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A Castilla no sólo arribaron indios esclavos sino también un importante contingente de aborígenes libres y de mestizos. Los motivos por los que llegaron a España fueron sin duda muy diversos. Unos venían simplemente a conocer estos reinos, como si de un turista del siglo XXI se tratase. Ese fue el caso de don Gabriel y don Pedro, este último hijo del Rey del Imperio Azteca, Moctezuma, que llegaron acompañados por dos indios de servicio y tutelados por Francisco de Santillana a ver las cosas de España. Ya el 24 de julio de 1533 se le concedió al hijo de Moctezuma el cargo de Contino de la Casa Real para que de esta forma se pudiese mantener. El 22 de noviembre de 1540 solicitaron pasaje para volverse a Nueva España, pero dos años después, al menos don Pedro, continuaba reclamando permiso para retornar a México. Lástima que estos indios no dejasen ningún testimonio escrito de su viaje por tierras castellanas que hubiese sido tremendamente revelador para los historiadores y seguro que también fuente de inspiración de literatos. En cualquier caso queremos insistir en el buen recibimiento que las autoridades españolas proporcionaron siempre a los indios nobles en contraposición al desprecio que sentían por el resto de los miembros de la etnia. Incluso, sabemos que Juan de Moctezuma llegó a poseer por disposición Real una renta de 2.000 pesos de oro, situada nada menos que en los "indios vacos de México". Está claro el trato preferente dispensado por las autoridades españolas a los indios nobles, conscientes de que la mejor garantía de la sumisión de los indios estaba en el control de sus caciques.

Los descendientes del tlatoani mexica que viajaron a España fueron muy numerosos, algunos de los cuales fijaron aquí su residencia. El primero en hacerlo fue un hijo de Moctezuma II, Martín Neçahualteculchi, que estuvo en España en dos ocasiones y que al parecer lo hizo para besar las manos del emperador. Es posible que se tratase de una forma de pleitesía de la antigua nobleza azteca al nuevo tlatoani de México, es decir, al emperador Carlos V. Al parecer, se desposó con una española y de vuelta en México, murió envenenado por sus propios congéneres.

Poco después, a finales de la década de los veinte, don Pedro Moctezuma, en aquel momento único descendiente varón del tlatoani, llegó a España acompañado de un séquito de indios, entre ellos don Francisco de Alvarado Matlaccohuatzin. Regresó en 1530 en el mismo navío que Hernán Cortés. Pero este descendiente directo de Moctezuma retornó a la Península tres años después, pues sabemos que en 1533 estaba de nuevo en tierras españolas, en esta ocasión junto al indio don Gabriel, acompañados por dos indios de servicio y tutelados por Francisco de Santillana. Ambos caciques permanecieron en España varios años, donde recibieron honores y privilegios propios de la alta nobleza española. Incluso el Rey tuvo a bien darle una importante merced, de esas que hasta ese momento estaban reservadas para los conquistadores españoles. Concretamente le concedió 2.000 pesos de oro a perpetuidad sobre "los indios vacos de México". El 22 de noviembre de 1540 solicitaron pasaje para volverse a Nueva España, retornando a su tierra en 1541.

         Un hijo de don Pedro Moctezuma, Pedro Luis fue obligado a emigrar a España en 1567. Heredó el mayorazgo de su padre por fallecimiento de su hermano mayor y se desposó con una noble de la casa del duque de Alburquerque. Fijó su residencia en Guadix, aunque le sorprendió la muerte en Valladolid el 31 de mayo de 1606. Su hijo primogénito, Pedro Tesifón Moctezuma de la Cueva, nacido en 1581, ostentó un hábito de Santiago y en 1627 recibió dos títulos nobiliarios, el de vizconde de Ilucán, primero, y después el de conde de Moctezuma de Tultengo. Una nieta de éste fue la esposa del virrey de Nueva España, José Sarmiento de Valladares, siendo elevado el título, en el siglo XIX a la categoría de ducado.

         También los naturales de los Andes acudieron a España. Entre ellos nos consta la estancia de Felipe Guacra Paúcar del que no tenemos mucha información. Un siglo después eran los curacas Lurin Guanca y Jerónimo Lorenzo Limaylla quienes estuvieron en la Península Ibérica, presentando algunos memoriales en seguimiento de un pleito sobre el curacazgo del primero. Al parecer, el segundo tenía poder del primero y permaneció varios años en España, e hizo el trayecto de ida y vuelta en varias ocasiones con el objetivo de seguir el proceso. Otros curacas andinos estuvieron en España, como don Carlos Chimo, cacique de Lambayeque, en 1646, y Antonio Collatopa, curaca de Cajamarca.

