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La vida y la muerte son omnipresentes en el universo, lo mismo que el principio y el fin. Sin embargo, las especies animales minimizan las lesiones y las muertes entre miembros de su propia especie por dos motivos: primero, por una cuestión de mera supervivencia. Y segundo, porque la agresividad entre dos individuos tienen grandes probabilidades de salir lesionados por lo que ambos tienen interés en eludir el combate, aceptando el mando de uno sobre los demás. Parece obvio que a los animales les sobran las razones evolutivas para minimizar los episodios agresivos entre miembros de su misma especie. No ocurre así con el ser humano que ha protagonizado a lo largo de la Historia un sinnúmero de genocidios en los que han perdido la vida cientos de millones de congéneres. De uno de esos genocidios, el de los indios americanos nos ocuparemos en estas breves líneas.

Nadie duda ya que los grandes mártires de todo el proceso de expansión de la civilización occidental en América fueron los amerindios. El objetivo inicial no era su exterminio, pues se pretendía incorporar a aquellos indios útiles al trabajo productivo. Pero, la inadaptación al trabajo sistemático de una parte de estos grupos, las epidemias y el desprecio con el que fueron tratados por el hombre blanco, provocaron la desaparición de su mundo en pocas décadas. A mediados del siglo XVI, poco más de 50 años de la primera arribada, su mundo había quedado traumatizado para siempre.

En toda expansión imperial hay un componente racista que se hizo más patente a partir del siglo XV cuando comenzó a sistematizarse la trata de africanos con destino a los mercados esclavistas europeos y poco después americanos. Defiende Catherine Coquery, que el racismo de los blancos con respecto a otras razas, especialmente la negra, no existía en el mundo antiguo y que se desarrolló desde finales de la Edad Media y duró hasta la Contemporánea. Incluso, el concepto de raza no apareció hasta finales del siglo XV. Sin embargo, de una forma u otra, toda expansión imperialista conlleva un cierto grado de racismo, aunque no tenga que ser necesariamente la oposición blanco-negro. En América Latina, los colonizadores europeos implantaron una sociedad basada en el racismo. Los documentos no pueden ser más claros cuando decían: en una sociedad dominada por los blancos tienen más privilegios quienes tienen menos porción de sangre negra o india. Siglos después, el alemán Alexander von Humboldt, que recorrió América del Sur, escribió en este sentido lo siguiente:

En España, por decirlo así, es un título de nobleza no descender de judíos ni de moros. En América, la piel más o menos blanca decide la posición que ocupa el hombre en la sociedad.

 

Los testimonios, pues, muestran a una sociedad en la que existía una intolerancia casticista pero también un componente racista, donde el fenotipo determinaba la ubicación de cada grupo dentro de la sociedad. Durante siglos el indígena sufrió los atropellos de la conquista y la colonización, justificadas en pos de la expansión de la civilización. Y tras la Independencia, padeció los mismos crímenes a manos de los criollos, esta vez justificando sus acciones en aras de la modernidad y de la reforma liberal. Regímenes liderados por criollos e, incluso, por mestizos, como el de Justo Rufino Barrios en Guatemala, quien expandió la plantación de café expropiando no solo a la Iglesia sino también a las comunidades indígenas. Una ideología del orden y el progreso que encontraron su plasmación práctica en los regímenes populistas y autoritarios del siglo XX que tampoco cambiaron esencialmente el sino de la nación india. Ejemplos de esos regímenes fueron los Porfirio Díaz en México, Rabel Reyes en Colombia, Antonio Guzmán Blanco en Venezuela o Juan Domingo Perón en Argentina. En el siglo XX la principal preocupación de los gobiernos fue mantener el orden interno, frenar la deuda externa e intentar industrializar sus respectivos países. En la praxis ni modernizaron el país, ni frenaron la deuda, ni mitigaron los grandes contrastes sociales, ni muchísimo menos solucionaron el contencioso indígena. La mayor parte de los países se especializó en la exportación de minerales y fuentes de energía del subsuelo o de productos agrarios. Una especialización excesiva que ha creado una fuerte dependencia del exterior que les ha pasado y sigue pasando factura. Por tanto, una política desastrosa desde el punto de vista social y económico.

Pero lo más grave es que todavía en el siglo XXI siguen padeciendo vejaciones, menosprecio, usurpación de tierras y asesinatos. Por tanto el problema de la América indígena se inició en 1492 y ha continuado hasta nuestros días. ¿Llegará algún día su redención? A juzgar por el pasado y por el presente no parece que vaya a ocurrir. Pero no por ello, podemos dejar de reivindicar que se reconozca de una vez por todas el respeto por las comunidades indígenas, por su diversidad cultural y por su derecho a su propia existencia.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS