño alguno, antes era público que se estaba en su tierra, y, decía que no quería hacer mal a nadie, ni lo hacía, a cuya causa el dicho cabildo de la Asunción ni otras personas no se curaban de él porque no estaba de guerra y era gasto demasiado andar tras él sin causa.

Además, el poco daño que hizo Guama se dirigió más hacia los indios de paz, por dos motivos: primero, porque colaboraban decisivamente en las cuadrillas de los españoles, e incluso, organizaban ellos mismos batidas para capturar a los alzados. Y segundo, porque pretendía captura nativas con las que poder reproducirse, ya que la mayor parte de los alzados fueron varones. Todo ello, privó a Guama de la simpatía y la complicidad de los guatiaos de la que sí gozó Enriquillo. No obstante, la presión de los tributos dado el declive de la población indígena hizo que a finales de la década de los treinta algunos indios aprovecharan cualquier ocasión para escaparse al monte y unirse a los alzados.

Hacia 1530, había indios alzados prácticamente en toda la isla de Cuba, a saber: en los términos de Santi Spíritus, Trinidad y Puerto del Príncipe, y en las provincias de Maniabón, Cueyba, Bayamo, Baracoa y Maisi. Además, se decía que si bien no eran muchos en números absolutos, sí que eran importantes en términos relativos, considerando los pocos españoles que hay en la tierra. Una de las pruebas que nos confirma que la insurrección se había generalizado es la cifra de españoles que murieron, entre 1525 y 1528, a manos de los rebeldes, una veintena.

Finalmente, otro de los motivos que indujo a aplastar la insurrección fue el peligro de que los negros tomasen el ejemplo y se sumaran al alzamiento, agravando la situación. Por otro lado, los intentos de dar una salida pacífica al conflicto habían fracasado con anterioridad, pues, ya en 1526 se había enviado una expedición con una Real Cédula en la que se ofrecía el perdón general que no fue aceptada. Y, en 1528, el juez de residencia Juan de Vadillo intentó, por última vez firmar la paz con los insurrectos, para lo que envió a varios mensajeros indios, entre ellos a un cacique llamado Factor que "no volvió con la respuesta y que es fama que se murió del miedo que allá le pusieron la gente del dicho Guama".

Frustrados los intentos de paz y con casi toda la isla al borde la rebelión se decidió acabar de una vez por todas con la resistencia. Para ello, mientras se organizaban varias cuadrillas de castigo, las autoridades dispusieron que a los indios de paz se les tratase con amor para evitar que se unieran a Guama. La victoria no fue fácil, pues fueron necesarios varios años para acabar con ellos, muy a pesar de que los españoles se vieron muy favorecidos por la epidemia de viruela que se desató en 1530 y que diezmó a los insurrectos. Como ya hemos dicho, las primeras operaciones militares con la intención concreta de acabar con Guama se iniciaron en torno a 1530 y consistieron en la formación de dos cuadrillas compuestas por 20 indios y seis españoles cada una. Una saldría de Asunción y se abastecería de guatiaos de las provincias de Maisi y Baytiqueri, mientras que la otra, partiría de Guantanabo y se constituiría con naturales de las provincias del Bayamo y Arabacuco. A pesar de la aparente buena organización, no sabemos los resultados de esta campaña, pues la documentación silencia cualquier referencia a la misma.

En 1531, se formó otra cuadrilla, capitaneada por Diego Barba, y, compuesta por nueve o diez españoles, varios negros y 30 indios escogidos para la guerra. En esta ocasión, la cuadrilla sí atacó el rancho donde se refugiaba Guama, destruyéndolo y capturando a la mayoría de sus hombres. No obstante, Guama consiguió huir con 18 personas, entre ellos cuatro mujeres y cuatro jóvenes.

En 1532, Gonzalo de Obregón se encargó de dar alcance a los huidos con un pequeño destacamento formado por seis españoles, 12 indios y dos negros. Lograron capturar a siete de ellos aunque Guama consiguió nuevamente escabullirse. Sin embargo, perdida toda su credibilidad los pocos hombres que aún seguían con Guama lo traicionaron y acabaron con su vida. No obstante, se volvieron a formar varias cuadrillas, capitaneadas respectivamente por Gaspar Caro, Cristóbal de Lezcano y Bernabé de Valdivieso, con la intención de acabar definitivamente con los pocos alzados que quedaban a lo largo de la isla. Casi todos los cabecillas fueron capturados y ajusticiados, mientras que el resto fueron entregados a los combatientes hispanos en calidad de naborías. En marzo de 1531 se decía que la isla estaba tan pacífica que cualquier español podía andar por ella sin temor a nada ni a nadie.

Con posterioridad hubo algunos rebrotes de cimarrones. Pero no llegaron a fraguar porque los hispanos, escarmentados, los cortaban de raíz desde el mismo momento en que tenían alguna noticia al respecto. Desde 1538, hubo ataques esporádicos a algunas villas protagonizados por pequeños grupos de alzados. Así, ocurrió, por ejemplo, en Baracoa, donde la iglesia –símbolo del poder español- fue incendiada. Al año siguiente hubo nuevos altercados que afectaron directamente a la extracción e oro, pues, los mineros huían por temor a los indios que andaban sublevados. Y en 1540 nuevamente hubo algunas pequeñas escaramuzas protagonizadas por algunos de estos indios cimarrones. No obstante, huelga decir que se trataba de una resistencia muy residual, capaz tan sólo de conseguir pequeños objetivos, como la quema de una iglesia, el robo de un caballo o la captura de alguna india guatiao. Si no se acabó definitivamente con ellos no fue por su capacidad sino porque ningún español quería ir contra ellos si no se le daba un salario digno y se le prometían parte de los esclavos que capturasen. También el hecho de que no existiera un líder que los aglutinase, sino pequeñas cuadrillas inconexas entre sí provocó que su sometimiento fuese mucho laborioso, pues había que tomarlas una a una. Las bajas entre los hispanos fueron incluso más numerosas que en tiempos de Guama, pues se calcula que perdieron la vida, entre 1538 y 1539, unos 25 españoles.

En Nueva España también se produjo todo un rosario de sublevaciones, especialmente en el norte del virreinato. A todos esos grupos rebeldes del norte de México se les denominaba genéricamente chichimecas o nación chichimeca. No obstante, se trataba de un grupo muy heterogéneo, formado por indios palies, capuces, samues, sansas, guamares y guachichiles, entre otros, que vivían entre las regiones de Pánuco, Querétaro, Durango y Saltillo.

Uno de los primeros motines ocurridos en el norte novohispanos fue el del Mixtón, entre 1541 y 1542. En el norte del virreinato se rebelaron las tribus cascanes que extendieron el conflicto hasta Guadalajara. Una rebelión que, como tantas otras, tuvo un fuerte componente religioso y milenarista. El virrey Antonio de Mendoza envió numerosos capitanes que fueron fracasando uno tras otro. Pedro de Alvarado, por ejemplo, resultó herido de muerte al ser derrotado en las montañas del Mixtón. Como de costumbre, el virrey no podía consentir semejante agravio por lo que reunió fuerzas suficientes hispano-mexicas para acabar definitivamente con los focos de resistencia, ubicados en las montañas. A mediados de 1542 se daba por sofocada la rebelión. Terminaba así lo que algunos han llamado la segunda conquista de México.

Sin embargo, no acabaron los altercados protagonizados por determinados grupos chichimecas, hasta el punto que el virrey Luis de Velasco se vio obligado a enviar un sin fin de expediciones de castigo, entre 1550 y 1564. Su sometimiento tardó décadas porque utilizaban, como en las Antillas Mayores, la técnica guerrillera. Atacaban objetivos muy concretos y rápidamente se replegaban. Ya en 1551 Hernán Pérez de Bocanegra y el capitán Gonzalo Hernández de Rojas encabezaron una expedición, compuesta de una treintena de españoles y un millar de auxiliares que causaron grandes estragos entre los rebeldes. Dos centenares de ellos fueron herrados y vendidos en México. Pero, la situación no se terminó de solucionar porque no obedecían a un jefe común, es decir, se trataba de pequeñas cuadrillas independientes. En lo años siguientes continuaron enviándose expediciones de castigo, que prácticamente se limitaban a capturar indios para venderlos en los distintos mercados de esclavos de Nueva España.

De todos los líderes chichimecas, quizás el más conocido fue Maxorro porque consiguió aglutinar en torno suyo a un buen número de caciques en el norte de México. Éste, a partir de 1554 realizó varias incursiones en la zona de Zacatecas, causando un buen número de bajas entre los hispanos. Entre sus objetivos prioritarios estuvo siempre la captura de mujeres indígenas, probablemente con el objetivo de aumentar su capacidad reproductora. Los ataques continuaron en los años sucesivos y hasta tal punto se sintieron impotentes las autoridades españolas que decidieron cambiar de estrategia. Pensaron en llevar a cabo una evangelización pacífica, con religiosos franciscanos. Esta idea se puso en práctica con resultados muy positivos que de vez en cuando se veían ensombrecidos por alguna incursión incontrolada de alguna cuadrilla de españoles en busca de esclavos. El problema en el norte de México se enquistó y perduró a lo largo de varias décadas.

En 1561 encontramos la última gran confederación de alzados, en este caso de Zacatecas y Guachichiles que puso en jaque a los mineros de la zona. Varias expediciones se encargaron de apaciguar la situación, especialmente una encabezada por Pedro de Ahumada Samano, que mató a varias decenas de insurrectos y capturó a 200 esclavos.

En el occidente mexicano los indios zuaques, tehuecos, ocoronis y sinaloas que eran seminómadas y antropófagos continuaron la resistencia prácticamente hasta finales del siglo XVI. Allí destacaron dos líderes indígenas, Nacaveba y Taxícora, que se encargaron de poner las cosas difíciles a los colonizadores. Finalmente, fracasado los intentos bélicos, se decidió nuevamente una penetración pacífica, en esta ocasión dirigida por miembros de la Compañía de Jesús. Como escribió Mario Gil, en ayuda de los encomenderos llegaron los religiosos que portaban la cruz, el arma suprema de la conquista. Terminaron siendo sometidos por la acción conjunta de la espada y la cruz.

Igualmente, en Santa Marta, por las mismas fechas del alzamiento Mixton, a principios de los años 40, se alzaron varios pueblos de la sierra. Al parecer, los indios de la costa, que eran de paz, los abastecían con pescado y sal. Los vecinos pedían, por un lado que se cortase este suministro y, por el otro, que se les eximiese del quinto Real de los esclavos y del oro que obtuviesen en las campañas militares.

En el Valle de Cauca -actual Colombia-, a finales del siglo XVI se alzaron los indios pijao con su líder, Calarca, a la cabeza. Durante varios años hostigaron a los españoles en esa región hasta que ya a principios del siglo XVII el capitán general Juan de Borja decidió poner freno a la situación. Lo primero que hizo fue atraerse a los indios coyaima y natagaima, tradicionales enemigos de los pijao. Luego lanzó una amplia campaña con el objetivo de acabar con los rebeldes. Efectivamente, Calarca murió en combate, sus hombres se dispersaron y fueron perseguidos hasta su aniquilación.

En el Perú Manco Inca Yupanqui protagonizó una peligrosa insurrección, atrayendo a su bando a miles de aborígenes. Tras los asesinatos de Atahualpa y Huáscar, Francisco Pizarro pactó con él. El extremeño lo reconocería como Inca a cambio de que restableciese en el incario la obediencia a los españoles. Sin embargo, la situación no era fácil porque mantener en Cuzco al legítimo heredero del trono Inca resultaba demasiado peligroso. Las intrigas entre los Pizarro y Manco Inca terminaron con la prisión de este último, acusado de conspiración. Sin embargo, el Inca consiguió que Hernando Pizarro lo liberase con la promesa de entregarle un tesoro que él tenía enterrado en las afueras de la ciudad. El trujillano, cegado por la codicia, creyó las palabras del quechua, permitiendo su huída. Manco Inca no tardó en movilizar a miles de hombres con la idea de asediar y recuperar la vieja capital Inca. Las tropas de Manco Inca sitiaron la ciudad durante más de un año, es decir, entre marzo de 1536 y abril de 1537. Los indios, resabiados de la caballería, pusieron trampas a los caballos, colocando hoyos y tirándoles bolas de fuego. Consiguieron tomar la fortaleza de Sacsahuamán desde donde continuaron el asedio de la ciudad. Les faltó empeño para reconquistarla. Cuando todo parecía augurar su caída, en la primavera de 1537 iniciaron la retirada. Muchos nativos hartos de pasar penurias, sintieron la necesidad de retornar a sus campos de cultivo para alimentar a sus familias. De esta forma, fueron abandonando el cerco, mientras Manco Inca se vio obligado a refugiarse en las montañas de Vilcabamba, donde la resistencia se mantuvo durante décadas. Pero Manco Inca no tuvo suerte y en 1544 fue asesinado a traición por el rebelde Diego Méndez. Éste, tras ser derrotado en la batalla de Huamanga (1542) se guareció en la zona de Vilcabamba, ganándose el respeto de los indios. Sin embargo, pensó que podría obtener el perdón Real si asesinaba a un personaje de la talla de Manco Inca. Así, que un buen día, a mediados de 1544, sin mediar palabra, se abalanzó sobre el Inca y lo apuñaló hasta la muerte. Los indios vengaron su muerte capturando, torturando y matando a su asesino. Pero el daño, estaba hecho, con la desaparición de Manco Inca acababa definitivamente cualquier posibilidad de reconquistar el viejo imperio incaico.

En regiones más remotas del Río de la Plata también se llevaron a cabo levantamientos rebeldes. Concretamente en la zona de Tucumán se alzaron, hacia 1561, un grupo de nativos, liderados por Juan de Calchaquí. Éste llegó a reunir nada menos que a 5.000 hombres, atacando numerosas ciudades de la región.

En general, podemos decir que la resistencia indígena fracasó en todo el continente americano por una serie de motivos, a saber: primero, por la escasez progresiva de indios y muy especialmente de mujeres, lo que originó que los insurrectos tuviesen como prioridad absoluta la toma de indias de paz. Segundo, por la falta de unos intereses comunes entre negros e indios frente al poder español. Es cierto que en muchos de estos movimientos rebeldes hubo algunos negros, pero se trató de casos aislados. Nunca hubo una identificación de intereses entre ambos grupos étnicos. Y tercero, por la inexistencia de una conciencia colectiva entre los nativos, probablemente favorecida por los traslados indiscriminados que practicaron los españoles desde los primeros años de la Conquista. De hecho, las confederaciones de caciques fueron puntuales y casi nunca lograron reunir a una gran cantidad de efectivos. Fueron alzamientos minoritarios y fragmentarios. Además, pese a su aprendizaje de los hispanos, siguieron siendo más ingenuos. Como bien explicó Girolamo Benzoni, por ser inferiores en ánimo, fuerza e ingenio, siempre resultaban derrotados.

Algunos grupos rebeldes consiguieron resistir largo tiempo, aunque fueron pocos. Los araucanos, por ejemplo, mantuvieron su independencia durante siglos, pues, no fueron sometidos íntegramente hasta el siglo XVIII. Estos adoptaron una actitud probablemente aprendida de los españoles. Cautivaban a mujeres españolas, las violaban y luego las soltaban para provocar el máximo dolor posible a sus adversarios. Otros pueblos decidieron huir a lugares más inaccesibles, como los tarahumaras, manteniéndose largo tiempo ajenos a la colonización española. Pero, lo cierto es que la inmensa mayoría de los pueblos indígenas sucumbieron al empuje arrollador de la civilización occidental.

        ¿En algún momento tuvieron alguna posibilidad de éxito? Probablemente no, porque las diferencias fueron abismales. No obstante Josefina Oliva de Coll hace una observación al respecto. Los indios envenenaron al mastín Leoncico; habida cuenta que alimentaban a los españoles ¿por qué no hicieron lo mismo con estos? Es obvio, que cuanto más desarrollada ha sido una civilización mayor ha sido su capacidad potencial para matar. Los pobres indios tenían poco desarrollada esta capacidad de destrucción total, por eso probablemente nunca se llegaron a plantear tal solución. Prácticamente habrá que llegar al siglo XX para encontrar esta malévola capacidad de destrucción total.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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BAUTIZO Y HERRAJE DE AMERINDIOS EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI

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Como es bien sabido, varios cientos de amerindios cruzaron el océano en el siglo XVI rumbo a la metrópolis. Llama la atención, el cuidado que se tenía para que todos estos supuestos paganos fuesen bautizados. Tras cumplir con el ritual, si eran esclavos, se procedía a su herraje y a su venta.

Cuando se cumplimentaba este ritual católico normalmente se le cambiaba su nombre indígena por otro castellano, normalmente el de su dueño. En este sentido, por ejemplo, una india de Juan Pontiel de Salinas declaró que al llegar a España se le puso por nombre Catalina pues también "su ama se llamaba así". En otras ocasiones se optaba por el de una persona querida, o incluso, por el de algún miembro de la familia real, a modo de pequeño homenaje. Por ello son muy frecuentes entre los esclavos nombres como el de Isabel, Juan, Juana, Carlos o Felipe.

Ya los indios que trajo Cristóbal Colón a la corte de los Reyes Católicos, en 1493, fueron bautizados de manera pintoresca según nos consta por la descripción que hizo el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo:

 

Y ellos de su propia voluntad y (a)consejados, pidieron el bautismo; y los Católicos Reyes, por su clemencia, se lo mandaron dar; y juntamente con sus Altezas, el serenísimo príncipe don Juan, su primogénito y heredero, fueron padrinos. Y a un indio que era el más principal de ellos, llamaron don Fernando de Aragón, el cual era natural de esta isla Española y pariente del Rey o cacique Goacanagarí; y otro llamaron don Juan de Castilla; y los demás se le dieron otros nombres, como ellos los pidieron o sus padrinos acordaron que se les diese conforme a la iglesia católica”.

 

Evidentemente esta presencia regia, apadrinando incluso a los nuevos cristianos, así como el boato que seguramente presidió la ceremonia debió ser algo muy excepcional. Ya en la época se intuyó la importancia que tenía tal acontecimiento, pues, no en vano, se trataba de los primeros habitantes del Nuevo Mundo que pisaban tierra europea. Esos bautizos debieron simbolizar algo así como el punto de partida de una nueva expansión de la cristiandad. A continuación, queremos transcribir el texto de la primera partida de bautismo de dos indios en el monasterio de Guadalupe:

 

 

Viernes XXIX de este dicho mes, se bautizaron Cristóbal y Pedro, criados del señor Almirante don Cristóbal Colón. Fueron sus padrinos, de Cristóbal Antonio de Torres y Andrés Blázquez. De Pedro fueron padrinos el señor Coronel y Señor Comendador Varela, y Bautizolos Lorenzo Fernández, capellán”.

 

Realmente el interés que tiene este documento, dado a conocer por Sebastián García O.F.M., es que necesariamente es el primero de esa naturaleza. Ni que decir tiene que se conservan cientos de registros similares de bautizo de indios en decenas de parroquias españolas. Sin ir más lejos, en los propios registros de Guadalupe se conserva, otra partida del 9 de junio de 1549 en la que se bautizo el tlaxcalteca Juan Dueñas, figurando como padrinos el padre Alonso Álvarez, el licenciado Bravo, alcalde, y el doctor Arteaga, médico. El resto de los indígenas fueron bautizados como cualquier creyente, asentándose sin diferencia alguna en los registros de bautismo de las parroquias de aquellas ciudades a las que llegaban.

Son innumerables los casos que conocemos de indios que llegaron a España sin marca de esclavitud y que fueron herrados con posterioridad. Esto le ocurrió, por ejemplo, a la india Catalina, propiedad del carmonense Juan Cansino, que declaró haber sido herrada en la cara "para poderla vender, porque nadie la quería comprar". Para marcarla como esclava no tuvo más que ordenárselo a "uno que vive junto a la carnicería" lo cual efectuó sin demora porque el mencionado Juan Cansino no sólo era regidor, sino que pertenecía a una de las familias llegadas a Carmona tras la Reconquista y, por tanto, de las más influyentes de la localidad.

Asimismo el capitán Martín de Prado herró a su indio Pedro en la cara con una "C", porque supo que pretendía solicitar al Consejo de Indias su libertad. Incluso conocemos el incidente de otro indio que intentaba escaparse de la injusta esclavitud que le quería imponer su dueña, doña Inés Carrillo, al optar ésta por colocarle "una argolla de hierro al pescuezo esculpidas en ellas unas letras que dicen “esclavo de Inés Carrillo, vecina de Sevilla a la Cestería”. No es el único que encontramos con esta característica argolla, muy frecuente también entre los esclavos negros, pues, otro aborigen, llamado Francisco, cuando fue adquirido, su dueño, Juan de Ontiveros, se la mandó colocar. Pero, incluso, debemos decir que la opción de la argolla no era la más dramática, pues, sabemos que un indio que vendió en Sevilla Gerónimo Delcia a Diego Hernández Farfán tenía una marca en la cara en la que se podía leer: “esclavo de Juan Romero, 7 de diciembre de 1554”. Estas marcas en el rostro, selladas a fuego, eran comúnmente aplicadas a los esclavos en la España de la época.

Los motivos que llevaban a sus dueños a querer señalarlos están bien claros. No debemos olvidar que desde muy pronto comenzaron a imponerse grandes restricciones a la esclavitud indígena. Muchos españoles, que legalmente habían comprado sus esclavos, querían asegurar su compra consumando su condición servil con una marca externa. De esta forma creían evitar que los oficiales reales incluyesen a sus indios entre los sospechosos de ser libres.

Ante esta situación, que llevó a muchos españoles a marcar indios que habían sido esclavizados fraudulentamente, la Corona prohibió tal práctica. Así por una Real Cédula del 13 de enero de 1532 dispuso que no se marcase a los indios en la cara como era costumbre “y el que lo haga lo pierda”. Dos años después, ante la reiterada violación de esta disposición, la Corona manifestó su malestar en un escrito dirigido a los oficiales de la Casa de la Contratación de Sevilla y en el que decía textualmente:

 

Por parte de Juan de Cárdenas me ha sido hecha relación en este Consejo que en Sevilla hay muchos indios naturales de la Nueva España y de otras partes de las Indias los cuales siendo libres los tienen por cautivos y siervos. Que no se vendan ni hierren porque sabemos que los que los traen los hierran en el rostro o les echan argollas de hierro a la garganta con letras de sus propios nombres en que dicen ser sus esclavos...”

 

Nuevamente volvemos a comprobar el profundo divorcio que existió en la España Moderna entre la teoría y la praxis que llevó a muchos propietarios a obviar la ley y seguir herrando a sus esclavos. Pero a la larga esta medida fue un paso más hacia adelante en el proceso por acabar con la trata de indios con destino a los mercados esclavistas peninsulares.

 

PARA SABER MÁS:


 

FRANCO SILVA, Alfonso: "La esclavitud en Sevilla entre 1526 y 1550", Archivo Hispalense Nº 188. Sevilla, 1978.

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Indios y mestizos en la España del siglo XVI. Madrid, Iberoamericana, 2000.

 

 

GARCÍA, Sebastián O.F.M.: “Guadalupe en Indias: documentación del Archivo del Monasterio”, en Extremadura en la evangelización del Nuevo Mundo. Madrid, Sociedad Estatal Quinto Centenario, 1990.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LOS PRIMEROS INDIOS AMERICANOS REPRESENTADOS EN EUROPA (1494)

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Acabo de conocer la noticia a través del blog de mi amigo don Manuel del Monte que a su vez se hace eco de un artículo publicado por Sylvia Poggioli en "The Two-way". En él se habla de la limpieza de un fresco en los apartamentos Borgia del Vaticano, pintados por Pinturicchio a finales de 1494 en el que se observan varios amerindios, presumiblemente taínos de La Española.

No deja de ser relevante el que aparezca en una fecha tan temprana una representación de los indígenas americanos lo que nos da una idea de lo avanzado que estaba ya a finales del siglo XV el proceso de globalización.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LO QUE LOS AMERINDIOS APORTARON A EUROPA

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El mundo al que arribaron los europeos a finales del siglo XV, resultó ser muy diferente del que habían dejado atrás. Pero no sólo en sus gentes, en sus culturas y en sus tierras sino también en su clima. Lo primero que hicieron cuando pisaron suelo americano fue tratar de aclimatar a la fuerza las plantas que reportaban los frutos básicos de su alimentación. Una y otra vez se empeñaron en cultivar la trilogía mediterránea, con la intención de mantener su alimentación tradicional. En extensas áreas caribeñas fracasaron, simplemente porque las condiciones climáticas impidieron su desarrollo. No faltó quien atribuyese este fiasco a un castigo divino.

           La consecuencia no se hizo esperar: se produjo una subida frenética de los precios. Su desabastecimiento terminó convirtiendo a la harina de trigo, el aceite y el vino en productos absolutamente prohibitivos. La mayor parte de la población debió transformar aceleradamente su dieta. Consumían productos de la tierra, sobre todo tortas de cazabe, maíz, ajes y, cuando podían, tomates, calabazas, pimientos y frutas tropicales. La dieta se completaba con carne de ternera o de cerdo que abundaba en las Indias. Y ello porque, pocos años después de la llegada de los hispanos, el ganado cimarrón se reprodujo sin control, tanto que la carne no adquiría precio y, en la mayor parte de los casos, sacrificaban decenas de miles de cabezas de ganado vacuno sólo para extraerle el cuero con destino a la exportación. En cuanto al aceite de oliva, se vieron obligados a sustituirlo por la grasa animal –sebo- que, incluso, comercializaban en pipas.

En un plazo verdaderamente pequeño, la gastronomía tradicional indígena, además de la carne de los animales traídos por los europeos, se convirtieron en la base del sustento de los hispanos. Ya Marvin Harris, demostró hace algunos años, la gran capacidad de los humanos para comer todo aquello que le resultaba práctico, por encima de cuestiones genéticas o culturales. Y efectivamente, así ocurrió en la Conquista; a falta de los alimentos propios de la dieta mediterránea, las huestes se dedicaron a robar la comida a los indígenas para llenar sus voraces estómagos. Solo hubo un alimento que no aceptaron, la chicha –el llamado vino indígena- realizado a base de fermento de maíz. Y ello por las connotaciones sociales, culturales y hasta rituales que el vino tenía, vinculado inalienablemente a la cultura europea y a la cristiandad. El vino se equiparaba con los vencedores y por extensión con el presente y el futuro; la chicha, en cambio, se relacionaba con los vencidos y, por tanto, con el pasado.

En cuanto a la herborística, desde la llegada de los españoles se interesaron por las virtudes médicas de su naturaleza e intentaron extraer de las nuevas plantas americanas licores y elixires mágicos. La herborística indígena suscitó un gran interés, probando todo tipo de plantas, esperando encontrar así el remedio a las enfermedades que los flagelaban. Los indios eran grandes herbolarios, especialmente sus curanderos, chamanes o behiques, como bien explicó el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo:

 

"Estos, por la mayor parte, eran grandes herbolarios y tenían conocidas las propiedades de muchos árboles y plantas e hierbas; y como sanaban a muchos con tal arte, teníanlos en gran veneración y acatamiento como a Santos..."

 

Efectivamente, aunque los behiques revestían todas sus sesiones curativas con un amplio ritual mágico-ceremonial en el que supuestamente intentaban extraer su mal al enfermo, lo cierto es que sus éxitos médicos estaban fundamentados en sus amplios conocimientos herborísticos. Numerosos oportunistas intentaron inventar medicinas para comercializarlas tanto en el Nuevo Mundo como en Castilla. A partir de la década de los veinte, la Corona se preocupó bastante del envío de plantas medicinales a Castilla, no sólo con la esperanza de que fuera útil médicamente sino también por la posibilidad que existía de que resultase una empresa lucrativa.

La importación de estas plantas medicinales fue aumentando con el paso de los años hasta el punto que ya en torno a 1530 se consumían grandes cantidades de palo de Guayacán, en el hospital de las Bubas de Sevilla. Concretamente en julio de 1531 el emperador concedió cierta cantidad de maravedís a Juan de Miranda, administrador del citado hospital sevillano, para que adquiriese ramas de este arbusto de la Española, pues, había 80 enfermos que se estaban curando precisamente con el agua del palo del guayacán. Resulta muy llamativo que recetas médicas descubiertas por los españoles apenas unos años antes se estuviesen administrando a los enfermos de los hospitales peninsulares. Esta circunstancia nos da una idea de la rapidez con que las plantas medicinales indígenas fueron introducidas en el mercado europeo. Pero, sin duda, el elixir indígena que más ampliamente se comercializó y se difundió en España fue el bálsamo del Guaconax. Este licor se extraía de un arbusto de este nombre que abundaba en las Grandes Antillas, especialmente en la región de Higüey (la Española).

Hubo algunas costumbres más nocivas que también fueron desgraciadamente adoptadas por los europeos. Se trataba del tabaco, que era una planta ampliamente usada por los amerindios tanto en sus fiestas y areitos, como por los chamanes o behiques para adormecer a sus pacientes. Lo consumían de dos modos básicamente, a saber: una, en forma de polvos que aspiraban por la nariz, y otra, haciendo sahumerios hasta emborracharse. En un primer momento su consumo estuvo mal visto por la sociedad española motivo por el cual tan sólo lo usó la población de color. Los africanos adoptaron desde un primer momento esta nociva costumbre porque dicen que cuando dejan de trabajar e toman el tabaco, se les quita el cansancio. En 1518, fray Ramón Pané envió unas semillas de tabaco a Castilla para el jardín de Carlos V, aunque con un fin únicamente ornamental. Sin embargo, pasadas algunas décadas se comenzó a introducir su consumo entre los españoles aunque exclusivamente por los beneficios medicinales que erróneamente se le atribuían. Ya Girolamo Benzoni destacó las virtudes del tabaco, pues a su juicio, remediaba los dolores de cabeza y además era cicatrizante, purgante y expectorante. Unos años después el médico sevillano Nicolás Monardes volvió a elogiar la planta:

 

           "De muy pocos años a esta parte se ha traído a España más para adornar jardines y huertos… que por pensar que tuviese las maravillosas virtudes medicinales que tiene. Ahora usamos de ella más por sus virtudes que por su hermosura, porque cierto son tales que ponen admiración".

 

El propio Miguel de Cervantes, en su obra Viaje al Parnaso, destacó las excelencias del tabaco al que atribuía cualidades estimulantes de la actividad cerebral, potenciando la imaginación. La popularización de su consumo no tardó en producirse. De hecho, hacia 1531 se decía de un vecino de La Habana, llamado Diego Núñez, que consumía tabaco como indio y tenía una haba con otros tabacos... El tabaco arraigó tanto en los hábitos de los hispanos de ambos lados del océano, que fue una de las pocas plantas medicinales indígenas que en breve tiempo llegó a cultivarse en la propia Península.

Asimismo, encontramos infinidad de elementos y rasgos de la cultura material y espiritual amerindia en la cultura de los conquistadores. Para empezar habría que destacar el enorme aporte de vocablos indígenas que aparecían en la lengua de los conquistadores, así como la conservación de los nombres propios para designar accidentes geográficos, ríos, etc.

En cuestiones defensivas hubo una adaptación a las condiciones que la geografía y el clima imponían a sus habitantes. En medio del clima tropical no servían las pesadas armaduras utilizadas por aquel entonces en Castilla de manera que los españoles improvisaron protecciones a base de materiales de la tierra muchísimo más ligeros. Según afirmaba Girolamo Benzoni, no solían llevar armadura por la humedad, por la abundancia de rocío y porque a menudo debían dormir al aire libre por lo que suponía un gran entorpecimiento. De manera que en una carta de los oficiales de Santo Domingo a Su Majestad, fechada en la temprana fecha de 1515, le explicaban la excelencia de las armaduras de carey de las que tenían confeccionadas una veintena para otras tantas personas que se iban a embarcar en una armada contra los caribes. Sin embargo, esta idea de las armaduras de carey no fraguó porque, además de ser muy laboriosas, cuando se calentaban las conchas con el calor se volvían quebradizas y no protegían adecuadamente de las flechas indígenas.

Lo más frecuente fue la adopción de los llamados escaupiles, algo así como abrigos gruesos de algodón que impedían que las flechas alcanzasen el cuerpo. En el caso de los mexicas, sólo los líderes y los guerreros de alto nivel iban ataviados con cascos de madera o cuero, botas de este mismo material ricamente ornamentadas y escaupiles. Eran muy útiles frente a las armas de los nativos, es decir, frente a las flechas, pero totalmente ineficaces frente a las armas de fuego. Sin embargo, dado que los amerindios no disponían de estas últimas, su seguridad era alta y sus inconvenientes menores que las armaduras castellanas. Es más, incluso, conscientes de la importancia de los caballos y de que estos eran objetivo de sus oponentes, Hernán Cortés les colocó vigilancia de noche, cubriendo además sus cuerpos con escaupiles gigantes que impedían que las flechas les alcanzasen.

           También la canoa se convirtió en un medio no solo de transporte sino también de uso cotidiano en la defensa naval, pues, como afirmó Roberto Cassá, eran más eficaces en aquellas aguas que los propios navíos europeos. Estas pequeñas embarcaciones fueron frecuentemente utilizadas por los castellanos tanto como medio de transporte como para acciones bélicas. Y es que en ocasiones, estas naves ligeras eran el mejor remedio para enfrentarse a los escurridizos corsarios. Así, por ejemplo, en 1528, el mejor remedio que se encontró para luchar contra los franceses fue un pequeño bergantín, al mando del capitán Francisco Gorbalán, y dos canoas con varias decenas de indios flecheros procedentes de la isla Margarita. Estos se enfrentaron a la armada francesa, capitaneada por Diego de Ingenios y formada por una nao, una carabela y un patache. El resultado fue la muerte de numerosos enemigos y la fuga de los navíos corsarios.

Asimismo, fueron muy utilizadas en Cubagua y en la isla Margarita para la pesquería de las perlas pues, según decían los contemporáneos, para ello son mejores que bergantines. Se consideraba un navío muy ligero especialmente apto para aquellos mares, de manera que casi todas las expediciones contaban con alguna canoa o piragua cuyas funciones venían a ser semejantes. De hecho, la conquista de la isla Margarita, se hizo con cinco navíos de remos y una piragua equipadas de indios y ciertos españoles.

Igualmente fueron bien acogidos diversos elementos de la tecnología indígena que aunque era muy rudimentaria se encontraba perfectamente adaptada a las necesidades del medio. En muchas áreas de Hispanoamérica se adoptaron eficientes técnicas de cultivo practicadas tradicionalmente por los indígenas. Así, por ejemplo, en las Antillas se uso durante décadas el cultivo de la yuca en montones tal y como habían hecho milenariamente los taínos. Los indígenas apilaban tierras en montones para luego enterrar en ellos la raíz. Y los hispanos continuaron usando esta técnica que era bastante similar a la que se empleaba en las islas Canarias para el cultivo de la caña de azúcar.

           Asimismo, las típicas hamacas indígenas fueron plenamente asimiladas por los conquistadores prolongándose su uso hasta nuestros días. Además de ser más prácticas para un clima caluroso como era el antillano, su aceptación estuvo directamente influida por el menor costo de las hamacas con respecto a las camas. Y la aceptación fue tal que en la armada de Pedrarias, aprestada en 1513, se embarcaron hamacas fabricadas ya en España.

          Bien aceptado fue también el bohío o casa pajiza indígena pues, como muy bien afirmó Roberto Cassá, el bohío criollo no es otra cosa que una reproducción de la vivienda de los caciques indígenas.

Sin duda el intercambio fue enriquecedor: los europeos recibieron productos como el maíz, la patata, el pimiento, el cacao, el tomate, la judía, la calabaza, etcétera, mientras que los americanos recibieron el trigo, la vid, el plátano, el melón, la naranja, el arroz, la aceituna, etcétera. Además se introdujeron los animales domésticos europeos, tanto ovinos, como bóvidos, caprinos y equinos. Ahora bien, los amerindios pagaron un alto precio por una salvación que ellos no pidieron ni necesitaban. Y ¿qué precio pagaron exactamente?, el más caro, es decir, la desaparición de su mundo.

 

 

PARA SABER MÁS

 

 

HARRIS, Marvin: Bueno para comer, Madrid, Alianza Editorial, 1999.

 

 MIRA CABALLOS, Esteban: “Aculturación a la inversa: la indianización de los conquistadores”, en Hombres de a pie y de a caballo. New York, IDEA, 2013, pp. 97-115.

 

REGUEIRO Y GONZÁLEZ-BARRAS, A. M., "La flora americana en la España del siglo XVI", En América y la España del siglo XVI, T. II, Madrid, C.S.I.C., 1982.

 

ASANZ TAPIA, Ángel: "La aculturación indígena: los primeros españoles indianizados", Actas del Congreso de Historia del Descubrimiento (1492-1556), T II, Madrid, Real Academia de la Historia, 1992.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

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EL PASEO POR ESPAÑA DEL CACIQUE DE LA FLORIDA, LUIS DE VELASCO (1566-1567)

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Las autoridades españolas tuvieron un trato muy diferente y favorable con los indios pertenecientes al grupo caciquil. Se trataba de una postura que tenía rancias raíces históricas en el solar peninsular, pues, en las célebres Partidas del Rey Alfonso X se recomendaba que se prestase especial atención a los hijos de los nobles. Además, había precedentes mucho más cercanos en el tiempo, pues, ya los portugueses, en su proceso de expansión atlántica por el África Negra, habían llevado una política similar de respeto a los privilegios de los reyezuelos locales. Sin embargo, al margen de los precedentes históricos, había una realidad evidente de la que las autoridades españolas no tardaron en percatarse y era la fe ciega que los indios profesaban a sus caciques. Así, pues, la postura oficial de reconocimiento de la nobleza indígena tenía su lógica, mucho más allá de la tradición histórica, pues se tenía claro que, atrayéndose al grupo caciquil, se podría controlar mucho más fácilmente al grueso de los indios. Por ello, una de las principales estrategias utilizadas por las autoridades españolas para hispanizar al indígena fue precisamente, como afirma István Szászdi, la conversión y transformación de los caciques en vasallos ejemplares a los ojos de sus distintas comunidades indígenas.

Desde las primeras décadas del siglo XVI se expidieron una serie de disposiciones tendentes a igualar el estatus de los caciques indios con el de los hidalgos castellanos. De hecho, desde muy pronto se expidieron autorizaciones para que algunos indios de alto rango social utilizasen el título de "don". Concretamente, tal merced fue concedida en la temprana fecha de 1533 a don Enrique, indio alzado en las sierras del Bahoruco en la Española y, con posterioridad, a un sinnúmero de indios. Y hasta tal punto fue cierta la intención de equiparar a estos caciques con la nobleza española que incluso encontramos algún caso, como el del indio Melchor Carlos Inga, descendiente de Hueyna Cápac, a quien en 1606 se autorizó su ingresó como caballero de la Orden de Santiago.

Algunos de estos nobles indígenas decidieron viajar a España, la mayoría para reivindicar ciertos derechos pero otros por simple curiosidad, como un turista del siglo XVI. Especial, aunque no único, es el caso de don Luis de Velasco, cacique de la Florida, y otro amerindio que traía como criado o acompañante, arribó a España en 1566, encontrándose en Madrid en diciembre de ese año. En la capital de España residió hasta el 12 de junio de 1567 en que regresó a Sevilla. No sabemos por qué motivo el trato dispensado a este indio fue muy especial. Además de la pensión de cinco reales diarios, abonados entre primeros de enero de 1567 y el 12 de junio de ese mismo año, a este cacique se le agasajó con todo tipo de lujos que costaron a la Corona varias decenas de miles de maravedís. Se le alojó en una posada de Madrid, cuyo importe se abonaba aparte de su salario a través del beneficiado de la iglesia de Santa Cruz de Madrid, que a la sazón había sido el encargado de buscarle una residencia adecuada en la capital española. Los gastos en vestido y calzado para él y su mozo fueron absolutamente desproporcionados y costeados por la Corona en diversos descargos fechados sucesivamente en diciembre de 1566, y en marzo y abril de 1567. El noble indígena vestía a la usanza castellana, con sombrero, zapatos, capa y espada y, cuando acudía a misa, lo hacía provisto con un rosario que le regalaron. De entre todas los enseres que don Luis de Velasco poseía tan sólo había uno que recordaba su origen americano: tenía un arco y compró en varias ocasiones casquillos para las flechas porque debía tener buena destreza con el arma y, cuando la ocasión lo permitía, deleitaba a los presentes con sus buenas artes.

           También, adoptó las costumbres propias de los castellanos, acudiendo con regularidad a lugares tan cotidianos como la barbería para "quitarse el pelo". Asimismo, iba regularmente a misa, todos los domingos y fiestas de precepto, concretamente al templo de Nuestra Señora de Atocha, entregando en cada ocasión un real de limosna. En algunas ocasiones acudía al mencionado templo a cumplir con el sacramento de la confesión, como se desprende de uno de los descargo de Ochoa de Luyando:

 

           "Víspera de la Trinidad y domingo siguiente le dio trece cuartos que le pidió que dijo se iba a confesar a Nuestra Señora de Atocha (52 maravedís).

 

           E incluso, se permitía acudir a Nuestra Señora de Atocha para encargar una misa propia, como ocurrió el 26 de marzo de 1567 en que le pidió tres reales a Ochoa de Luyando para "hacer decir una misa y pagar un real que dijo que debía y para dar limosna". Pero, es más, se paseaba por las calles de Madrid, a la usanza de los grandes nobles de España, repartiendo limosnas allá por dónde iba. Normalmente lo hacía los domingos donde, además de la cuantía entregada en la colecta, daba otras limosnas suponemos que a los indigentes y pedigüeños que habría a las puertas del templo, gastándose regularmente entre uno y dos reales.

Del resto de sus actividades diarias es muy poca la información que nos ofrece la documentación. Tan solo encontramos en la relación de gastos presentada el 22 de marzo de 1567 un pequeño descargo que decía así: "por ver un retablo que se representaba 16 maravedís". Se trataba de una especie de representación teatral de temática sacra que, habitualmente en esta época, se escenificaba dentro de los templos.

           Finalmente, el 12 de junio de 1567 partió de Madrid con destino a Sevilla. Probablemente, el silencio documental nos evidencia que debió embarcarse sin problemas con destino, primero, a Nueva España, y luego, a su tierra de origen en la Florida.

 

PARA SABER MÁS:

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Indios y mestizos en la España del siglo XVI. Madrid, Iberoamericana, 2000.

 

TALADOIRE, Éric: D’Amérique en Europe. Quand les Indiens découvraient l’Ancien Monde (1493-1892). Paris, CNRS Éditions, 2014.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA DESAPARECIDA CIUDAD DE TENOCHTITLÁN

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La majestuosa ciudad de los lagos, capital de la confederación mexica, se fundó en 1325. Según la mitología mexica, en la elección del sitio medió el dios de la guerra, Huitzilopochtli, quien les indicó que debían hacerlo en el lugar donde encontrasen a un águila sobre un nopal, devorando a una serpiente. El lugar indicado fue una zona lacustre, rodeada de volcanes y con algunos valles fértiles. Es difícil imaginar en la actualidad lo que debió ser el entorno de la capital, en medio de más de 2.000 Km2 de lagos, incluyendo el central, que era el Tezcoco, y los menores, Zumpango, Xaltocan, Xochimilco y Chalco (Escalante Gonzalbo, 2015: 49)

Había muchos peces, mientras que en las tierras de aluvión circundantes se practicaba una agricultura irrigada muy productiva que permitía los altos índices de población de la zona. Tenochtitlán llegó a tener en su período más álgido una población que debía rondar los 200.000 habitantes, siendo una de las ciudades más pobladas del planeta, comparable con Constantinopla o Nápoles. Es más, para alimentar a una población como esa se requerían al menos 4.000 cargadores diarios que la abasteciesen, lo que implicaba un trasiego constante de personas y amplísimo mercado (Rojas, 2015: 63).

El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo la describió como una ciudad palaciega, edificada en medio del lago, con casas principales, porque todos los vasallos de Moctezuma solían tener residencia en la capital, donde residían una parte del año. Se dice que no ocupaba una isla sino varias, por lo que a unas zonas se podía llegar a pie y a otras mediante canoas, ya que sus calles estaban inundadas de agua. Sin duda soporta muy dignamente el ser la Venecia americana. Una urbe refinada, con baños públicos –llamados Temazcalli-, con una treintena de palacios que albergaban finas cerámicas y elegantes enseres textiles. El palacio de Moctezuma, incluyendo sus jardines, ocupaba dos hectáreas y media, es decir, era más extenso que el alcázar de Sevilla. No solo era residencia del tlatoani sino sede central del gobierno de la confederación. Los propios mexicas se sentían orgullosos de su capital así como de los grandes logros que habían conseguido, especialmente en las décadas inmediatamente anteriores de la llegada de los hispanos.

Los restos de Tenochtitlán se encuentran hoy bajo la actual ciudad de México D. F., la ciudad conquistada por Hernán Cortés, el martes 13 de agosto de 1521, festividad de San Hipólito.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

ESCALANTE GONZALBO, Pablo: “Los mexicas en vísperas de la conquista española”, Itinerario de Hernán Cortés, Catálogo de la exposición. Madrid, Canal Isabel II, 2015, pp. 49-55.

 

MATOS MOCTEZUMA, Eduardo: “Tenochtitlan”. México, Fondo de Cultura Económica, 2006.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Hernán Cortés: el fin de una Leyenda”. Badajoz, Palacio Barrantes cervantes, 2010.

 

ROJAS, José Luis de: “Tenochtitlan: capital of the Aztec Empire”. Gainesville, University Press of Florida, 2012.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA LLEGADA DE INDIOS ESCLAVOS A SEVILLA, DESPUÉS DE LAS LEYES NUEVAS DE 1542

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Después de las leyes Nuevas de 1542 en que se prohibió, al menos en teoría, la esclavitud de los indios, se siguieron vendiendo indios esclavos. En una carta del licenciado Cerrato, de la audiencia de Santo Domingo a Su Majestad, fechada el 18 de diciembre de 1547, se decía muy claramente:

 

        “Vuestra majestad tiene mandado que no se saquen de aquí indios ni indias para Castilla ni para otras partes, y puesto que aquí se pone sobre ello toda la diligencia que se puede, no basta para que no lleven hurtadas a lo menos las mujeres porque en Tierra Firme las venden públicamente en almoneda, y en Sevilla dicen que lo mismo. Y en esto los oficiales de Sevilla tienen mucho descuido porque a los que de aquí llevan indias hurtadas no solamente no se las hacen volver pero se las dan (Folio 3r.) a ellos mismos para que las tenga, de donde ha procedido mucho atrevimiento para llevarlas hurtadas. Según la prisa les dan, yo creo que muy presto no habrá indio ni india en esta isla y aún en hartas partes de las Indias”. (Margen izquierdo: a los oficiales de Sevilla que tengan especial cuidado que no se vendan estas indias). (AGI, Santo Domingo 49, R. 17. M. 108. Reproducido por RODRÍGUEZ MOREL, Genaro: Cartas de la audiencia de Santo Domingo, T. II, Santo Domingo)

 

        El Consejo de Indias acordó que se notificase a los oficiales de la Casa de la Contratación que no permitiesen la venta de indias en Sevilla. Pero queda claro que estos funcionarios hacían la vista gorda, igual que algunas autoridades de la isla, pues permitían que se sacaran naturales con destino a los mercados esclavistas de Tierra Firme y de España. Y el licenciado Cerrato decía más, si no se erradica esta práctica en pocos años no quedará en la isla ni un solo nativo, lo que desgraciadamente terminó ocurriendo.

 

 

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LA NACIÓN AMERINDIA EN LA ADORACIÓN DE LOS REYES MAGOS

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        En un rincón del claustro de la Catedral de Badajoz se encuentra este lienzo anónimo de la Adoración de los Reyes Magos, obra manierista probablemente del primer tercio del siglo XVII. Su calidad es modesta, al menos en comparación con otras composiciones de la misma temática, como la que el badajocense Luis de Morales hizo un siglo antes para la misma Catedral, conservada actualmente en su museo, o la que el gran Diego Velázquez compuso y que se conserva en el madrileño Museo del Prado. Puede que la Adoración de Morales tenga más valor pero ésta que ahora comentamos posee una novedad digna de ser reseñada.

Obviamente aparece la clásica iconografía de los Tres Reyes Magos, el primero arrodillado y con la corona en el suelo en señal de respeto y sumisión al Niño Jesús, el verdadero Rey Supremo. En los evangelios solo Mateo (II, 1-12) se refirió a ello, sin concretar demasiado: habiendo nacido Jesús en Belén, durante el reinado de Herodes, vinieron unos magos de Oriente a Jerusalén, preguntando: ¿dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarlo...

        Los nombres de los tres Magos aparecen por primera vez en un mosaico de San Apolinar Nuevo en Rávena, datado en el siglo VI d. C. Al parecer, provenían de Oriente y representaban a las tres partes del mundo y las tres razas conocidas en la antigüedad: Europa, Asia y Africa. Curiosamente en este lienzo aparece un pequeño perro en un primer plano, muy a la usanza manierista, emulando lo que Tintoretto había hecho en su famoso cuadro de El Lavatorio (Museo del Prado).

        Pero la verdadera particularidad de esta obra es el hecho de que en la parte baja del cuadro, junto al primer Rey Mago, aparezca ¡un indígena americano!, representado semidesnudo y con una aljaba con flechas colgada a la espalda. El nativo se representa de forma estereotipada, como se veía en Europa al buen salvaje.

El autor quiso incorporar a la cuarta raza del mundo conocida en el siglo XVII, aunque no quiso otorgarle el rango de Rey Mago, evitando un posible conflicto con la tradición iconográfica y con el dogma. Los amerindios eran vasallos de la Corona de Castilla, como los declaró Isabel la Católica, y eran personas racionales, dotadas de alma, como los declaró varias décadas después el Papa Paulo III. Pero en realidad nunca dejaron de ser vasallos rústicos y cristianos de segunda, subyaciendo la vieja idea planteada en antiguos concilios eclesiásticos, de que un mal cristiano valía siempre más que un buen pagano. La raza amerindia aparece, pero en un nivel inferior a las otras tres razas del mundo, representadas cada una de ellas por un Rey Mago. No obstante, era un tímido paso en el reconocimiento de la nación amerindia.

 

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DESCENDIENTES DE LA REALEZA MEXICA E INCA EN ESPAÑA

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A Castilla no sólo arribaron indios esclavos sino también un importante contingente de aborígenes libres y de mestizos. Los motivos por los que llegaron a España fueron sin duda muy diversos. Unos venían simplemente a conocer estos reinos, como si de un turista del siglo XXI se tratase. Ese fue el caso de don Gabriel y don Pedro, este último hijo del Rey del Imperio Azteca, Moctezuma, que llegaron acompañados por dos indios de servicio y tutelados por Francisco de Santillana a ver las cosas de España. Ya el 24 de julio de 1533 se le concedió al hijo de Moctezuma el cargo de Contino de la Casa Real para que de esta forma se pudiese mantener. El 22 de noviembre de 1540 solicitaron pasaje para volverse a Nueva España, pero dos años después, al menos don Pedro, continuaba reclamando permiso para retornar a México. Lástima que estos indios no dejasen ningún testimonio escrito de su viaje por tierras castellanas que hubiese sido tremendamente revelador para los historiadores y seguro que también fuente de inspiración de literatos. En cualquier caso queremos insistir en el buen recibimiento que las autoridades españolas proporcionaron siempre a los indios nobles en contraposición al desprecio que sentían por el resto de los miembros de la etnia. Incluso, sabemos que Juan de Moctezuma llegó a poseer por disposición Real una renta de 2.000 pesos de oro, situada nada menos que en los "indios vacos de México". Está claro el trato preferente dispensado por las autoridades españolas a los indios nobles, conscientes de que la mejor garantía de la sumisión de los indios estaba en el control de sus caciques.

Los descendientes del tlatoani mexica que viajaron a España fueron muy numerosos, algunos de los cuales fijaron aquí su residencia. El primero en hacerlo fue un hijo de Moctezuma II, Martín Neçahualteculchi, que estuvo en España en dos ocasiones y que al parecer lo hizo para besar las manos del emperador. Es posible que se tratase de una forma de pleitesía de la antigua nobleza azteca al nuevo tlatoani de México, es decir, al emperador Carlos V. Al parecer, se desposó con una española y de vuelta en México, murió envenenado por sus propios congéneres.

Poco después, a finales de la década de los veinte, don Pedro Moctezuma, en aquel momento único descendiente varón del tlatoani, llegó a España acompañado de un séquito de indios, entre ellos don Francisco de Alvarado Matlaccohuatzin. Regresó en 1530 en el mismo navío que Hernán Cortés. Pero este descendiente directo de Moctezuma retornó a la Península tres años después, pues sabemos que en 1533 estaba de nuevo en tierras españolas, en esta ocasión junto al indio don Gabriel, acompañados por dos indios de servicio y tutelados por Francisco de Santillana. Ambos caciques permanecieron en España varios años, donde recibieron honores y privilegios propios de la alta nobleza española. Incluso el Rey tuvo a bien darle una importante merced, de esas que hasta ese momento estaban reservadas para los conquistadores españoles. Concretamente le concedió 2.000 pesos de oro a perpetuidad sobre "los indios vacos de México". El 22 de noviembre de 1540 solicitaron pasaje para volverse a Nueva España, retornando a su tierra en 1541.

         Un hijo de don Pedro Moctezuma, Pedro Luis fue obligado a emigrar a España en 1567. Heredó el mayorazgo de su padre por fallecimiento de su hermano mayor y se desposó con una noble de la casa del duque de Alburquerque. Fijó su residencia en Guadix, aunque le sorprendió la muerte en Valladolid el 31 de mayo de 1606. Su hijo primogénito, Pedro Tesifón Moctezuma de la Cueva, nacido en 1581, ostentó un hábito de Santiago y en 1627 recibió dos títulos nobiliarios, el de vizconde de Ilucán, primero, y después el de conde de Moctezuma de Tultengo. Una nieta de éste fue la esposa del virrey de Nueva España, José Sarmiento de Valladares, siendo elevado el título, en el siglo XIX a la categoría de ducado.

         También los naturales de los Andes acudieron a España. Entre ellos nos consta la estancia de Felipe Guacra Paúcar del que no tenemos mucha información. Un siglo después eran los curacas Lurin Guanca y Jerónimo Lorenzo Limaylla quienes estuvieron en la Península Ibérica, presentando algunos memoriales en seguimiento de un pleito sobre el curacazgo del primero. Al parecer, el segundo tenía poder del primero y permaneció varios años en España, e hizo el trayecto de ida y vuelta en varias ocasiones con el objetivo de seguir el proceso. Otros curacas andinos estuvieron en España, como don Carlos Chimo, cacique de Lambayeque, en 1646, y Antonio Collatopa, curaca de Cajamarca.

           Los descendientes de la familia real incaica también protagonizaron numerosos viajes a Europa. Tenemos noticias de don Francisco Inga Atabalipa quién acudió a la Corte Real a hablar de ciertos asuntos con los miembros del Consejo de Indias. El veintitrés de agosto de 1563 se expidió una Real Cédula para que se le pagasen al citado cacique los maravedís que fueran necesarios para su mantenimiento. El dos de septiembre de ese mismo año Ochoa de Luyando descargaba al propio don Francisco Inga cincuenta ducados -unos 18.750 maravedís- para ayuda a su sustentación.

En 1603, se embarcó para España la huérfana Ana María Coya de Loyola, una india noble que el rey puso al cuidado de un tutor, don Juan de Borja y Castro, hijo del santo jesuita San Francisco de Borja. En octubre de 1619 había una novicia en el convento de las Bernardas de Vallecas, llamada María Colla que debe ser esa misma huérfana incaica. Sin embargo, poco después cuando cumplió los 18 años, la sacaron del cenobio y la desposaron con un caballero viudo llamado Juan Enríquez de Borja y Almazán, sobrino de su tutor. El matrimonio vivió suntuosamente en Madrid.

Además de estos miembros de la realeza mexica e incaica, encontramos un sinfín de caciques, curacas y descendientes de dignatarios prehispánicos que también se atrevieron a cruzar el charco. Famosos fueron los tlaxcaltecas, aquellos aliados de Hernán Cortés que tanto facilitaron la conquista. Los tlaxcaltecas eran un pueblo guerrero que tenía una larga historia de resistencia frente a la opresión de los mexicas. Durante años se alimentó el mito de su ferocidad, al resistir bizarramente el empuje de la confederación mexica. Algunos cronistas refirieron que eran tan buenos guerreros que Moctezuma con todo su gran poder no fue capaz de someterlos. Sin embargo, más bien parece que los confederados evitaron deliberadamente su conquista. Preferían tenerlos como enemigos permanentes para así, en las guerras floridas, obtener suficientes cautivos para sus sacrificios. Así se lo contó en una ocasión Moctezuma a Andrés de Tapia. El primer contingente de tlaxcaltecas que viajo a España lo hizo en 1528, en el cortejo de nativos que llevó consigo el metellinense Hernán Cortés. Se trataba de don Lorenzo Maxiscatzin, acompañado de Valeriano de Castañeda, Julián Quauhpitzintli, Juan Citalihuitzin y Antonio Huatlatotzin, todos ellos tlaxcaltecas. Arribaron al puerto de Palos el 27 de mayo de 1528 y regresaron a México en 1530. Cuatro años después, se personaron en la Corte los tlaxcaltecas don Diego, don Martín y don Sebastián, simplemente a ver y conocer a Su Majestad, regresando en 1535 con el virrey Antonio de Mendoza. No deja de ser interesante el motivo de la visita, que parece fruto de una curiosidad, aunque es posible que se trate también de algún tipo de pleitesía al soberano. Tan sólo cinco años después, en 1540 se produjo el cuarto viaje de tlaxcaltecas, protagonizado en esta ocasión por Leonardo Cortés y Felipe Ortiz, de los que no tenemos referencias sobre sus andanzas en la Península. Más información disponemos de los siguientes expedicionarios: Lucas García, Alonso Gómez, Antonio del Pedroso y Pablo de Galicia que, aunque no lo parezcan por sus nombres, eran caciques tlaxcaltecas. Estos obtuvieron varias mercedes, entre otras una fechada el 25 de abril de 1563 por la que se le concedía a la ciudad de Tlaxcala los títulos de muy noble y muy leal. En 1569 estaban de regreso en Nueva España. Y finalmente, en 1584 se produjo el quinto viaje de tlaxcaltecas a España de los que tenemos noticias. Don Antonio de Guevara, don Pedro de Torres, don Diego Telles y don Zacarias, acudieron a la corte, obteniendo al año siguiente el título de Muy Insigne para su querida ciudad de Tlaxcala. Entre 1589 y 1590 estaban todos ellos de regreso en su ciudad natal, con las mercedes conseguidas.

Unos años después encontramos a otro cacique que acudió en compañía de su mujer e hijos a la Corte de Carlos V. Se trataba del cacique Juan Garçés, que trabajaba en una hacienda de la Rivera de Toa, en Puerto Rico, y que arribó a España a nos informar de algunas cosas. En España debió ser recibido con los privilegios y con el trato preferencial que se les brindaba a todos los indios nobles. Por desgracia, no sabemos casi nada de su estancia en la Península, más que la petición formulada en febrero de 1528 para que le diesen pasaje para volverse a la isla de San Juan. El Emperador, como era de esperar dispuso que fuese encomendado a alguien "que lo trate bien y le de comer a quien sirva para que lo pase allá"

A finales de los años treinta, llegó a Sevilla el indio Felipillo de Poechos. Como es bien sabido fue entregado a Francisco Pizarro en el segundo viaje al Perú, en 1528. Aprendió con mucha facilidad la lengua castellana, siendo de mucha utilidad como intérprete. Pero por su fidelidad a Gonzalo Pizarro, en las guerras civiles, fue deportado a Panamá y despojado de sus privilegios. Junto a su esposa, Luisa de Medina, regresó a España para reclamar sus derechos, pero murió en Sevilla poco después del arribo.

Por su parte don Hernando Pimentel, señor de Texcoco, pidió permiso al Emperador, en 1554, para acudir a visitarlo. No sabemos mucho más de esta visita. Una década después, eran dos caciques de la ciudad de México, Lorenzo de Alameda y Martín de Aguilar, quienes llegaban a las costas hispanas a despachar algunos negocios. Pese a su aparentemente buena situación económica, en 1568 estaban pidiendo licencia de embarque y pasaje ya que decían manifestaban encontrarse en dificultades sin que nadie los ayudase.

           Muchos más datos tenemos de don Pedro de Henao, que acudió a la Corte en torno al año de 1584. Don Pedro era el cacique de los pueblos de Ipiales -donde él residía- y Potosti, ambos ubicados en el actual República de Ecuador. No sabemos, la fecha exacta de su primera arribada a la Península y a la Corte, aunque sí la segunda, ocurrida en 1584. Nuevamente, en esta ocasión el trato que recibió de la Corona fue exquisito, no escatimándose gastos para que el cacique se encontrase en la Península lo mejor posible. Para su estancia en Madrid, en una posada, manutención, vestido y calzado, así como por los gastos derivados de una enfermedad que padeció en la capital se desembolsaron nada menos que 1.279 reales, es decir, poco más de 116 ducados. Asimismo, se destinaron 243 reales para pagar los gastos del viaje de regreso de Madrid a Sevilla. No se abonó el pasaje porque llevaba un salvoconducto para que el general de la flota le diese, en la capitana o en la almiranta, pasaje gratuito a él y su criado, así como las raciones de comida que les correspondiesen. Y no fueron éstas las únicas mercedes reales que obtuvo, pues, la Corona decidió darle 500 ducados de los bienes de difuntos sin herederos para comprar ornamentos y cálices para la iglesia del pueblo de Ypiales. Igualmente, llevaba diversas cédulas: una de recomendación ante los oidores de la Audiencia de Quito, otra disponiendo que no hubiese servicios personales entre los indios y, finalmente, otra permitiéndole llevar un maestro de hacer azulejos y un organista, casados, con sus mujeres e hijos.

           Sin embargo, en el trayecto hasta Sevilla Henao debió sufrir un percance no bien aclarado en el que fue robado y despojado de lo que llevaba. Por ello, retornó de nuevo a la Corte donde no sólo consiguió duplicados de las cédulas otorgadas sino incluso otras mercedes firmadas por Felipe II. Y nuevamente se destinó una partida, esta vez de 100 ducados, para pagar los gastos del viaje de vuelta, incluyéndose una precavida observación, es decir, que la entrega del dinero se hiciese de la siguiente forma: los diez aquí, para con que se vaya a Sevilla, y los noventa en Tierra Firme, para con que se pueda ir desde allí a su tierra porque si acá se le dan lo gastará y no tendrá con qué poder hacer su viaje.

           Como ya hemos dicho, Henao se fue con todos sus objetivos cumplidos, llevándose bajo el brazo un buen número de concesiones y mercedes destinadas a mejorar tanto su propio estatu social como la vida diaria de los indios de su cacicazgo.

           Pero da la impresión que llegaron solo en el siglo XVI y primeros del XVII, sin embargo, tenemos referencias a algunos llegados en el XVIII. Fue el caso de Juan de San Pedro Andrade y Bejarano, cacique de San Juan Tecomatán, en el estado mexicano de Sonora, quien se presentó ante el Consejo de Indias en 1799 para reclamar una escuela pública de enseñanza religiosa y civil para su cacicazgo. Tras permanecer casi dos años en Sevilla, consiguió que se estimase su solicitud, aportando el consejo una pequeña cantidad y una orden aconsejando su erección.

 

PARA SABER MÁS:

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Indios y mestizos en la España del siglo XVI. Madrid, Iberoamericana, 2000.

 

------ “Indios nobles y caciques en la corte real española”, Temas Americanistas Nº 16. Sevilla, 2003.

 

ROJAS, José Luis de: “De México a Granada: descendientes de Moctezuma en España” en El Reino de Granada y el Nuevo Mundo, T. II. Granada, 1994.

 

TADALOIRE, Éric: D`Amérique en Europe. Quand les Indiens découvraient l`Ancien Monde (1493-1892). Paris, CNRS Ëditions, 2014.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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SOBRE EL REGICIDIO EN 1503 DE LA BELLA CACICA ANACAONA

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Nacida en la Española, era hermana del cacique de Xaragua, Beecchio, y esposa del cacique de La Maguana, Caonabo. Su nombre significaba en lengua taína “flor de oro” y, al parecer, era una mujer muy bella y de un gran talento. El padre Las Casas la definió como una “mujer de gran prudencia y autoridad, muy palanciana (sic) y graciosa en el hablar, y en sus meneos…”. Bartolomé Colón quedó prendado de su hermosura y, al parecer, mantuvo relaciones íntimas con ella durante varios años. A la muerte de su hermano, ahogado en 1496 en el navío que lo transportaba a Castilla, heredó el cacicazgo de Xaragua al que, más tarde, muerto Caonabo, uniría el de la extensa región de Maguana.

Los españoles habían estado comerciando con la región de Xaragua desde finales del siglo XV. Cuando el nuevo gobernador, Nicolás de Ovando, llegó a la Española, en abril de 1502, se encontró que aún quedaban dos cacicazgos por someter: Xaragua, situado en el extremo suroeste de la isla, e Higüey, en su parte más oriental. Por ello, se propuso como primer gran objetivo el sometimiento de esas dos regiones. La insurrección de Xaragua no podía ser consentida por las autoridades españolas porque podía servir de ejemplo a los demás indios de la isla y se podía generalizar la sedición. Por ello, acudió el propio gobernador en persona, acompañado de casi todos los recursos ofensivos de que disponía en ese momento, es decir, sesenta jinetes y trescientos soldados de a pie.

En principio, pretendió alcanzar un acuerdo dialogado, pero, cuando supo que había muchos caciques "confederados" que pretendían conspirar contra él, se adelantó a las circunstancias y decidió atacar. Para ello, acordó con sus hombres que cuando se tocará una cruz que tenía en el pecho estos abandonarían el bohío donde se encontraban los indígenas para seguidamente incendiarlo. El panorama debió ser dantesco, como lo describió el padre Las Casas. Cuando los indios se dieron cuenta de lo que pretendían hacer los españoles les “temblaron las carnes” y empezaron a “dar gritos y a llorar”. Los que conseguían escapar de las llamas eran atravesados por los españoles con sus lanzas y sus espadas. No hay acuerdo sobre el número de nativos que perecieron en la despiadada quema, pues, mientras Fernández de Oviedo afirma que fueron cuarenta, el padre Las Casas insiste en que fueron por lo menos el doble. No obstante es probable que la cifra más aproximada fuese en esta ocasión la del dominico, pues, Diego Méndez, uno de los históricos pobladores de la isla, declaró en su testamento que estuvo presente en la matanza de Xaragua donde fueron quemados ochenta y dos caciques.

Dado su rango social, Nicolás de Ovando decidió salvar del fuego a la bella Anacaona, para que tuviese una muerte más “digna” y acorde con su alto rango. Pero de dignidad nada de nada, tras un veloz juicio, fue ahorcada, acusada de “conspiración”. Al parecer, la horca se consideraba una muerte más “digna” u “honrada” que el fuego.

Los regicidios de Anacaona, Moctezuma o Atahualpa no son más que la punta del iceberg de una eliminación premeditada de reyes, caciques y curacas a lo largo y ancho de toda la geografía americana. Cinco siglos después, todavía conmueve la lectura de estos actos de barbarie cometidos en el proceso de expansión europea.

 

FUENTES

 

-U. LAMB, Frey Nicolás de Ovando, gobernador de las Indias, Santo Domingo, Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1977

 

-E. TEJERA, Palabras indígenas de la isla de Santo Domingo, Ciudad Trujillo, Editora del Caribe, 1951.

 

-E. MIRA CABALLOS, Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

-E. MIRA CABALLOS, Nicolás de Ovando y los orígenes del sistema colonial español, Santo Domingo, Patronato de la Ciudad Colonial, 2000.

 

-B. DE LAS CASAS, Historia de las Indias, México, Fondo de Cultura Económica, 1951.

 

-G. FERNÁNDEZ DE OVIEDO, Historia general y natural de las Indias, Madrid, Atlas, 1992.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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