           Los descendientes de la familia real incaica también protagonizaron numerosos viajes a Europa. Tenemos noticias de don Francisco Inga Atabalipa quién acudió a la Corte Real a hablar de ciertos asuntos con los miembros del Consejo de Indias. El veintitrés de agosto de 1563 se expidió una Real Cédula para que se le pagasen al citado cacique los maravedís que fueran necesarios para su mantenimiento. El dos de septiembre de ese mismo año Ochoa de Luyando descargaba al propio don Francisco Inga cincuenta ducados -unos 18.750 maravedís- para ayuda a su sustentación.

En 1603, se embarcó para España la huérfana Ana María Coya de Loyola, una india noble que el rey puso al cuidado de un tutor, don Juan de Borja y Castro, hijo del santo jesuita San Francisco de Borja. En octubre de 1619 había una novicia en el convento de las Bernardas de Vallecas, llamada María Colla que debe ser esa misma huérfana incaica. Sin embargo, poco después cuando cumplió los 18 años, la sacaron del cenobio y la desposaron con un caballero viudo llamado Juan Enríquez de Borja y Almazán, sobrino de su tutor. El matrimonio vivió suntuosamente en Madrid.

Además de estos miembros de la realeza mexica e incaica, encontramos un sinfín de caciques, curacas y descendientes de dignatarios prehispánicos que también se atrevieron a cruzar el charco. Famosos fueron los tlaxcaltecas, aquellos aliados de Hernán Cortés que tanto facilitaron la conquista. Los tlaxcaltecas eran un pueblo guerrero que tenía una larga historia de resistencia frente a la opresión de los mexicas. Durante años se alimentó el mito de su ferocidad, al resistir bizarramente el empuje de la confederación mexica. Algunos cronistas refirieron que eran tan buenos guerreros que Moctezuma con todo su gran poder no fue capaz de someterlos. Sin embargo, más bien parece que los confederados evitaron deliberadamente su conquista. Preferían tenerlos como enemigos permanentes para así, en las guerras floridas, obtener suficientes cautivos para sus sacrificios. Así se lo contó en una ocasión Moctezuma a Andrés de Tapia. El primer contingente de tlaxcaltecas que viajo a España lo hizo en 1528, en el cortejo de nativos que llevó consigo el metellinense Hernán Cortés. Se trataba de don Lorenzo Maxiscatzin, acompañado de Valeriano de Castañeda, Julián Quauhpitzintli, Juan Citalihuitzin y Antonio Huatlatotzin, todos ellos tlaxcaltecas. Arribaron al puerto de Palos el 27 de mayo de 1528 y regresaron a México en 1530. Cuatro años después, se personaron en la Corte los tlaxcaltecas don Diego, don Martín y don Sebastián, simplemente a ver y conocer a Su Majestad, regresando en 1535 con el virrey Antonio de Mendoza. No deja de ser interesante el motivo de la visita, que parece fruto de una curiosidad, aunque es posible que se trate también de algún tipo de pleitesía al soberano. Tan sólo cinco años después, en 1540 se produjo el cuarto viaje de tlaxcaltecas, protagonizado en esta ocasión por Leonardo Cortés y Felipe Ortiz, de los que no tenemos referencias sobre sus andanzas en la Península. Más información disponemos de los siguientes expedicionarios: Lucas García, Alonso Gómez, Antonio del Pedroso y Pablo de Galicia que, aunque no lo parezcan por sus nombres, eran caciques tlaxcaltecas. Estos obtuvieron varias mercedes, entre otras una fechada el 25 de abril de 1563 por la que se le concedía a la ciudad de Tlaxcala los títulos de muy noble y muy leal. En 1569 estaban de regreso en Nueva España. Y finalmente, en 1584 se produjo el quinto viaje de tlaxcaltecas a España de los que tenemos noticias. Don Antonio de Guevara, don Pedro de Torres, don Diego Telles y don Zacarias, acudieron a la corte, obteniendo al año siguiente el título de Muy Insigne para su querida ciudad de Tlaxcala. Entre 1589 y 1590 estaban todos ellos de regreso en su ciudad natal, con las mercedes conseguidas.

Unos años después encontramos a otro cacique que acudió en compañía de su mujer e hijos a la Corte de Carlos V. Se trataba del cacique Juan Garçés, que trabajaba en una hacienda de la Rivera de Toa, en Puerto Rico, y que arribó a España a nos informar de algunas cosas. En España debió ser recibido con los privilegios y con el trato preferencial que se les brindaba a todos los indios nobles. Por desgracia, no sabemos casi nada de su estancia en la Península, más que la petición formulada en febrero de 1528 para que le diesen pasaje para volverse a la isla de San Juan. El Emperador, como era de esperar dispuso que fuese encomendado a alguien "que lo trate bien y le de comer a quien sirva para que lo pase allá"

A finales de los años treinta, llegó a Sevilla el indio Felipillo de Poechos. Como es bien sabido fue entregado a Francisco Pizarro en el segundo viaje al Perú, en 1528. Aprendió con mucha facilidad la lengua castellana, siendo de mucha utilidad como intérprete. Pero por su fidelidad a Gonzalo Pizarro, en las guerras civiles, fue deportado a Panamá y despojado de sus privilegios. Junto a su esposa, Luisa de Medina, regresó a España para reclamar sus derechos, pero murió en Sevilla poco después del arribo.

Por su parte don Hernando Pimentel, señor de Texcoco, pidió permiso al Emperador, en 1554, para acudir a visitarlo. No sabemos mucho más de esta visita. Una década después, eran dos caciques de la ciudad de México, Lorenzo de Alameda y Martín de Aguilar, quienes llegaban a las costas hispanas a despachar algunos negocios. Pese a su aparentemente buena situación económica, en 1568 estaban pidiendo licencia de embarque y pasaje ya que decían manifestaban encontrarse en dificultades sin que nadie los ayudase.

           Muchos más datos tenemos de don Pedro de Henao, que acudió a la Corte en torno al año de 1584. Don Pedro era el cacique de los pueblos de Ipiales -donde él residía- y Potosti, ambos ubicados en el actual República de Ecuador. No sabemos, la fecha exacta de su primera arribada a la Península y a la Corte, aunque sí la segunda, ocurrida en 1584. Nuevamente, en esta ocasión el trato que recibió de la Corona fue exquisito, no escatimándose gastos para que el cacique se encontrase en la Península lo mejor posible. Para su estancia en Madrid, en una posada, manutención, vestido y calzado, así como por los gastos derivados de una enfermedad que padeció en la capital se desembolsaron nada menos que 1.279 reales, es decir, poco más de 116 ducados. Asimismo, se destinaron 243 reales para pagar los gastos del viaje de regreso de Madrid a Sevilla. No se abonó el pasaje porque llevaba un salvoconducto para que el general de la flota le diese, en la capitana o en la almiranta, pasaje gratuito a él y su criado, así como las raciones de comida que les correspondiesen. Y no fueron éstas las únicas mercedes reales que obtuvo, pues, la Corona decidió darle 500 ducados de los bienes de difuntos sin herederos para comprar ornamentos y cálices para la iglesia del pueblo de Ypiales. Igualmente, llevaba diversas cédulas: una de recomendación ante los oidores de la Audiencia de Quito, otra disponiendo que no hubiese servicios personales entre los indios y, finalmente, otra permitiéndole llevar un maestro de hacer azulejos y un organista, casados, con sus mujeres e hijos.

           Sin embargo, en el trayecto hasta Sevilla Henao debió sufrir un percance no bien aclarado en el que fue robado y despojado de lo que llevaba. Por ello, retornó de nuevo a la Corte donde no sólo consiguió duplicados de las cédulas otorgadas sino incluso otras mercedes firmadas por Felipe II. Y nuevamente se destinó una partida, esta vez de 100 ducados, para pagar los gastos del viaje de vuelta, incluyéndose una precavida observación, es decir, que la entrega del dinero se hiciese de la siguiente forma: los diez aquí, para con que se vaya a Sevilla, y los noventa en Tierra Firme, para con que se pueda ir desde allí a su tierra porque si acá se le dan lo gastará y no tendrá con qué poder hacer su viaje.

           Como ya hemos dicho, Henao se fue con todos sus objetivos cumplidos, llevándose bajo el brazo un buen número de concesiones y mercedes destinadas a mejorar tanto su propio estatu social como la vida diaria de los indios de su cacicazgo.

           Pero da la impresión que llegaron solo en el siglo XVI y primeros del XVII, sin embargo, tenemos referencias a algunos llegados en el XVIII. Fue el caso de Juan de San Pedro Andrade y Bejarano, cacique de San Juan Tecomatán, en el estado mexicano de Sonora, quien se presentó ante el Consejo de Indias en 1799 para reclamar una escuela pública de enseñanza religiosa y civil para su cacicazgo. Tras permanecer casi dos años en Sevilla, consiguió que se estimase su solicitud, aportando el consejo una pequeña cantidad y una orden aconsejando su erección.

 

PARA SABER MÁS:

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Indios y mestizos en la España del siglo XVI. Madrid, Iberoamericana, 2000.

 

------ “Indios nobles y caciques en la corte real española”, Temas Americanistas Nº 16. Sevilla, 2003.

 

ROJAS, José Luis de: “De México a Granada: descendientes de Moctezuma en España” en El Reino de Granada y el Nuevo Mundo, T. II. Granada, 1994.

 

TADALOIRE, Éric: D`Amérique en Europe. Quand les Indiens découvraient l`Ancien Monde (1493-1892). Paris, CNRS Ëditions, 2014.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS