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INDIOS Y MESTIZOS EN LA ESPAÑA MODERNA: ESTADO DE LA CUESTIÓN

 

(*)Publicado en El Boletín Americanista que edita el Departamento de Historia de América de la Universidad de Barcelona.

RESUMEN

En el presente artículo hacemos un balance global sobre la temática de los indios y mestizos en la España Moderna. Durante los primeros años hubo un flujo notable de indios que se frenó en la segunda mitad de la centuria, tras la aprobación de las Leyes Nuevas.

Los principales mercados esclavistas de la Península fueron Lisboa y Sevilla. Después de la promulgación de las Leyes Nuevas de 1542 muchos de estos indios dejaron de ser esclavos para convertirse en criados. En esa misma época se hicieron frecuentes los enlaces entre esclavos negros e indios, denotando la existencia de un status social similar para ambas etnias.

Caso muy diferente fue el de los indios nobles que, por el contrario, recibieron un trato privilegiado. También los mestizos legitimados por sus padres y enviados a la Península gozaron, en función de su disponibilidad económica, de una buena posición social.

PALABRAS CLAVES: indio, cacique, mestizo, esclavo, criado, mercado esclavista, trata.

 

ABSTRACT

In the present article we do a global balance on the subject matter of the Indians and half-caste in the Modern Spain. During the first years there was a notable flow of Indians that was stopped in the second half of the century, after the approval of the New Laws.

The principal markets slave holders of the Peninsula were Lisbon and Seville. After the promulgation of the New Laws of 1542 many of these Indians stopped being slaves to turn into servants. In the same epoch the links became frequent between black and Indian slaves, denoting the existence of a social similar status for both ethnic.

Very different Case was that of the noble Indians who, on the contrary, received a privileged treatment. Also the half-caste ones legitimized by his parents and sent to the Peninsula had a good time, depending on his economic availability, a good social position.

KEY WORDS: Indian, chiefs, half-caste, slave, servant, bought slave holder, treats.

 

 

 

INTRODUCCIÓN

Hace ya casi una década que emprendimos la ardua tarea de estudiar los indios y los mestizos que, tras el Descubrimiento de América, se embarcaron con destino a la Península Ibérica. Después de varios años de investigación, escudriñando numerosas fuentes tanto manuscritas como impresas, llegamos a la conclusión de que fueron varios miles los que arribaron a nuestras costas a lo largo del quinientos, e incluso, durante la primera mitad del seiscientos, fundamentalmente para abastecer el mercado esclavista peninsular.

Desde un primer momento nuestra intención no fue otra que la de sacar a la luz una página prácticamente inédita de nuestra Historia. Una temática que había sido casi totalmente omitida por la historiografía moderna y contemporánea. El objetivo era, pues, reconstruir el devenir de esta minoría étnica, marginada hasta el extremo de haber sido objeto de un denigrante olvido de la memoria histórica. No obstante, debemos reconocer que en realidad no se trata de un olvido sólo de este grupo étnico sino también de otras minorías de la época, como los esclavos canarios, los berberiscos, los turcos y los orientales que apenas han recibido atención por parte de la historiografía. Por ello, se tiene la errónea impresión de que la servidumbre afectó única y exclusivamente a personas de color, cuándo la realidad fue otra bien distinta.

Es nuestra intención presentar en este artículo una síntesis global de muchos de los aportes que hemos venido dando a la estampa en diversos foros científicos y en revistas americanistas de investigación. Para ello hemos descargado el texto de aparato crítico, limitándonos a remitir a una bibliografía final en la que el lector podrá encontrar información más detallada sobre aspectos concretos.

Pese a todo, huelga decir que son todavía muchas las interrogantes a las que no hemos conseguido dar una respuesta satisfactoria. Por ello, este trabajo es una síntesis de lo que sabemos pero también el punto de partida para futuras y más completas investigaciones que perfilen los no pocos aspectos que todavía desconocemos.

 

 

 

 

 

 

 

PARTE I:

ESCLAVOS, SIERVOS Y CRIADOS

 

1.-LOS MERCADOS DE ESCLAVOS INDÍGENAS

La mayor parte de estos desdichados aborígenes tuvieron el triste destino del mercado esclavista. En Sevilla, en Valencia, en Lisboa, en Córdoba, o sencillamente, en la feria de ganados de Zafra (Badajoz) eran adquiridos al igual que los esclavos negros. Precisamente, el carmonense Silvestre de Monsalve declaró haber comprado a un portugués una india llamada Felipa en la feria de Zafra, "donde se vendían los esclavos".

De todos esos mercados fueron Sevilla y Lisboa donde se vendieron más regularmente. Y era lógico que esto fuera así por dos motivos: primero, porque ya a fines del siglo XV eran los dos grandes centros esclavistas peninsulares. Y segundo, porque ambas ciudades se había erigido en puntos habituales de arribada de los buques procedentes de las Indias españolas y de las portuguesas respectivamente. De hecho, sabemos que en la década de los cuarenta llegó a haber en Sevilla más de doscientos indios esclavos.

Desde los años treinta la legislación se tornó tan severa que el emporio de esclavos indios se desplazó a la capital del vecino reino portugués, es decir, a Lisboa. La reglamentación portuguesa protectora del indio fue mucho más tardía que la española. La primera prohibición de la esclavitud de los nativos brasileños data nada menos que de 1570, y quedaban excluidos los capturados en guerra justa y los antropófagos. Las presiones fueron de tal magnitud que debió ser revocada tres años después, consintiéndose la esclavitud,"excepto en los casos manifiestamente injustos". Como bien afirma Frédéric Mauro, se trataba de "una maneira hipócrita de contornar o problema moral", pues, permitía mantener una institución que ya había sido condenada cuarenta años antes en la Bula del Papa Paulo III (1997: I, 208). Esta permisiva legislación provocó que el indio brasileño apareciese en los mercados españoles hasta mediados del siglo XVII.

Nada tenía de particular que la capital portuguesa tomase el relevo a Sevilla como epicentro en la venta de nativos americanos. No en vano, desde el último tercio del siglo XV, a raíz de la fundación de la "Casa dos Escravos", se había convertido en uno de los grandes mercados del suroeste europeo. Al parecer, entre 1490 y 1530 pasaron por esta institución lusa entre trescientos y dos mil esclavos anuales que se distribuyeron después en España y en otros países europeos. A esta ciudad llegaron varios cientos -quizás miles- de indígenas, procedentes en su mayoría del Brasil. No en vano, en muchos de los pleitos por la libertad de los indígenas los testigos españoles repitieron sin cesar la licencia que había para cautivar indios de tierras del Brasil. Y en este sentido, un testigo presentado en 1559 en un pleito por la libertad de un indio declaró lo siguiente:

 

"Dijo este testigo que sabe y es público y notorio a todos que los brasiles y sus tierras tienen conquista y guerra unas provincias contra otras y se matan y prenden y cautivan a otros y se comen por ser gente que vive sin fe y sin ley cristiana ni razón ni orden de vivir y los que no quieren comer los venden y

rescatan a los portugueses en las provincias que en las dichas partes están de cristianos y todos los esclavos del Brasil que de allá vienen a este Reino todos son habidos por esclavos cautivos y por tales y como todos se sirven de ellos y los compran y venden públicamente..."1.

 

Pero no solo llegaron a Lisboa indios de las colonias portuguesas sino también de las españolas. Estos eran comprados en los centros neurálgicos de las Antillas, como Santo Domingo o La Habana, así como en el Virreinato de Nueva España, siendo vendidos en Portugal como si fuesen naturales de las colonias lusas. En otro juicio por la libertad de un indio, su propietario alegó su naturaleza brasileña, basándose exclusivamente en el hecho de que fue comprado en Lisboa. Las pesquisas del fiscal del Consejo terminaron por demostrar que efectivamente unos años antes había sido vendido en Lisboa por un marinero de Sanlúcar de Barrameda que a su vez lo había adquirido tiempo atrás en la Nueva España.

Pero, también había en muchas ciudades españolas, pequeños traficantes que se dedicaban a comprar indios en la capital portuguesa para luego venderlos en distintos mercados de la geografía peninsular. De hecho, conocemos el caso de un hombre de Baeza, llamado Alonso Sánchez Carretero, que fue a Lisboa a adquirir quince indios, pues tenía por oficio "comprar y vender esclavos" (Mira, 2000: 83). Concretamente, en el importante mercado de Valencia sabemos que en 1509 se vendió un esclavo brasileño, mientras que a fines de 1516 llegaron para su venta otros ochenta y cinco indios de la misma colonia portuguesa (Cortés Alonso, 1964: 60).

Muchos llegaron sin marca alguna a la Península, siendo herrados a su llegada con el hierro real. Evidentemente, con los problemas que había en la Península para demostrar su esclavitud, los propietarios se afanaron en marcarlos a toda costa. No debemos olvidar que prácticamente en todos los procesos se alegaba la marca con el hierro real como prueba irrefutable de su condición de cautivo. Así, en el proceso por la libertad de una nativa, propiedad de un tal Cosme de Mandujana, los testigos alegaron que tan sólo el hecho de estar herrada con el hierro de Su Majestad "basta por título, porque así se había usado y acostumbrado después que esas partes se descubrieron...". Marcándolos creían que evitarían las incómodas pesquisas de los oficiales reales sobre aquellos aborígenes sospechosos de estar sometidos a servidumbre de forma ilegal. Ante tal lesiva práctica la Corona decidió finalmente prohibirla por una disposición expedida el trece de enero de 1532 que no fue suficientemente efectiva, pues, fue incumplida en las décadas posteriores.

Son innumerables los casos que conocemos de indios que llegaron a España sin marca de esclavitud y que fueron herrados con posterioridad. Esto le ocurrió, por ejemplo, a la india Catalina, propiedad del carmonense Juan Cansino, o al indio Pedro, propiedad del capitán Martín de Prado, que lo herró en la cara con una “C”, tras conocer que quería presentar ante el Consejo una querella por su libertad. Doña Isabel Carrillo fue mucho más lejos cuando le colocó a su indio "una argolla de hierro al pescuezo esculpidas en ellas unas letras que dicen esclavo de Inés Carrillo, vecina de Sevilla a la Cestería" (Mira, 2000: 84). No es el único que encontramos con este sufrido collar, muy frecuente también entre los esclavos negros, pues, otro aborigen, llamado Francisco, cuando fue adquirido, su dueño, Juan de Ontiveros, se lo mandó colocar. Pero, incluso, debemos decir que la opción de la argolla no era la más dramática, pues, un indio que Gerónimo Delcia vendió en Sevilla a Diego Hernández Farfán tenía una marca en la cara en la que se podía leer: "esclavo de Juan Romero, 7 de diciembre de 1554" (Gestoso, 2001: 56). Estas marcas en el rostro, selladas a fuego, eran comúnmente aplicadas a los esclavos en la España de la época.

 

2.-EL INDÍGENA EN LA ESTRUCTURA SOCIO-LABORAL

El indio esclavo, al igual que el negro, desempeñó la doble función suntuaria y laboral. Como escribió Franco Silva "según sea la profesión del dueño se puede saber el empleo del esclavo" (1992: 96). Efectivamente los cautivos solían seguir

-de buena o mala gana- la suerte de su señor. También hubo determinados sectores sociales privilegiados que utilizaron al indio básicamente como elemento de ostentación, aunque no fue lo más común. Este último fin se veía favorecido, sobre todo en los primeros años del quinientos por el exotismo que inspiraban estos pintorescos seres. Cristóbal Colón fue el primero que en 1493 los trajo con este fin, pues se paseó por diversas ciudades de la Península con algunos de ellos que fueron "la admiración de todo el mundo". En 1515 la Corona mostró su interés en conocer esos temidos indios caribes que comían carne humana y que eran más recios que ocho o diez taínos. Para ello, ordenaron al tesorero de la Española Miguel de Pasamonte que enviase algunos de ellos, lo cual cumplimentó a través de Gonzalo Fernández de Oviedo que trajo a España un total de diez caribes, seis de ellos de sexo femenino.

Asimismo, en 1521, Hernán Cortés envió, junto al tesoro de Moctezuma, varios nativos para que fuesen admirados en Castilla. Desconocemos cuántos de ellos llegaron a pisar tierra peninsular, pues, como es de sobra conocido, la flota fue interceptada por corsarios franceses, y tan sólo un navío llegó a su destino.

Nuevamente, en 1528, el propio conquistador de Medellín se personó en España con un séquito de treinta y seis indios -uno por cada año que hacía del Descubrimiento de América- vestidos según su costumbre, que al parecer fueron la fascinación de cuantos tuvieron la oportunidad de contemplarlos. Está claro pues, el componente exótico de estos aborígenes, utilizados por algunos de estos ostentosos indianos para llamar la atención en las viejas ciudades españolas.

Sin embargo, ya hemos dicho que lo más común fue que desempeñaran los oficios de sus dueños así como diversas tareas domésticas. De hecho, tenemos detectada su presencia en los tres sectores económicos, es decir: en el primario, en el secundario y en el terciario. En el estado actual de las investigaciones es imposible establecer porcentajes por grupos pero sí que podemos afirmar la presencia del aborigen americano en las más diversas actividades laborales. Entre los poseedores encontramos personajes de la administración, clérigos, mercaderes, zapateros, sastres, tundidores, esparteros, agricultores, cocineros, etcétera.

Entre las altas jerarquías eclesiásticas encontramos a Diego López de Ayala, canónigo de la Catedral de Toledo, Juan Fernández Themiño, "prior, canónigo y provisor de la Santa Iglesia de Sevilla", y a Francisco de Cepeda, capellán del arzobispo de Sevilla. También hay algunos clérigos, como García de Torres, vecino de Medinaceli, Tomás Rodríguez, domiciliado en Córdoba, y un tal Rodrigo, "ermitaño de Nuestra Señora de los Remedios" en la capital Hispalense.

Asimismo, figuraban varios comerciantes, como el sevillano Pero Álvarez, Damián de Jerez o el mercader badajocense Alvar Núñez. También el cosmógrafo de la Casa de la Contratación, Alonso de Chaves, o el consejero de la hacienda de Su Majestad, Pedro Gutiérrez.

También encontramos como propietarios a artesanos del gremio de carpinteros, zapateros o sastres. Oficios que requerían una cierta especialización, y que, obviamente, habían aprendido con posterioridad a su llegada a la Península, normalmente por la simple observación del trabajo de sus dueños. Así, por ejemplo, del indio Francisco Manuel se decía que "había servido cuatro años y más tiempo muy bien y fielmente, haciendo todo lo que le ha mandado así de noche como de día así en su oficio de carpintero como en todas las otras cosas que le ha mandado el dicho Sebastián de Aguilar y su mujer y madre...".

En la puerta de Jerez, en Sevilla vivía otro nativo americano, llamado Juan Díaz, natural de Cubagua, allí tenía instalado su propio taller de sastrería desde la década de los cuarenta. Y también en la capital hispalense encontramos, en 1575, un aborigen llamado Diego, al parecer procedente de las Indias Orientales, que había aprendido el oficio de zapatero con su antiguo dueño portugués y que trabajaba, en calidad de esclavo, en una espartería, majando esparto. Otro indio, llamado Juan, se ganaba la vida trabajando a jornal como tundidor en la villa de Baeza. En las islas Canarias encontramos otros aborígenes trabajando en oficios artesanales, como Pablo -que ejercía como zapatero pese a ser "manco de un dedo de la mano"-, Luis de la Cruz -que trabajaba como curtidor- o otro indio que trabajaba como "maestre de azúcar". Excepcionalmente encontramos en la localidad Gran Canaria de Telde un indio libre que entró como aprendiz por tres años en el taller del curtidor Vicente Bocarando (Lobo Cabrera, 1983: 529). Aun así, no faltan excepciones, es decir, indios que fueron puestos a trabajar en oficios que habían aprendido y desempeñado en sus lugares de origen. Este es el caso llamativo -y por tanto excepcional- de dos indios que se dedicaban a buscar conchas y perlas en las terrazas marinas de Gáldar, también en las islas Canarias (Ibídem).

No cabe duda, pues, que estos aborígenes contaban con una cierta cualificación profesional. Como ya hemos visto esto se pone bien de manifiesto cuando en las sentencias se condenaba a pagar a muchos antiguos propietarios entre diez y doce ducados de indemnización por cada uno de los años servidos. Así le ocurrió a la viuda de Hipólito Sedano, vecina de Monzón, que hubo de pagar doce ducados por cada uno de los catorce años de servicio prestado por un indio suyo llamado Gonzalo. Una cifra parecida, cuatro mil quinientos maravedís anuales, solicitaba el indio Diego por cado año trabajado para su dueño Rodrigo Alonso, vecino de Sevilla2. Tampoco se trataba de grandes cantidades, unos doce maravedís diarios, pero no podemos perder de vista que se trataba, en aquella época, de oficios serviles desempeñados comúnmente por esclavos y por minorías sociales como los moriscos. No en vano, sabemos que una buena parte de los esclavos de la Sevilla del siglo XVI fueron cocineros, olleros, albañiles, curtidores y criados, es decir, desempeñaron justo los mismos oficios que los indios afincados en Castilla, según hemos visto en las líneas precedentes (Morales Padrón, 1977: 103). El hecho de que los indios desempeñasen oficios artesanales no les otorgaba ningún status dentro de la cerrada sociedad española de la Edad Moderna.

Otros nativos desempeñaron oficios de menor cualificación, siendo su indemnización anual por cada año que sirvieron de tan sólo cinco ducados. Se trataba de aborígenes que servían como simples mozos y recaderos, pues no habían aprendido otras habilidades o al menos no habían tenido la oportunidad de desempeñarlas.

Finalmente queremos destacar otra ocupación en la que frecuentemente se empleó al indígena americano, sobre todo a las mujeres, esto es, en las tareas domésticas. A algunas de estas indias se confiaron responsabilidades tales como acompañar a menores de edad en la travesía rumbo a Castilla. Eso le ocurrió a la india Elena, que viajó a España custodiando a una niña de cinco años, llamada María de la Cerda, hija de Vasco Porcallo y de Leonor de Zúñiga. Cuando arribó a tierras españolas la desdichada nativa fue confiscada, mientras la familia suplicaba su devolución pues había criado a doña María "y ahora no se hallaba sin ella". Un caso muy similar es el de una india llamada Juana que viajó en torno a 1536 a España para llevar una cría, vástago de un tal Martín de Valdés.

En ocasiones estas esclavas sufrían los abusos sexuales de sus propietarios. De hecho en 1536 en una carta mandada por el Rey a los oficiales de la Casa de la Contratación se denunciaba lo siguiente:

 

"Que soy informado que algunos marineros y pasajeros y otras personas que vienen de Indias traen consigo algunas mujeres indias por esclavas y otras libres con las cuales, en ofensa de nuestra conciencia y no mirando su instrucción en la fe, tienen acceso carnal y las retienen en sus casas continuando su pecado..."

 

Está claro que las esclavas en la Edad Moderna, además de prestar un servicio en la casa, hicieron las veces de mayordomas, concubinas, mozas e incluso de consejeras de sus señores.

La esperanza de vida de estos indios debió ser muy reducida como lo era a fin de cuentas la de todas las personas de la época. En el caso de los esclavos indios que se vieron rozados a hacer grandes trabajos físicos, junto a los negros, debió ser especialmente corta, quizás los treinta y cinco o los cuarenta años de esperanza media.

Muchos de estos esclavos, tras ser liberados, acababan sus días como indigentes en las calles de las principales localidades españolas. Para evitar esta lamentable situación el Rey acabó por conceder pasaje gratuito a sus regiones de origen a todos aquellos que se encontrasen en esta situación tan comprometida. Concretamente, sabemos que en Triana vivía un indio ciego que sobrevivía de las limosnas que obtenía mendigando por las calles. Estos desdichados seres engrosaron la larga lista de mendigos y miserables que proliferaron en Sevilla a la sombra de las opulencias que paradójicamente generó el Nuevo Mundo.

 

3.-LA TRATA DESPUÉS DE LAS LEYES NUEVAS

A partir de la promulgación de las Leyes Nuevas, en 1542, el indio fue declarado libre y las circunstancias cuanto menos legales cambiaron sustancialmente. En general, podemos decir que el tráfico se ralentizó, disminuyendo considerablemente. Pero es importante subrayar que, aunque descendió su volumen, el flujo continuó. Y todo ello debido a dos causas: una, a que, como ya hemos afirmado, los portugueses no prohibieron la esclavitud de los nativos del Brasil. Y otra, a la permisividad –quizás prevaricación- de algunas autoridades españolas que no observaron, como debían, la legalidad vigente. Por ello continuaron entrando de forma ininterrumpida indios, en su mayor parte a través del puerto de Lisboa.

Una vez vendidos, y teniendo en cuenta que sus poseedores solían ser personas poderosas, o al menos influyentes en su entorno local, era difícil convencerlos para que los liberasen. No olvidemos que, en muchos casos el comprador había sido engañado por el mercader y disponía de un documento tan legal como era la carta de compra-venta.

Así, pues, la legislación no acabó a corto plazo con la esclavitud, aunque a medio o largo plazo sí que supuso el punto de partida de su supresión. Efectivamente, gracias a la política proteccionista del indio por parte de las autoridades españolas el flujo disminuyó considerablemente desde la década de los cuarenta y se hizo prácticamente insignificante en la centuria decimoséptima.

Pero queremos aclarar un punto, ¿qué pasó con los indios que ya estaban con anterioridad en la Península sirviendo como esclavos? Pues, bien, la mayor parte de ellos no retornó a sus lugares de origen. La decisión, en unos casos, fue forzada por su precaria situación económica muy a pesar de que la Corona, ante la situación de desamparado en la que algunos de ellos cayeron, decidió pagar el pasaje a todos aquellos que optaron voluntariamente por regresar a sus respectivos lugares de origen. En otros casos debió ser por falta del valor suficiente, de la energía o del espíritu adecuado para llevar a cabo una travesía dura e incierta. Pero probablemente la mayor parte de ellos decidieron quedarse voluntariamente y de buen grado. Y era lógico porque casi todos ellos hacía décadas que residían en España y muchos, incluso, habían nacido ya en la Península. Realmente, su tierra y su realidad no era ya su lugar de origen en el continente americano sino España.

Está claro que el grueso de los indios ahorrados se quedó en la casa de su antiguo dueño, sirviéndoles en calidad de criados. La nueva situación se asemejaba mucho a la anterior, quizás con la única excepción de que, en adelante, estarían adscritos a una familia y no se podrían vender en el mercado esclavista. Y esta idea la vamos a ratificar a través de un documento del último tercio del siglo XVII. Se trata de un texto de gran interés sobre todo por su fecha tan tardía que demuestra que, más de un siglo después, todavía había criados indios en ciertos hogares españoles que además eran tenidos prácticamente por esclavos. En este documento, fechado en Badajoz el cinco de julio de 1675, una monja, Leonor Vázquez, ratificaba ante notario la condición libre de una criada india que poseía, llamada María. En dicha fe notarial reconoce haber tenido en su casa a una india llamada Ana, a su hija Felipa y, finalmente, a la nieta de la primera, llamada María. Ratificaba su condición de persona libre porque eran consideradas por los vecinos como "esclavas" pese a que no lo eran (Marcos Álvarez, 2001: 273). De todas formas parece obvio que su situación era tan similar a la del esclavo, que todos los que la conocieron la tuvieron como tal y solo una fe notarial pudo dar solidez a la condición libre de la desdichada María. En estos casos concretos, todo parece indicar que estos indios dejaron de tratarse como esclavos pero adoptaron un papel muy similar como criados que apenas distaba nada de su antigua condición servil.

 

 

4.-LOS ZAMBOS: UNA MINORÍA ENTRE DOS MUNDOS

En las primeras décadas del quinientos, cuando el número de indios en el sur de España era considerable encontramos numerosos casos de matrimonios entre indios, entre mestizos o entre ambos. Así, en la década de los treinta vivían en la collación de San Vicente de Sevilla al menos dos matrimonios de indios, uno formado por Francisco Pérez y la india Catalina "su legítima mujer" y otro por Francisco e Isabel que eran criados de Diego Suárez y de Inés Bernal. Trece años después, concretamente en 1549, se desposó, en la iglesia de Santa Ana de Sevilla, el indio Juan de Oliveros con una mujer de su misma raza que vivía en Triana, llamada Inés (Mira, 2000, 73).

Sin embargo, en la segunda mitad de la centuria dejan de aparecer bodas entre indios y se hacen más frecuentes las uniones entre indios o mestizos y negros. Y todo ello debido a varias causas obvias, a saber: primero, porque, debido al cumplimiento más estricto de las prohibiciones sobre la trata, la cantidad de indios que había en la península menguó de forma considerable de forma que debía ser realmente difícil el encuentro entre indios e indias. Y segundo, porque el matrimonio con blancos era impensable en esta época, si no por una cuestión racial al menos sí por razones sociales. Por ello, el número de matrimonios entre indios y blancos fue insignificante o nulo. Punto aparte es el hecho de que algunas mestizas legitimadas, y sobre todo adineradas, llegaran a casarse con españoles. Algunos casos muy importantes conocemos. Pero absolutamente impensable y casi imposible debieron ser los matrimonios entre hombres indios o mestizos y mujeres españolas.

En cambio, disponemos de numerosos casos de enlaces entre negros e indios. Así, el nueve de mayo de 1572 se casaron en la parroquia de San Vicente de Sevilla, Pedro, indio natural de las Indias de Portugal, y Violante, negra, ambos criados de Diego de Luyando. Curiosamente, once meses después bautizaban a su primera hija, Bernardina, que debía ser zamba, aunque en la partida de bautismo constan ambos progenitores como indios, quizás porque ella asimiló el patrón racial de su marido3.

En adelante será muy frecuente a la hora de describir a los indios decir que era esclavo "mulato indio", denotando claramente su doble ascendencia negra e india. Era el caso del indio Domingo, descrito como "esclavo mulato membrillo cocho", vendido en Llerena el quince de febrero de 1599. También en Jerez de los Caballeros se vendió, el catorce de septiembre de 1628, por mil quinientos reales, una esclava "mulata india", de doce o trece años de edad.

Y no son las únicas referencias, pues, en otros documentos no se cita el carácter mulato del indio en cuestión pero sí que se dice que su color es moreno, oscuro o “baço”. Con estos adjetivos son citadas, en 1675, las indias Ana y Felipa que vivían en Badajoz. Obviamente, no debían ser exactamente indias sino zambas, descendientes de indio y negro, en distintos grados de miscigenación.

 

 

PARTE II:

LAS ELITES INDIAS Y MESTIZAS

 

 

1.-CACIQUES Y CURACAS EN ESPAÑA

Como ya hemos afirmado, desde un primer momento las autoridades españolas tuvieron un trato muy diferente y favorable con los indios pertenecientes a la élite política. Se trataba de una actitud que tenía antiguas raíces históricas en España, pero que además tenía precedentes cercanos espacial y temporalmente. De hecho los portugueses, en su proceso de expansión atlántica por el África Negra en el siglo XV, habían llevado una política similar de respeto a los privilegios de los reyezuelos locales.

La postura oficial fue la del reconocimiento de la nobleza indígena lo cual tenía su lógica interna, mucho más allá de la tradición histórica. Entre las autoridades españolas siempre se tuvo la certeza de que, atrayéndose a la élite indígena, se podría controlar mucho más fácilmente al resto de los nativos. Por ello, una de las principales estrategias utilizadas por las autoridades españolas para hispanizar al indígena fue precisamente, como afirma István Szászdi, la conversión y transformación de los caciques en vasallos ejemplares a los ojos de sus distintas comunidades indígenas (1999: 31).

La legislación de esta realidad no se hizo esperar. Desde las primeras décadas del siglo XVI se expidieron una serie de leyes tendentes a equiparar el status de la nobleza indígena con el de los hidalgos castellanos. De hecho, desde muy pronto se expidieron autorizaciones para que algunos indios de alto rango social utilizasen el título de "don". Concretamente, tal merced fue concedida en la temprana fecha de 1533 a don Enrique, indio alzado en las sierras del Bahoruco en la Española y, con posterioridad, a un sinnúmero de indios. Y hasta tal punto fue cierta la intención de equiparar a estos caciques con la nobleza española que incluso encontramos algún caso, como el del indio Melchor Carlos Inga, descendiente de Hueyna Capac, a quien en 1606 se autorizó su ingresó como caballero de la Orden de Santiago.

Este reconocimiento social se vio siempre acompañado de una política educativa que priorizaba a los hijos de los caciques, una política que dio grandes frutos desde los inicios de la colonización antillana. Un buen número de caciques y de mestizos fueron traídos a lo largo del quinientos a la Península para ser educados en colegios y en conventos españoles.

Disponemos de abundante documentación sobre la llegada a la Corte Real española de indios de alto rango. En 1533 arribaron a nuestras costas don Pedro Moctezuma y el indio don Gabriel, permaneciendo varios años y recibiendo los honores y privilegios propios de su status social. Antes de su vuelta a México el rey le hizo una merced nada menos que de dos mil pesos de oro a perpetuidad (Mira, 2003:4).

En mayo de 1554 llegó preso a la Península don Francisco Tenamaztle, cacique de la región de Nueva Galicia, solicitando su libertad y la de su pueblo. El trato dispensado por la Corona fue muy cordial y generoso acorde con su rango caciquil y en consonancia con la política que desarrollaba la Corona desde los primeros tiempos de la colonización. De hecho, el Emperador dejó dispuesto por una Real Cédula, dada en Valladolid el diez de mayo de 1554 y refrendada del secretario Samano, que se abonasen al dicho indio cuatro reales diarios para su mantenimiento durante "todo el tiempo que estuviese en esta corte" a contar desde el cuatro de mayo del citado año. Y, en vista del trato recibido y de la pensión diaria a costa de las arcas reales, el ilustre indio decidió quedarse una larga temporada en la Península, para "conocer" bien los reinos de España (Mira, 2003: 4-5). No sabemos mucho más sobre su estancia en la Península, sus actividades, los lugares visitados, etcétera porque la documentación es parca al respecto. Sin embargo, sí sabemos que estuvo en tierras castellanas hasta el diez de noviembre de 1556, fecha en la que falleció, después de haber permanecido postrado en una cama desde septiembre de 1556.

Por esas mismas fechas pasó por la Corte el cacique de Utlatlán, don Juan, y seis años después, e cacique don Francisco Inga Atabalipa. Este último acudió a la Corte para hablar de asuntos relacionados con su comunidad. El veintitrés de agosto de 1563 se expidió una Real Cédula para que se le abonasen al citado cacique los maravedís que fueran necesarios para su sustento.

Y casi inmediatamente después se personó en la corte del Rey Prudente don Luis de Velasco, cacique de la Florida, con otro indio que le servía en calidad de criado. No sabemos cuándo arribó a la Península pero sí que en diciembre de 1566 se encontraba en Madrid, localidad en la que residió hasta el doce de junio de 1567 "en que el dicho indio se fue a Sevilla". No sabemos por qué motivo el trato dispensado a este indio fue muy especial. Además de la pensión de cinco reales diarios, abonados entre primero de enero de 1567 y el doce de junio del mismo año, a este cacique se le agasajó con todo tipo de lujos que costaron a la Corona varias decenas de miles de maravedís. Por un lado, la residencia del indio en una posada de Madrid, fue abonada aparte, a través del beneficiado de la iglesia de Santa Cruz de Madrid, que a la sazón había sido el encargado de buscarle una residencia adecuada en la capital española.

Hacia 1584 se personó en la Corte Pedro de Henao, cacique de los pueblos de Ypiales y de Potosti –actual Ecuador-.En esta ocasión afirmó que era la segunda vez que estaba en España, aunque no tenemos ninguna referencia documental más sobre su primera estancia. Sea como fuere, en 1584 acudía con la intención de informar al Rey de los excesos que cometían los españoles con los indios de su cacicazgo, forzándolos a trabajar por tan solo seis reales al mes4.

También en esta ocasión el trato que recibió de la Corona fue exquisito, no escatimándose gastos para que el cacique se encontrase en la Península lo mejor posible. Para su estancia en Madrid, en una posada, manutención, vestido y calzado, así como por los gastos derivados de una enfermedad que padeció en la capital se desembolsaron nada menos que 1.279 reales, es decir, poco más de 116 ducados. Asimismo, se destinaron 243 reales para pagar los gastos del viaje de regreso de Madrid a Sevilla. No se abonó el pasaje porque llevaba un salvoconducto para que el general de la flota le diese, en la capitana o en la almiranta, pasaje gratuito a él y su criado, así como las raciones de comida que les correspondiesen.

Tres años después, se personaron en el Escorial dos caciques indios, procedentes de la entonces provincia de Quito. Su intención era muy diferente. El primero de ellos, don Sebastián de Guara Mitimac, cacique de los indios de “Pipo” –según su propia declaración-, en la provincia de Quito, solicitaba ayuda frente a la ocupación que habían hecho los españoles de las tierras de los indios de su cacicazgo 5. El segundo, don Hernando Coro de Chávez, tenía un interés más personal, pues pedía que siendo como era descendiente de los Incas, se le permitiese traer espada y daga6. No sabemos prácticamente nada de su estancia en la Península pero ambos obtuvieron sendas cédulas satisfaciendo sus peticiones.

 

2.-LA FORMACIÓN DE UNA ARISTOCRACIA MESTIZA EN ESPAÑA

La Corona se mostró muy favorable a la traída de mestizos a la Península con la intención evidente de apaciguar los ánimos de un grupo especialmente activo. Por ello, desde 1513, encontramos numerosas licencias en este sentido. Concretamente en enero de este último año se otorgó una autorización a un tal Juan García Caballero para llevar a Castilla a dos hijos suyos habidos con una indígena. Nuevamente, el fin aparece sumamente explícito, es decir, doctrinarlos y enseñarlos "en las cosas de nuestra Santa fe Católica". Posteriormente, entre 1515 y 1524, tenemos noticias de al menos quince licencias más de estas características, referidas todas ellas a mestizos nacidos en las Antillas Mayores y en Tierra Firme.

Pero, es más, en 1524 la Corona legalizó la migración de mestizos a Castilla, eximiendo de la licencia Real como hasta entonces había sido habitual. Efectivamente, expidió una autorización para que todas aquellas indias "que tuviesen hijos de un español" pudiesen embarcarlos don destino a la Península, con tan sólo un informe del gobernador de la provincia de donde fuese natural. Desde entonces la libertad de los mestizos para pasar a la Península fue absoluta. Pese a todo la Real Cédula de 1524 sólo se refería a los mestizos menores de edad que viajasen con su madre. En el caso de ser mestizos adultos y arraigados a la tierra seguía siendo necesaria la pertinente autorización. De hecho, conocemos algunas licencias expedidas con posterioridad a esta fecha.

Pero también las propias familias fomentaron su arribada a España pues querían un futuro mejor para estos hijos aunque, en su mayor parte, fuesen solo naturales. En las primeras décadas de la colonización esto no fue demasiado difícil porque, como bien se ha escrito, "la primera generación de mestizos se fue del lado español".

Llegó a haber tal número de mestizos afincados en España y su poder económico fue tal que se puede hablar de la existencia de una auténtica aristocracia mestiza. Un grupo que debió ser muy respetado por su considerable poder económico.

Casos particulares tenemos muchos, algunos muy conocidos como el del Inca Garcilaso de la Vega o don Juan Cano Moctezuma. Este último, nieto del emperador azteca, hijo de la princesa Teixtalco de Tacuba y del cacereño Juan Cano Saavedra. Juan Cano Moctezuma y sus descendientes formaron parte de la más selecta élite aristocrática de la sociedad cacereña.

No menos rica llegó a ser doña Francisca Pizarro Yupanqui, hija del conquistador del Incario y de la princesa Inca Quispe Cusi, nieta de Huayna Capac. Tras la muerte de su padre, su tío Gonzalo Pizarro planeó casarse con ella para fundar una dinastía en Perú. Pero finalmente, tras el fallecimiento de éste, don Pedro de La Gasca la envió a España, donde se desposó curiosamente con su otro tío Hernando Pizarro. La ceremonia tuvo lugar al parecer en 1552 en el Castillo de la Mota de Medina del Campo, donde se encontraba confinado el único superviviente de los conquistadores del Perú. Junto a su marido se dedicó a intentar recuperar la fortuna de los Pizarro. De forma que cuando en 1578 enviudó era una de las mujeres más ricas de España. Pocos años después se casó en segundas nupcias con un arruinado noble extremeño, llamado Pedro Arias Portocarrero, Conde de Puñonrostro, con quien vivió en Madrid hasta su muerte en 15987. A juzgar por el inventario de sus bienes, realizado entre junio y septiembre de 1598, aún siendo aún considerable, es probable que malgastara gran parte de su fortuna en el esplendor de la corte madrileña.

Pero al margen de estos casos, llamativos y muy conocidos, hubo centenares menos conocidos para la historiografía. Fueron muchos los españoles que legitimaron a sus hijos mestizos, nombrándolos en sus testamentos como sus herederos. Esto fue lo que hizo un encomendero de Fregenal de la Sierra, llamado Francisco Marmolejo, que dictó su testamento en Nata (Castilla del Oro) el veinticuatro de febrero de 1531. En él reconoció a sus dos hijos Francisco y Macaríes de Marmolejo, habidos con una india naboría que él mismo tenía en repartimiento y otorgándole a cada unos doscientos pesos de oro. Asimismo decidió que sus hijos debían marchar a Castilla, destinando cincuenta pesos de oro para cada uno de sus pasajes. La hija debía ingresar con los doscientos pesos en el monasterio franciscano de Nuestra Señora de la Concepción de Fregenal, mientras que su hijo quedaría a cargo de su hermano Diego de Marmolejo para que "le doctrine y enseñe en las cosas que le pareciere que debe ser enseñado como hijo de quien es..." (Guerra, 1978: 468-469). Esta claro que para su hija, Marmolejo había buscado lo que Juan Gil denomina "el lugar ideal donde recluir a las hijas naturales" (1997: 30). Pese a todo la joven mestiza jamás llegó a pisar tierra española porque murió poco después de dictar su padre el testamento, según se deduce de un codicilo otorgado el dos de abril. En cuanto a su hijo, Francisco Marmolejo, sabemos que siete años después seguía en Nueva España, pues recibió una autorización para vender sus bienes y marcharse a Sevilla. Por desgracia esto es todo lo que podemos decir de este mestizo al que se le pierde la pista desde este momento.

En 1547 el contador de Nicaragua, Andrés de Covarrubias, pidió permiso para retornar a las Indias con un mestizo de siete u ocho años que había traído consigo. Precisamente en ese mismo año detectamos la presencia en España de otros dos mestizos originarios de Cuba, un hijo de Esteban de Lagos y el otro un vástago de Juan de Barrios. Ambos fueron enviados a finales de 1546, junto al licenciado Estévez, para "ponerlos en un estudio" en Sevilla. En marzo de 1547 solicitaron su retorno a Cuba, alegando problemas de salud.

Otros mestizos, como Diego de Ávila, no corrieron tanta suerte. Pertenecía a una familia acomodada de la Nueva España y hacia 1549 o 1550 vino a España animado por un deseo de conocer las tierras del otro lado del océano. Una vez en Sevilla, se convirtió en paje de Antonio de Osorio que lo llevó consigo en su viaje a Roma. En 1556, de regreso en España, enfermó, siendo ingresado en el hospital del Amor de Dios de Sevilla, donde murió en 1557 no sin antes disponer para dicha institución benéfica la tercera parte de su pequeña fortuna

Por su parte, el capitán Gómez Hernández, natural de Montijo (Badajoz), declaró en su testamento, redactado en Cartagena de Indias el 7 de agosto de 1569 que tenía un hijo y una hija, ambos naturales, habidos con sendas indias de su repartimiento. Ambos quedaban en su testamento legitimados, disponiendo para ellos la mitad de sus bienes, una vez pagadas las mandas dispuestas. La hija mestiza, llamada Isabel Hernández, estaba ya en el momento de redactar su última voluntad en Montijo en poder de Elvira López, una prima suya8. No sabemos mucho más de ella, que debió convertirse, de la noche a la mañana, en una de las mujeres más ricas de Montijo.

Finalmente, mencionaremos el caso de un comerciante, natural de Talavera la Real, llamado Juan del Campo que hizo una enorme fortuna en la Villa Imperial de Potosí. Tras fundar un convento en su tierra natal reconoció un hijo natural mestizo, llamado Francisco del Campo Saavedra, que tras estudiar varios años en la Universidad de Lima lo envió a la de Salamanca para que completara sus estudios teológicos. Para su traslado dio poder a Alonso Muñoz, a quien le entregó cuatrocientos pesos de plata para los gastos del viaje. Una vez en Salamanca le debía dar a su hijo entre doscientos y doscientos cincuenta ducados anuales, según sus necesidades, siempre y cuando perseverara en sus estudios. Una vez que se ordenase sacerdote lo dejaba como capellán del convento de carmelitas de su aldea natal. Y dicho y hecho, Francisco del Campo acabó sus estudios en Salamanca y marchó a vivir al pueblo de Talavera la Real, donde vivió holgadamente como capellán del citado convento (Méndez Venegas, 1987: 70).

Pero, junto a esta élite mestiza también encontramos otros de baja extracción social, hijos de las esclavas y siervas indias que había en la Península. Unos mestizos de condición social muy humilde que vivieron y murieron sin llegar a conocer sus raíces americanas. Así, por ejemplo, el 3 de septiembre de 1559 se bautizaron en la parroquia de Santa María del Castillo de Badajoz dos mestizos, llamados Juan y Diego, "hijos de Catalina Sánchez, prieta de Leonor de Chávez” (Mira, 2000: 93). La condición de estos mestizos ilegítimos –sin padre conocido- debió ser libre, al menos así lo disponía la legislación. En cualquier caso es obvió que jamás llegaron a disfrutar del mismo status social que el resto de los españoles, pues el color de su piel delataba su origen.

En definitiva, aunque no sabemos el número exacto de mestizos que llegó a haber en la Península parece claro que debieron ser numerosos y no pocos de ellos muy poderosos desde el punto de vista económico.

 

CONCLUSIONES

 

Como puede observarse en las páginas precedentes no es poco lo que se ha hecho en torno a esta minoría étnica en la Península Ibérica. Pero también es cierto que es mucho lo que queda por hacer para que algún día tengamos un conocimiento más o menos nítido de esta temática.

Los estudios siguen siendo aún escasos, pues, además de nuestros trabajos contamos con un reducido número de ensayos entre los que no podemos dejar de citar los de Alfonso Franco (1978a; 1978b; 1979; 1992), Juana Gil-Bermejo (1983; 1990), Amadeo Julián (1997) y Juan Gil (1997), entre algunos otros. También han sido muy importantes para entender el contexto legal los aportes de García Añoveros (2000) en torno al pensamiento sobre la condición de los indios. Dada la parquedad bibliográfica, el esfuerzo debe centrarse en escudriñar la documentación que se conserva en distintos repositorios nacionales y locales. En el Archivo General de Indias, hay documentación inédita en las secciones de Indiferente General, Justicia, Contratación y Patronato. También en el Archivo General de Simancas, como en el de Indias, es posible todavía encontrar material documental inédito sobre la cuestión.

Pero también existen centenares de referencias en los archivos locales andaluces y extremeños, en los parroquiales y en los protocolos notariales. El problema es que toda esta documentación local presenta graves inconvenientes. Para empezar se trata de un material ingente, imposible de abarcar por una sola persona. Por poner un ejemplo concreto, diremos que tan sólo la documentación notarial existente en Sevilla desde 1525, año en el que acabó Franco Silva su estudio sobre la esclavitud, hasta 1600 sería suficiente para realizar varias tesis doctorales. Sin duda es necesario esperar a que estos estudios sobre la esclavitud en las distintas ciudades y villas españolas se vayan realizando y publicando para ir conociendo la presencia de indios en las distintas regiones españolas. Además, tampoco la documentación local es la panacea, pues no siempre se menciona la etnia del esclavo. Este problema es especialmente agudo en el caso de los registros sacramentales ya que esta información depende exclusivamente de la minuciosidad del sacerdote que redacta la partida. Pero, incluso, en el caso de que se mencione su condición de indio existen tres procedencias posibles que casi nunca se especifican, a saber: la América Española, la América portuguesa y, finalmente, la mismas Indias orientales, donde los portugueses poseían diversas factorías. Sabemos que, desde 1512, llegaron a la Península unos pocos centenares de asiáticos, siendo el resto naturales del continente americano. Por tanto, los oriundos de Asia constituyeron una reducidísima minoría dentro de los ya de por sí minoritarios aborígenes americanos. Distinguir ya cuántos de ellos procedían de la América Española y cuántos del Brasil es en estos momentos una tarea imposible.

Por otro lado, el hecho de que nos hayamos centrado en el siglo XVI no significa que no hubiese indios en la siguiente centuria. Existen algunas investigaciones, como la que Ndamba Kabongo realizó sobre la esclavitud en Córdoba entre 1600 y 1621, en las que se detecta la presencia de algunos esclavos americanos. Asimismo, y por citar algún caso concreto, el catorce de septiembre de 1628 se vendió en Jerez de los Caballeros (Badajoz) una esclava de origen indio, mientras que en El Pedroso vivía, en 1640, un indio, al parecer libre, llamado Miguel García, que asistió como testigo a un bautizo celebrado en la iglesia parroquial de dicha localidad (Mira, 2000: 17).

En cualquier caso, todo parece indicar que la afluencia de esclavos indios a la Península se ralentizó considerablemente en el seiscientos, siendo la mayor parte de ellos procedentes de la América portuguesa.

 

 

 

 

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3 Archivo Parroquial de San Vicente de Sevilla, Libro de Bautismo Nº 6, fol. 185v.

4 Real Cédula al presidente y oidores de la audiencia de Quito, San Lorenzo, 22 de agosto de 1584. AGI, Audiencia de Quito 211, Lib. 2, fol. 129v.

5 Real Cédula al presidente y oidores de la Audiencia de Quito. San Lorenzo del Escorial, 4 de abril de 1587. AGI, Audiencia de Quito 211, Lib. 2, fol. 196v.

6 Real Cédula al presidente y oidores de la Audiencia de Quito, San Lorenzo, 4 de abril de 1587. AGI, Audiencia de Quito 211, Lib. 2, fol. 197r.

7 A esta mestiza dedicó el escritor peruano Álvaro Vargas Llosa una magnífica novela histórica, titulada La mestiza de Pizarro. Una princesa entre dos mundos (Madrid, Aguilar, 2003).

8 Testamento del capitán Gómez Hernández, Cartagena de Indias, 7 de agosto de 1569. AGI, Justicia 1185, N. 1, R. 4.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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CACIQUES GUATIAOS EN LOS INICIOS DE LA COLONIZACIÓN: EL CASO DEL INDIO DIEGO COLÓN

                                                                                                                                                                                                                                Esteban Mira Caballos

(*) Publicado en la Revista Iberoamericana del Instituto Americanista de Berlín.

1.-INTRODUCCIÓN

En el presente artículo trataremos el caso del indio Diego Colón, un aborigen que encontró Cristóbal Colón en la isla de Guanahaní el mismo día del Descubrimiento, es decir, el 12 de octubre de 1492, y con el que entabló una sincera, fructífera y dilatada amistad.

Antes de comenzar el desarrollo del tema nos parece oportuno, por un lado, establecer claramente el marco espacial y temporal del presente trabajo, y por el otro, definir el concepto de guatiao.

Concretamente analizaremos la vida, verdaderamente excepcional, del indio Diego Colón, desde su encuentro con el Primer Almirante hasta 1514 en que perdemos definitivamente todo rastro suyo en la documentación.

En cuanto al concepto de guatiao, el afamado lingüista José Arrom, escribió que el vocablo guatiao equivalía al compadrazgo castellano, pues, “mediante el sacramento del bautismo, padres y padrinos quedan unidos en indisoluble relación…” (1974: 16). Por su parte, él filólogo Emiliano Tejera, definió el concepto como un “cambio de nombre entre dos personas, como prenda de amistad” (1951: 245). Y para corroborarlo citaba un texto del padre Las Casas en el que se decía lo siguiente:

 

A éste, como a señor principal y señalado, el capitán general dio su nombre, trocándolo por el suyo, diciendo que se llamase desde adelante Juan de Esquivel, y que él se llamaría Cotubano, como él. Este trueque de nombres en la lengua común de esta isla, se llamaba ser yo y fulano que trocamos los nombres, guatiaos y así se llamaba el uno al otro…”. (Cit. Tejera 1951: 245).

 

Las palabras del padre Las Casas son muy clarificadoras, evidenciando que guatiaos eran aquellos caciques que aceptaban de tal grado a los españoles que, en señal de hermanamiento, terminaban intercambiando sus nombres (István Szászdi 1999: 15).

Los españoles aprovecharon la existencia de este término prehispánico para establecer lazos de hermanamiento con muchos indios, preferentemente con caciques. Pero, a juzgar por la documentación de que disponemos, el concepto evolucionó. Desde un primer momento se introdujo una pequeña aunque significativa modificación, solamente comprensible en el marco de la Conquista, donde hubo un bando ganador y otro perdedor. Efectivamente, se mantuvo la primera parte del concepto y los indios guatiaos tomaron el nombre del español, hasta el punto que no nos ha quedado constancia del nombre indígena de muchos de ellos, pero no la segunda, pues, en ningún caso, los españoles dejaron de usar sus nombres para adoptar el de sus guatiaos. Y son innumerables los casos que conocemos de indios que adoptaron el patronímico de un español, pero no casos de conquistadores que cambiaron sus nombres por los de los indígenas. En general, si alguna vez se aplicó íntegramente el pacto guatiao debió ser algo meramente formal y no real.

Sin embargo, pasados los primeros años el término guatiao sirvió simplemente para designar a los indios mansos o de paz frente a los indios de guerra, fundamentalmente los Caribes1.

Pero, guatiaos o no, lo cierto es que a los caciques se les brindó un trato muy especial por parte de las autoridades españolas. De hecho, conocemos no pocos casos de caciques que estuvieron en España, en la corte Real y que gozaron de todos los privilegios del estamento nobiliar2. Muchos de ellos fueron traídos con la intención de que fueran educados en las costumbres castellanas.

 

 

 

2.-PRIMER ENCUENTRO DEL ALMIRANTE CON EL INDIO DIEGO COLÓN

Como ya hemos afirmado, nada más arribar Cristóbal Colón al Nuevo Mundo, en la isla de Guanahaní, encontró a este nativo del que por desgracia no ha trascendido su nombre indígena, pues, todas las fuentes lo citan con el que adoptó en Barcelona tras su bautizo, es decir, el de Diego Colón, en honor al padrinazgo del hijo del Primer Almirante3.

Debía ser muy joven cuando Colón se encontró con él y lo embarcó en la Santa María. Desde el primer momento sintonizó bien con el carácter del Almirante con quien entabló, como ya hemos afirmado, una gran amistad personal. Su gran capacidad de aprendizaje y el azar, pues sobrevivió a las mortíferas epidemias de los primeros años, le convirtieron en una pieza clave como guía por aguas antillanas y, posteriormente, como lengua o traductor.

De esta forma se iniciaba, por parte de España, toda una política de utilización de indígenas para conocer las rutas de las canoas en el Nuevo Mundo. Se trataba de una vieja práctica utilizada durante décadas por los portugueses a lo largo de su proceso de expansión en el cuatrocientos. Así, pues, parece evidente que el Primer Almirante lo aprendió de los portugueses y de éste otros descubridores españoles, como Alonso de Ojeda4. La ayuda que prestó este guatiao en la arribada del Almirante a la isla de Cuba está bien fundamentada por Adam Szászdi, pues, los indios de Guanahaní, conocían perfectamente las aguas antillanas al practicar en canoa una navegación de cabotaje (1995: 45).

 

 

3.-SU PRIMERA ESTANCIA EN ESPAÑA

Como es bien sabido, Cristóbal Colón al regreso de su primer viaje decidió traerse consigo a diez indios: Diego Colón, dos hijos del cacique Goacanagarí y otros siete indios de la Española que "de su voluntad quisieron ir a ver a Castilla..." (Peguero 1975, I: 49). Los objetivos de su embarque estaban muy claros para el propio Almirante:

Primero, debían servir de presentes para los reyes, pues, de hecho, constituyeron, junto a los papagayos "verdes y colorados", una de las principales atracciones del cortejo. Y en este sentido, narraba el cronista Antonio de Herrera que a su paso "salían gentes por los caminos a ver los indios"5.

Segundo, tras su aprendizaje en Castilla, podrían ser utilizados como intérpretes en su siguiente expedición descubridora.

Y tercero, pensó, con gran lucidez por cierto, que aculturando a los reyezuelos indígenas -en este caso caciques o hijos de ellos- y convirtiéndolos en fieles vasallos se favorecería el sometimiento de los demás aborígenes.

Sabemos muy poco sobre la travesía y la estancia en Castilla del guatiao Diego Colón y de los otros indios que con él venían. Al parecer, de los diez indios embarcados, uno debió morir en la travesía "enfermo de morbo". A decir de Joseph Peguero, otros tres los dejó el Almirante enfermos en Sevilla, muriendo días después, pues de hecho al regreso de Colón de Barcelona ya eran difuntos (1975, I: 59). El resto de ellos, concretamente seis, acompañaron a Colón a la ciudad Condal con la intención de reunirse con los Reyes Católicos.

La llegada a Barcelona debió suceder en abril de 1493 pero la ceremonia de bautismo, probablemente oficiada por el Cardenal Pedro González de Mendoza, debió demorarse hasta finales de ese mismo mes o principios del siguiente (Olaechea 1998: 623). Y al parecer, todo ello motivado por el interés de los Reyes en que los indios se preparasen adecuadamente antes de recibir las aguas bautismales (Olaechea 1998: 627). No hay referencias documentales sobre dicho acontecimiento, aunque sí alusiones en fuentes secundarias. Fernández de Oviedo identificó a dos de los bautizados, con los nombres de don Fernando de Aragón y don Juan de Castilla6, mientras que Las Casas señaló a un tercero, llamado efectivamente Diego Colón (Olaechea 1998: 624-625).

No se han conservado estas primeras partidas de bautismo de los indios aunque sí una narración de Fernández de Oviedo que nos sirve para entender la solemne pero también pintoresca situación generada:

 

"y ellos de su propia voluntad y (a)consejados, pidieron el bautismo; y los católicos reyes, por su clemencia, se lo mandaron dar; y juntamente con sus altezas, el serenísimo príncipe don Juan, su primogénito y heredero, fueron padrinos. y a un indio que era el más principal de ellos, llamaron don Fernando de Aragón, el cual era natural de esta isla española y pariente del rey o cacique Goacanagarí; y otro llamaron don Juan de castilla; y los demás se le dieron otros nombres, como ellos los pidieron o sus padrinos acordaron que se les diese conforme a la iglesia católica" (Fernández de Oviedo 1992, I: 31).

 

Según Peguero, estos dos indios citados por Oviedo eran los dos hijos del cacique Goacanagarí (1975, I: 58) que de alguna forma, como indios principales, tuvieron el privilegio de ser los primeros en recibir las aguas bautismales. Evidentemente esta presencia regia, apadrinando incluso a los nuevos cristianos, así como el boato que seguramente presidió la ceremonia debió ser algo muy excepcional. Ya en la época se intuyó la importancia del acontecimiento, pues, no en vano, se trataba de los primeros habitantes del Nuevo Mundo que pisaban tierras europeas. Esos bautizos debieron simbolizar algo así como el punto de partida de una nueva expansión de la cristiandad7.

Tras su bautizo, comenzaron las tareas de aprendizaje de Diego Colón que debieron ser eficaces, pues, el 26 de febrero de 1495 el Almirante escribía a Su Majestad lo siguiente:

 

"...Y hablado que hubo con este indio que yo traigo, que es Diego Colón, uno de los que fueron a Castilla, el que ya sabe hablar muy bien nuestra lengua..." (István Szászdi 1999 : 30).

 

Probablemente movido por el interés, Cristóbal Colón decidió llevar en su segundo Viaje descubridor a los cuatro indios supervivientes de los diez que trajo consigo a la vuelta de su Primer Viaje. Sin embargo, salvo Diego Colón, que sorprendentemente no desarrolló la enfermedad en la travesía, el estado de salud de los otros tres aborígenes era muy precario. Estaban infectados de viruelas, enfermedad que, como es bien sabido, transmitieron en la Española, desencadenando una de las primeras grandes epidemias que a la postre terminaron con la población indígena de la isla8.

Así, pues, Diego Colón fue el único que sobrevivió y gracias a su buen aprendizaje del idioma castellano sirvió de gran ayuda al Almirante en su Segundo Viaje. Y en este sentido, el cronista Fernández de Oviedo nos dejó constancia de la actividad de Diego Colón como intérprete:

 

"E como el Almirante volvía consigo algunos de los indios que había llevado a España, entre ellos uno que se llamaba Diego Colón, e había mejor que los otros aprendido, y que hablaba ya medianamente la lengua nuestra" (1992, I: 46-46).

 

4.-SU REGRESO A LA ESPAÑOLA

La labor del guatiao de Guanahaní comenzó nada más llegar la segunda expedición colombina a aguas caribeñas. Al parecer, fueron sus indicaciones las que hicieron que el Almirante pusiera rumbo a la isla de Guadalupe. De ahí le orientó hasta Puerto Rico (Boriquén) y, posteriormente, a su regreso de la costa meridional de Cuba, a Jamaica (Adam Szászdi 1995: 9).

Recién llegados a la Española el Almirante lo utilizó como intérprete ante el cacique Goacanagarí, para conocer las causas exactas de la muerte de los españoles. Una vez averiguado el episodio del fuerte Navidad, Colón decidió llevárselo consigo en su recorrido por las islas del entorno, sirviéndole nuevamente tanto de guía como de traductor. Precisamente, Pedro Mártir de Anglería describió la forma en la que, a través del indio Diego, el Almirante entró en contacto con los aborígenes de la isla de Cuba:

 

"Mas el Almirante, que tenía consigo a cierto Diego Colón, educado entre los suyos, joven tomado en la primera navegación de la isla vecina de Cuba, llamada Guanahaní, sirviendo de intérprete Diego, cuyo idioma era casi semejante al de estos, habló al que se había cercado más: depuesto el miedo, se aproximó el indígena y persuadió a los demás que se acercaran sin temor y no tuvieran miedo" (1989: 34)

 

Tras regresar de su viaje descubridor, decidió quedarse en la Española y no volver a su isla natal. Pero, ¿por qué no volvió Diego Colón a su tierra de origen?. La respuesta es obvia, pues, como afirmó acertadamente Olaechea Labayen, la isla de Guanahaní, al ser clasificada entre las islas inútiles, no fue poblada por españoles y es probable que el citado indio no quisiera perder el contacto con los cristianos (1998: 634).

Además, el Almirante tenía pensado para el fiel guatiao un alto destino. Por ello, pactó con Guarionex los desposorios entre Diego Colón y la hermana de aquel, llamada Cora. Y el objetivo no era pequeño teniendo en cuenta que los cacicazgos lo heredaban los hijos de la hermana del cacique (István Szászdi 1999: 30)9. Y los resultados no tardaron en llegar, pues, al morir Guarionex en el hundimiento de la flota de Francisco de Bobadilla, allá por julio de 1502, el cacicazgo debió recaer directa o indirectamente en Diego Colón10.

Pero, pese a la posesión del cacicazgo, Diego Colón residió -no sabemos si permanentemente o grandes temporadas- en Santo Domingo. Allí vivió, primero, en casa del Almirante, y posteriormente, en la del gobernador de la Española, frey Nicolás de Ovando en compañía de su esposa, con quien al parecer tuvo un hijo a quien bautizó igualmente con el nombre de Diego Colón.

 

5.-SU SEGUNDA ESTANCIA EN ESPAÑA

Por referencias documentales sabemos que, el 25 de junio de 1503, tres caciques –cuyos nombres ignoramos-, y un niño, hijo de uno de ellos, llamado Diego Colón, fueron enviados a tierras castellanas, en una flota que partió de Santo Domingo (Marte 1981: 152; Ladero 2002: 31). No está totalmente verificado pero, teniendo en cuenta que el guatiao Diego Colon tenía un hijo del mismo nombre, es prácticamente seguro que era uno de los tres caciques embarcados rumbo a España.

Sabemos muy poco de las actividades de estos tres caciques en tierras peninsulares. De los tres caciques dos murieron en breve, víctimas de diversas enfermedades que los tuvieron postrados en cama durante meses. Pero el tercero de los caciques sobrevivió y fue reembarcado a la Española. Y en este sentido, contamos con referencias documentales en las que se realizan varios descargos, en 1505, por los gastos que se hicieron en el último de los tres caciques que quedaba en Castilla que se "torno a enviar a la isla Española" (Ladero 2002: 31). Un descargo posterior concretaba mucho más al decir lo siguiente:

 

"A Juan Bermúdez por el flete de pasajes de un cacique que en su navío se envió a la Española este dicho viaje" (1.500 maravedís) (Ladero 2002: 101).

 

Está claro, pues, que uno de los tres caciques regresó a Santo Domingo. En principio no sabemos quién pero, según todos los indicios, sospechamos que debió ser precisamente el guatiao de Guanahaní. Y tal hipótesis la sostenemos sobre la base de la existencia de un cacique Diego Colón en la Española al menos hasta 1514. Además, si sólo uno sobrevivió es muy probable que fuera éste que llevaba años en contacto con los españoles, que había estado ya en España y que seguramente estaba más inmunizado biológicamente.

En cambio, su hijo del mismo nombre que, como hemos afirmado, también arribó a la Península, quedó desde su llegada a Sevilla en manos de un tutor. Concretamente fue encomendado al capellán Luis del Castillo, a quien se le asignó un salario anual de 8.000 maravedís "por que tenga a su cargo de dar de comer y enseñar a Diego el Indio, hijo del cacique que, demás de los tres, el gobernador envió a los oficiales para que le hiciesen enseñar las cosas de nuestra santa fe" (Ladero 2002: 102). Los gastos de vestuario, se consideraban extraordinarios por lo que se abonaban aparte al capellán, eso sí, después de presentar el correspondiente justificante. De hecho, a Luis del Castillo se le pagaron, en descargo aparte, 3.750 maravedís por "vestir" al citado indio (Ladero 2002: 103). También el material escolar constituía un gasto extraordinario, pues, también encontramos desglosados distintas partidas en concepto de material escolar para el citado aborigen. Mientras vivió fue instruido tanto en gramática como, sobre todo, "en las cosas de la fe"11. Se le compró ropa a la usanza castellana, es decir, zapatos, bonetes, camisas, etcétera, así como material de estudio como papel y unas escribanías. también encontramos un pago por “unas cartillas que se le compraron” para aprender a leer12.

Muchas fueron las esperanzas que se debieron depositar en Diego Colon "el Mozo" para que a su vuelta a la Española colaborase en el proceso de aculturación de sus congéneres.

Pero, por desgracia para el joven indio, las cosas no salieron según lo esperado. Durante su estancia en Castilla estuvo afectado por cierta enfermedad pues, en 1505, fue curado de "una postema que le salió... en la garganta"13. Recibió en todo momento un buen trato, pues, no en vano la Corona pensaba obtener grandes servicios a su vuelta a la Española, según se deduce de una respuesta de Su Majestad a los oficiales de la Casa de la Contratación:

 

Lo que decís del indio, hijo de cacique, que habéis hecho relación, tened cuidado de lo continuar y que sea muy bien tratado así en lo espiritual como en lo temporal de manera que cuando plugiere a Dios que se haya de tornar a la Española vaya de acá muy contento para que los indios tengan conocimiento como acá son tratados y de las cosas de la fe para que sea causa de más ligeramente los atraer a ella"14.

 

Sin embargo, su vida debió verse finalmente truncada al enfermar gravemente y morir en agosto de 1506. Durante su enfermedad estuvo en casa de un tal García Sánchez de la Plaza, vecino de Sevilla, que cobró 1.156 maravedís porque "tuvo en cargo al dicho indio en su casa y lo mantuvo y sirvió desde quince de junio hasta nueve de agosto que murió" (Ladero 2002: 116).

 

 

6.-LA ETAPA FINAL DE SU VIDA EN LA ESPAÑOLA

En principio podría ser difícil creer que el cacique Diego Colón que encontramos en un proyecto de libertad del Comendador Mayor, Nicolás de Ovando, en 1508, y más tarde aún en el repartimiento de 1514, sea el mismo joven indio que encontrara Colón en Guanahaní en octubre de 1492. Y todo ello, porque la tasa de mortalidad del indio antillano en las primeras décadas de la colonización fue tan elevada que antes de mediar el siglo habían desaparecido prácticamente.

Pero físicamente es posible y Diego demostró su fortaleza al superar sin problemas dos viajes a Castilla, el contacto directo con los españoles y los problemas epidemiológicos. Ya hemos dicho que cuando Colón lo encontró debía ser un muchacho de corta edad, probablemente entre 12 y 15 años por lo que en 1514 debía tener entre 34 y 37 años. Una edad que, pese a la elevada tasa de mortalidad y a la escasísima esperanza de vida entre los indios resulta del todo factible. Por otro lado, no podemos perder de vista las palabras de Bartolomé de Las Casas quién dijo de él que lo conoció mucho y que “vivió en esta isla muchos años, conversando con nosotros” (Olaechea 1998: 634).

Así, pues, sabemos que en 1508 el viejo gobernador frey Nicolás de Ovando lo utilizó en su experimento de libertad15. Para ello seleccionó a los caciques más ladinos –o castellanizados- que encontró en la isla entre los que se encontraba, como no, Diego Colón. El Comendador Mayor buscaba indios castellanizados y obviamente nadie mejor que el guatiao de Colón. El fin explícito era el de averiguar si los indios tenían capacidad para vivir en libertad como "labradores de Castilla". Y como no podía ser de otra forma a Diego Colón, junto al cacique Alonso de Cáceres, se le dio asiento en el término de la ciudad de Santo Domingo.

Ignoramos el tiempo exacto que estuvieron estos indios en libertad, aunque, según declaró Juan Mosquera en el interrogatorio de los Jerónimos, debieron ser seis años. El resultado, según afirmaron todos los encuestados, fue el fracaso total. Los indios libertados sólo se dedicaron a sus "cohobas", "areytos"16 y "otras holgazanerías", descuidando sus haciendas y granjerías. El problema que subyacía tras esta realidad la apuntó con cierta claridad el licenciado Serrano:

 

"Lo que de la condición de los dichos indios se alcanzó es que no son codiciosos de honra, ni de riquezas y como estas dos cosas principalmente mueven a los hombres a trabajar y adquirir...Cesará todo lo que para ella -se refiere a la vida- es necesario..." (Mira 1997: 110-111).

 

Tras el fracaso del experimento ovandino, el cacique Diego Colón debió permanecer en Santo Domingo, donde vivió al menos hasta 1514 en que lo encontramos documentado en el Repartimiento General de Alburquerque. Concretamente aparecen dos caciques con el mismo nombre, uno en Santo Domingo con 29 indios, repartidos todos ellos a Francisco de Arbolancha, y otro, en Concepción de la Vega, solo con 15 indios, repartidos a Pero Lope de Mesa (Arranz 1991: 555 y 561).

Pero ¿quiénes eran estos dos caciques del mismo nombre? Vayamos por partes: primero, debemos decir que ambos caciques eran la misma persona. En el texto del repartimiento está la clave al decir que los repartimientos de Concepción de la Vega se completaron con indios procedentes de caciques de Santo Domingo (Olaechea 1998: 635). Por ello, Juan Bautista Olaechea llegó a la conclusión que algunos de los indios del cacique Diego Colón debieron destinarse a completar la dotación de mano de obra indígena de los vecinos de la villa de Concepción.

Y segundo, todos los indicios parecen apuntar a que el cacique de Santo Domingo debía ser el guatiao de Guanahaní. Olaechea Labayen niega está posibilidad, al decir que éste, al ser natural de Guanahaní, no podía ser cacique en Santo Domingo (1998: 635). Sin embargo, ya hemos comentado a lo largo de este trabajo que el citado guatiao se afincó definitivamente en Santo Domingo, desposándose con la hermana del gran cacique Guarionex. Nada tenía de particular que ahora figurase como cacique en la Española. Por otro lado, existe la problemática de que su cacicazgo estuviese en Santo Domingo, en tierras que fueron del cacique de Caicimu, Canoabo, y no en la provincia de Cayabo donde estaba radicado el cacicazgo de Guarionex (Vega 1980: 67). Sin embargo, tampoco este aspecto tiene nada de particular dado que, el río que pasa por la ciudad de Santo Domingo –el Ozama- era precisamente la frontera entre ambas demarcaciones territoriales. En definitiva, el guatiao Diego Colón, pese a ser natural de Guanahaní, fue cacique en la Española y perfectamente pudo adoptar un cacicazgo en torno a la ciudad de Santo Domingo, donde residía.

Lamentablemente, desde 1514 perdemos toda pista sobre él, pues, no lo encontramos entre los indios reducidos por los Jerónimos en 1519. En principio parece improbable que volviera a sobrevivir a la mortífera epidemia de viruelas que asoló Santo Domingo en 1519, matando a tres cuartas partes de la población indígena (Mira 1997: 144). Más bien, nos parece que debió fallecer en esa gran epidemia, cuando debía estar en torno a los 40 años de edad.

En definitiva, en estas líneas hemos intentado reconstruir la vida de un protagonista singular en la historia del Descubrimiento, como es la del guatiao Diego Colón. Un indio que conoció la América prehispánica y la Colonial, que vivió en la soledad de la selva tropical de Guanahaní, en la España de principios del Quinientos y en el Santo Domingo Colonial. Un personaje, pues, excepcional del que por desgracia, y pese a que conoció la lengua castellana, no han llegado testimonios personales escritos. ¿Qué ideas pasaron por la cabeza de este aborigen?, ni lo sabemos ahora ni probablemente lleguemos a saberlo nunca.

 

 

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1  De hecho en la pregunta octava de un interrogatorio sobre los indios Caribes de las Antillas Menores, se decía que junto a estos había otros “llamados guatiaos los cuales son domésticos y mansos”. Probanza sobre la captura de indios Caribes, 17 de junio de 1519. AGI, Justicia 47, N. 1, R. 3. Pocos años después, el padre Las Casas informaba que los indios de la isla Trinidad no eran caribes “sino guatiaos”, aludiendo simplemente al carácter pacífico de estos aborígenes. AGI, Justicia 45, N. 1.

2

 Tenemos información de un buen número de caciques y guatiaos que estuvieron en la Península a lo largo del siglo XVI entre ellos el de don Diego Colón, objeto de este estudio, don Pedro Moctezuma, Francisco Tenamaztle, don Pedro de Henao y el también guatiao don Luis de Velasco, entre otros. (Mira 2003).

3     El padrino debió ser el hijo del Almirante y no su hermano que, en esos momentos, no se encontraba en España.

4 Sobre la labor de los indios de Guanahaní como guías en aguas antillanas existe un magnífico, fundamentado y detallado trabajo de (Adam Szászdi 1995). Sobre la utilización de las rutas indígenas por otros descubridores y en especial por Alonso de Ojeda puede verse el reciente trabajo de (István Szászdi 2001).

5 (Herrera 1991, I: 309). No es difícil imaginar el interés inusitado que debió despertar Colón y su cortejo a lo largo del recorrido, en tierras sevillanas, cordobesas, murcianas levantinas y catalanas.

6 El indio don Juan se quedó en Barcelona porque el joven Príncipe se encaprichó con él. No obstante, no tuvo suerte y murió de una enfermedad poco tiempo después.

 

7 Muchos otros indios fueron bautizados a lo largo de la centuria decimosexta, obviamente, sin el boato de los primeros. Y de hecho aparecen registrados en los libros de bautismo de las parroquias como cualquier otro cristiano. Así consta en las primeras partidas de bautismo de indios en Guadalupe así como en otras muchas que encontramos en los libros de bautismo de muchas parroquias españolas. Así, por ejemplo, en Sevilla se bautizaron, entre 1526 y 1550, como otros cristianos más, cuarenta y cinco indios. (Franco 1978: 86-87; Mira 2000: 125-126).

 

8 Hasta hace poco se pensaba que la gran epidemia desatada en la Española a raíz de la arribada de Colón en su segunda travesía era la influenza suina transmitida por la famosa cerda de la Gomera (Guerra 1985: 325-347). Estudios recientes parecen indicar que la epidemia desatada fue en realidad la viruela que portaban algunos de los pasajeros que iban con Colón, entre ellos tres de los cuatro indios. (Cook 2003: 57).

9 En este sentido escribió Pedro Mártir de Anglería lo siguiente: “Dejan heredero del reino al primogénito de la hermana mayor, si lo hay; si no al de la segunda; y si ésta no tiene prole, al de la tercera, porque hay certidumbre de que aquélla es prole nacida de su sangre; pero a los hijos de sus esposas los tienen por ilegítimos. Si no los hay de sus hermanas, lo dejan a sus hermanos y a falta de estos, entonces a los hijos…”.(Anglería 1989: 233; Cit. en SZÁSZDI 1991: 409).

10 Debe ser incorrecto el dato que nos proporciona Las Casas al decir que Bartolomé Colón pidió a los españoles que estaban con Francisco Roldán que se fuesen a los pueblos del cacique Diego Colón (Las Casas 1951, I: 454). No parece probable que Diego Colón, siendo natural de Guanahaní, fuera cacique en la Española antes del fallecimiento de Guarionex.

11    Respuesta a los oficiales de la Casa de la Contratación, Segovia, 11 de agosto de 1505. AGI, Indiferente General 418, L. 1, fols. 171v-172. Cuentas del tesorero de la Casa de la Contratación Sancho de Matienzo. AGI, Contratación 4674, L. 1, f. 483v.

12   Cuentas del tesorero de la Casa de la Contratación Matienzo, 1505. AGI, Contratación 4674, L. 1, f. 483v.

13   Descargo al cirujano de 485 maravedís por la cura que hizo al cacique Diego Colón, 26 de junio de 1505. AGI, Contratación 4674, L. 1, f. 96v.

14        Respuesta a los oficiales de la Casa de la Contratación, Segovia 11 de agosto de 1505. AGI, Indiferente General 418, L. 1, ff. 171v-172v.

15     Sobre la cuestión puede verse (Mira 1997: 110-112).

16 Las cohobas eran sahumerios de polvos de tabaco que utilizaban para embriagarse, mientras que los areytos cantos y bailes típicos de los taínos (Tejera 1951 : 24-27, 144-147).

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INDIOS NOBLES EN LA CORTE REAL ESPAÑOLA (S. XVI)

 

(*) Este artículo fue publicado en la Revista Temas Américanistas, que edita el Departamento de Historia de América de la Universidad de Sevilla.

1.-INTRODUCCIÓN

Como es bien sabido a lo largo del siglo XVI arribaron a la península Ibérica varios miles de indios, siendo su trato de muy diversa índole, a saber: unos pocos caciques fueron tratados con la dignidad que su rango merecía, mientras que otros -la mayoría- corrieron peor suerte, siendo vendidos en los principales mercados de esclavos.

Efectivamente, el envío de indios con destino a la Península dio comienzo muy pronto, cuando Cristóbal Colón, al regreso de su primer viaje, trajo consigo varios presentes a los Reyes, entre los que figuraban en torno a una decena de indios. En un primer momento este tráfico fue aceptado por los Reyes que tácitamente atribuyeron a estos aborígenes el mismo status que habían gozado los musulmanes peninsulares hasta 1492, disponiendo, pues, su venta en los mercados andaluces. Sin embargo, poco después se inició un proceso legislativo, que culminó con las Leyes Nuevas de 1542, tendente a suprimir la esclavitud de los indios. Y justo un año después, es decir, en 1543, se prohibió expresamente su trata con destino a la Península Ibérica1. Concretamente se dispuso que "ninguna persona pueda traer ni enviar indio alguno con licencia ni sin ella, aunque pretendan ser sus esclavos y tener derecho para ello, ni de los que fueren libres, aunque digan que quieren ir de su voluntad"2.

Esta prohibición tenía su lógica interna por tres motivos: uno, porque los indios fueron considerados desde tiempos de Isabel la Católica como vasallos de la Corona de Castilla, status que era incompatible con su trata y esclavitud. Dos, porque una de las causas que provocó la introducción de esclavos negros en América fue precisamente la protección del indio. Y tres, porque la trata de indios, a diferencia de lo que ocurría con el comercio de esclavos negros, no sólo no reportaba ingresos directos a la Corona sino que además suponía perder efectivos en las minas americanas. Por tanto, la trata del indio americano con destino a los mercados esclavistas españoles ni era coherente con el discurso oficial, ni era moral, ni en principio era racional desde el punto de vista económico.

En aplicación de esta ley la Corona ordenó a Gregorio López que hiciese una lista con los aborígenes americanos que había en Sevilla y que debían liberarse. Pero, como era de esperar, esta revisión de los títulos de esclavitud del indio, llevada a cabo en España y en América, fue muy mal acogida por los propietarios. La Corona debió insistir para que no solo se revisasen los títulos de propiedad sino para que se pusiesen inmediatamente en libertad a las mujeres indígenas y a los menores de 14 años3. Desde entonces todos los descendientes de mujeres indígenas fueron considerados automáticamente libres, incluso en los casos en los que el padre era indio o incluso negro4.

La libertad otorgada al indígena de las colonias españolas así como la prohibición de su trata supuso un hito importante en la historia social de Hispanoamérica. Sin embargo, también es justo reconocer que esta legislación no supuso a corto plazo el fin de la esclavitud indígena ni de su tráfico ilegal con destino a la Península Ibérica.

Para empezar estas medidas no afectaron a los indios esclavos ya estantes previamente en España, los cuales continuaron sumidos en la más profunda servidumbre y debieron pleitear individualmente por conseguir su ahorría. Así, se deduce al menos de un informe dirigido al Rey en 1549, en el que se afirmaba que en Sevilla había "muchos indios e indias libres que los españoles los tienen por esclavos y se sirven de ellos como tales, no lo pudiendo ni debiendo hacer"5. Por este motivo se ordenó que se volviesen a solicitar los títulos de esclavitud de los indios y a los propietarios que no los tuviesen les fuesen quitados y puestos en libertad.

Pero, es más, nuevos indios continuaron llegando a la Península a través de Lisboa, a cuyo mercado esclavista acudían los traficantes españoles a comprar indios, la mayoría procedentes del Brasil aunque no faltaban los de la América Española. Evidentemente aquellas personas que se dedicaban a traer indios americanos optaban por poner rumbo al puerto de Lisboa para evitar de esta forma las prohibiciones vigentes en los territorios castellanos. A la capital lusa acudían desde la década de los treinta muchos mercaderes españoles donde compraban "piezas indígenas" a muy bajo precio que después vendían en distintas ciudades españolas.

Hasta tal punto se siguieron vendiendo indios en España que la Corona se vio obligada a ratificar nuevamente la prohibición el 21 de septiembre de 15566, sin que sirviese tampoco para detener totalmente el tráfico de indios. Al año siguiente se prohibió la venta de 30 indios en Santo Domingo y los dueños mostraron su disgusto, afirmando que en Sevilla se vendían públicamente con el total consentimiento de las autoridades españolas. Y debía ser cierto ya que a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XVI, e incluso, en el XVII, nos consta documentalmente la venta de indios en numerosas ciudades españolas como Córdoba, Sevilla, Badajoz, Huelva, etc. No en vano, en el capítulo XV de un memorial para la reformación de la navegación, fechado en 1568, se planteó la necesidad de comprobar si los navíos traían metales preciosos sin registrar "o si vienen algunos indios"7. Asimismo en el capítulo XVII se afirmaba que muchos españoles que llevaban numerario sin registrar lo gastaban en las Azores en comprar mercaderías y esclavos, "así negros como indios"8. Además resultaba muy difícil aplicar la legislación vigente sobre la libertad de los indígenas porque no había grandes diferencias étnicas con los indios del Brasil, cuya trata estuvo permitida al menos hasta 1570.

Y cuando dejaron de venderse definitivamente como esclavos, los indios estantes en la Península siguieron sirviendo como criados, en una situación que ofrecía pocas diferencias con su antigua servidumbre. No obstante sí es cierto que, gracias a la política proteccionista del indio por parte de las autoridades españolas, la arribada de indios esclavos a la Península se ralentizó desde la década de los cuarenta y prácticamente desapareció en el último cuarto del siglo XVI.

 

2.-LA OTRA CARA DE LA MONEDA: EL TRATO PREFERENCIAL DE LOS CACIQUES

Como ya hemos afirmado, desde un primer momento las autoridades españolas tuvieron un trato muy diferente y favorable con los indios pertenecientes al grupo caciquil. Se trataba de una postura que tenía rancias raíces históricas en el solar peninsular, pues, en las célebres Partidas del Rey Alfonso X se recomendaba que se prestase especial atención a los hijos de los nobles9. Además, había precedentes mucho más cercanos en el tiempo, pues, ya los portugueses, en su proceso de expansión atlántica por el África Negra, habían llevado una política similar de respeto a los privilegios de los reyezuelos locales. Sin embargo, al margen de los precedentes históricos, había una realidad evidente de la que las autoridades españolas no tardaron en percatarse y era la fe ciega que los indios profesaban a sus caciques. Así, pues, la postura oficial de reconocimiento de la nobleza indígena tenía su lógica, mucho más allá de la tradición histórica, pues se tenía claro que, atrayéndose al grupo caciquil, se podría controlar mucho más fácilmente al grueso de los indios. Por ello, una de las principales estrategias utilizadas por las autoridades españolas para hispanizar al indígena fue precisamente, como afirma István Szászdi, la conversión y transformación de los caciques en vasallos ejemplares a los ojos de sus distintas comunidades indígenas10.

Así, pues, desde las primeras décadas del siglo XVI se expidieron una serie de disposiciones tendentes a igualar el status de los caciques indios con el de los hidalgos castellanos11. De hecho, desde muy pronto se expidieron autorizaciones para que algunos indios de alto rango social utilizasen el título de "don". Concretamente, tal merced fue concedida en la temprana fecha de 1533 a don Enrique, indio alzado en las sierras del Bahoruco en la Española y, con posterioridad, a un sinnúmero de indios. Y hasta tal punto fue cierta la intención de equiparar a estos caciques con la nobleza española que incluso encontramos algún caso, como el del indio Melchor Carlos Inga, descendiente de Hueyna Capac, a quien en 1606 se autorizó su ingresó como caballero de la Orden de Santiago12.

Este reconocimiento social se vio siempre acompañado de una política educativa que daba prioridad absoluta a los jóvenes caciques. Y el acierto fue tal que desde los primeros años de la colonización antillana reportó grandes frutos13. Más tarde, y concretamente desde 1535, comenzaron a aparecer colegios especiales para los hijos de caciques, muy parecidos a los "seminarios de nobles"14.

 

3.-INDIOS NOBLES EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI

De los hijos de caciques y de los mestizos que fueron traídos a la Península para su educación en colegios y en conventos españoles ya nos hemos ocupado en otra ocasión15. También son bien conocidos no pocos casos de mestizos que alcanzaron fama, fortuna y prestigio en la España Moderna, integrándose plenamente en la élite peninsular16.

Sin embargo, muchas menos noticias teníamos de la arribada a España de indios nobles así como su vida en Castilla y el trato recibido a este lado del océano. Por ello, en estas páginas nos vamos a centrar en algunos casos, buena parte de ellos totalmente inéditos, de caciques que arribaron a la Corte Real y que fueron tratados con las atenciones y los privilegios propios de una alta dignidad diplomática, hasta el punto de sufragar la propia Corona todos los gastos derivados de su estancia en tierras españolas.

Como es sabido, los primeros jóvenes caciques que pisaron tierras peninsulares son los que trajo Cristóbal Colón al regreso de su primer viaje y que fueron bautizados en el monasterio de Guadalupe en 1493, según relataba Gonzalo Fernández de Oviedo:

"Y ellos de su propia voluntad y (a)consejados, pidieron el bautismo; y los Católicos Reyes, por su clemencia, se lo mandaron dar; y juntamente con sus Altezas, el serenísimo príncipe don Juan, su primogénito y heredero, fueron padrinos. Y a un indio que era el más principal de ellos, llamaron don Fernando de Aragón, el cual era natural de esta isla Española y pariente del Rey o cacique Goacanagarí; y otro llamaron don Juan de Castilla; y los demás se le dieron otros nombres, como ellos los pidieron o sus padrinos acordaron que se les diese conforme a la iglesia católica"17.

 

Es muy poco lo que sabemos de estos primeros caciques indios traídos por Colón, pues, la mayor parte de ellos murieron en breve plazo, aquejados de viruelas18. Tan sólo tenemos bien documentado a uno de ellos, es decir, al indio Diego Colón, originario de la isla de Guanahaní. Allí lo encontró el Almirante en octubre de 1492 y, como indio amigo o guatiao, lo bautizó con el nombre de su hijo19. Su estancia en la Península debió ser muy fructífera, pues, Colón consiguió su objetivo de formar a un traductor para su segunda expedición. Y también de ello nos dejó constancia Fernández de Oviedo:

"E como el Almirante volvía consigo algunos de los indios que había llevado a España, entre ellos uno que se llamaba Diego Colón, y había mejor que los otros aprendido, y hablaba ya medianamente la lengua nuestra, por su interpretación, el Almirante fue muy enteramente informado de muchos indios y del propio rey Goacanagarí de cómo había pasado lo que es dicho, mostrando este cacique mucho pesar de ello..."20.

 

Posteriormente, vivió en casa del gobernador de la Española, frey Nicolás de Ovando. Sin embargo esta situación duró muy pocos meses porque el 25 de junio de 1503 fue enviado de nuevo a tierras castellanas, junto a otros dos caciques, en una flota que partió de Santo Domingo21. Ya en España, murieron en poco tiempo los dos caciques acompañantes mientras que Diego continuó viviendo y aprendiendo a leer, con unas cartillas que se le compraron para tal fin22. Sabemos que durante su estancia estuvo afectado por cierta enfermedad pues, en 1505, fue curado de "una postema que le salió... en la garganta"23. El indio recibió en todo momento buen trato, pues, no en vano la Corona pensaba obtener de nuevo grandes servicios a su vuelta a la Española, según se deduce de una respuesta de Su Majestad a los oficiales de la Casa de la Contratación:

"Lo que decís del indio hijo de cacique que habéis hecho relación tened cuidado de lo continuar y que sea muy bien tratado así en lo espiritual como en lo temporal de manera que cuando plugiere a Dios que se haya de tornar a la Española vaya de acá muy contento para que los indios tengan conocimiento como acá son tratados y de las cosas de la fe para que sea causa de más ligeramente los atraer a ella"24.

 

Durante su segunda estancia en Castilla el joven cacique fue instruido tanto en gramática como sobre todo "en las cosas de la fe"25. No sabemos en qué año regreso exactamente a la Española pero en 1508 estaba ya en la isla, pues, frey Nicolás de Ovando lo utilizó en un experimento de libertad. Y éste es el último dato fiable que tenemos de este cacique tras su dos periplos en tierras peninsulares. En la lista de caciques repartidos por Alburquerque en 1514 encontramos de nuevo un indio llamado Diego Colón, aunque en principio parece difícil que pueda tratarse de la misma persona, veintidós años después de que lo encontrará el Primer Almirante.

Unos años después encontramos a otro cacique que acudió en compañía de su mujer e hijos a la Corte de Carlos V. Se trataba del cacique Juan Garçés, que trabajaba en una hacienda de la Rivera de Toa en Puerto Rico y que arribó a España "a nos informar de algunas cosas"26. En España debió ser recibido con los privilegios y con el trato preferencial que se les brindaba a todos los indios nobles. Por desgracia, no sabemos casi nada de su estancia en la Península, más que la petición formulada en febrero de 1528 para que le diesen pasaje para volverse a la isla de San Juan. El Emperador, como era de esperar dispuso que fuese encomendado a alguien "que lo trate bien y le de comer a quien sirva para que lo pase allá"27.

Pocos años después, y concretamente en 1533, llegaron a tierras españolas los caciques don Pedro Moctezuma y don Gabriel, acompañados por dos indios de servicio y tutelados por Francisco de Santillana. Ambos caciques permanecieron varios años en España, donde recibieron honores y privilegios propios de la alta nobleza española. Incluso el Rey tuvo a bien darle una importante merced, de esas que hasta ese momento estaban reservadas para los conquistadores españoles. Concretamente se les concedió 2.000 pesos de oro a perpetuidad sobre "los indios vacos de México". El 22 de noviembre de 1540 solicitaron pasaje para volverse a Nueva España, retornando a su tierra en 154228.

En mayo de 1554 se presentó en la corte española don Francisco Tenamaztle, cacique de los pueblos de Noxtlan y Sucxipila, en Nueva Galicia, acompañado por un intérprete indio. El Emperador dejó dispuesto por una Real Cédula, dada en Valladolid el 10 de mayo de 1554 y refrendada del secretario Samano, que se abonasen al dicho indio cuatro reales diarios para su mantenimiento durante "todo el tiempo que estuviese en esta corte" a contar desde el 4 de mayo del citado año29. Y, en vista del trato recibido y de la pensión diaria a costa de las arcas reales, el ilustre indio decidió quedarse una larga temporada en la Península, para "conocer" bien los reinos de España. No sabemos mucho más sobre su estancia en la Península, sus actividades, los lugares visitados, etcétera porque la documentación es parca al respecto. Sin embargo, sí sabemos que estuvo en tierras castellanas hasta el 10 de noviembre de 1556, fecha en la que falleció, después de haber permanecido postrado en una cama desde septiembre de 1556. Los costes de su estancia en la Península sumaron 125.974 maravedís, de los que 119.974 correspondieron al salario diario del mencionado indio30 y los restantes 6.000 a los gastos que ocasionaron su enfermedad. Y no se escatimaron cuidados durante los dos meses que duró su agonía, pues, el Rey dispuso que Cristóbal de San Miguel, solicitador del fisco, se encargase de que "hiciesen curar a don Francisco Tenamaztle". No obstante, y muy a pesar de que dispuso de las atenciones de un médico de reconocido prestigio en su época, como el doctor Peñaranda, el indio falleció en breve plazo31.

Pero, don Francisco Tenamaztle no era el único cacique que por aquellas fechas andaba en la Corte, pues, don Juan, cacique de Utlatlán, también se encontraba allí al menos en noviembre de 1557 cuando se le abonaron 3.000 maravedís "para ayuda a se ir de esta corte a Sevilla"32.

Unos seis años después era el cacique don Francisco Inga Atabalipa quién acudía a la Corte Real a hablar de "ciertos asuntos" con los miembros del Consejo de Indias. El 23 de agosto de 1563 se expidió una Real Cédula para que se le abonasen al citado cacique los maravedís que fueran necesarios para su sustentación33. El 2 de septiembre de ese mismo año Ochoa de Luyando descargaba al propio don Francisco Inga 50 ducados -unos 18.750 maravedís- para "ayuda a su sustentación"34.

Mucho más documentada tenemos la presencia en la corte de Felipe II de don Luis de Velasco, cacique de la Florida, y otro indio que traía como criado o acompañante. No sabemos cuándo arribó a la Península pero sí que en diciembre de 1566 se encontraba en Madrid, localidad en la que residió hasta el 12 de junio de 1567 "en que el dicho indio se fue a Sevilla"35. No sabemos por qué motivo el trato dispensado a este indio fue muy especial. Además de la pensión de cinco reales diarios, abonados entre primero de enero de 1567 y el 12 de junio del mismo año, a este cacique se le agasajó con todo tipo de lujos que costaron a la Corona varias decenas de miles de maravedís. Por un lado, la residencia del indio en una posada de Madrid, fue abonada aparte, a través del beneficiado de la iglesia de Santa Cruz de Madrid, que a la sazón había sido el encargado de buscarle una residencia adecuada en la capital española36.

Los gastos en vestido y calzado para él y su mozo fueron absolutamente desproporcionados y costeados por la Corona en diversos descargos fechados sucesivamente en diciembre de 156637, y en marzo y abril de 156738. El indio vestía a la usanza castellana, con sombrero, zapatos, capa y espada39 y, cuando acudía a misa, lo hacía provisto con un rosario que le regalaron40. De entre todas los enseres que don Luis de Velasco poseía tan sólo había uno que recordaba su origen indio: tenía un arco y compró en varias ocasiones casquillos para las flechas porque debía tener buena destreza con el arma y, cuando la ocasión lo permitía, deleitaba a los presentes con sus buenas artes41.

También, adoptó las costumbres propia de los castellanos acudiendo con regularidad a lugares tan cotidianos como la barbería para "quitarse el pelo"42. Asimismo, iba regularmente a misa, todos los domingos y fiestas de precepto, concretamente al templo de Nuestra Señora de Atocha, entregando en cada ocasión un real de limosna. En algunas ocasiones acudía al mencionado templo a cumplir con el sacramento de la confesión, como se desprende de uno de los descargo de Ochoa de Luyando:

"Víspera de la Trinidad y domingo siguiente le dio trece cuartos que le pidió que dijo se iba a confesar a Nuestra Señora de Atocha (52 maravedís)43.

 

E incluso, se permitía acudir a Nuestra Señora de Atocha para encargar una misa propia, como ocurrió el 26 de marzo de 1567 en que le pidió tres reales a Ochoa de Luyando para "hacer decir una misa y pagar un real que dijo que debía y para dar limosna"44.

Pero, es más, el indio se paseaba por las calles de Madrid, a la usanza de los grandes nobles de España, repartiendo limosnas allá por dónde iba. Normalmente lo hacía los domingos donde, además de la cuantía entregada en la colecta, daba otras limosnas suponemos que a los indigentes y pedigüeños que habría a las puertas del templo, gastándose regularmente entre uno y dos reales.

Del resto de sus actividades diarias es muy poca la información que nos ofrece la documentación. Tan solo encontramos en la relación de gastos presentada el 22 de marzo de 1567 un pequeño descargo que decía así: "por ver un retablo que se representaba 16 maravedís"45. Se trataba de una especie de representación teatral de temática sacra que, habitualmente en esta época, se escenificaba dentro de los templos.

Finalmente, el 12 de junio de 1567 partió de Madrid con destino a Sevilla. Probablemente, el silencio documental nos evidencia que debió embarcarse sin problemas con destino, primero, a Nueva España, y luego, a su tierra de origen en la Florida.

Y para finalizar, queremos al menos citar el caso de otro cacique, llamado don Pedro de Henao, que acudió a la Corte en torno al año de 1584. Don Pedro era el cacique de los pueblos de Ypiales -donde él residía- y Potosti, ambos ubicados en el actual Ecuador. No sabemos, la fecha exacta de su primera arribada a la Península y a la Corte, aunque sí la segunda, ocurrida en 158446.

Nuevamente, en esta ocasión el trato que recibió de la Corona fue exquisito, no escatimándose gastos para que el cacique se encontrase en la Península lo mejor posible. Para su estancia en Madrid, en una posada, manutención, vestido y calzado, así como por los gastos derivados de una enfermedad que padeció en la capital se desembolsaron nada menos que 1.279 reales, es decir, poco más de 116 ducados. Asimismo, se destinaron 243 reales para pagar los gastos del viaje de regreso de Madrid a Sevilla. No se abonó el pasaje porque llevaba un salvoconducto para que el general de la flota le diese, en la capitana o en la almiranta, pasaje gratuito a él y su criado, así como las raciones de comida que les correspondiesen. Y no fueron estas las únicas mercedes reales que obtuvo, pues, la Corona decidió darle 500 ducados de los bienes de difuntos sin herederos para comprar ornamentos y cálices para la iglesia del pueblo de Ypiales. Igualmente, llevaba diversas cédulas: una de recomendación ante los oidores de la Audiencia de Quito, otra disponiendo que no hubiese servicios personales entre los indios y, finalmente, otra permitiéndole llevar un "maestro de hacer azulejos y un organista, casados, con sus mujeres e hijos"47.

Sin embargo, en el trayecto hasta Sevilla Henao debió sufrir un percance no bien aclarado en el que fue robado y despojado de lo que llevaba. Por ello, retornó de nuevo a la Corte donde no sólo consiguió duplicados de las cédulas otorgadas sino incluso otras mercedes firmadas por Felipe II48. Y nuevamente se destinó una partida, esta vez de 100 ducados, para pagar los gastos del viaje de vuelta, incluyéndose una precavida observación, es decir, que la entrega del dinero se hiciese de la siguiente forma: "los diez aquí, para con que se vaya a Sevilla, y los noventa en Tierra Firme, para con que se pueda ir desde allí a su tierra porque si acá se le dan lo gastará y no tendrá con qué poder hacer su viaje"49.

Como ya hemos dicho, Henao se fue con todos sus objetivos cumplidos, llevándose bajo el brazo un buen número de concesiones y mercedes destinadas a mejorar tanto su propio status social como la vida diaria de los indios de su cacicazgo.

 

4.-CONCLUSIONES

Nuestra intención no ha sido ser exhaustivos en el tema de los caciques indios arribados a la Península en el siglo XVI. Nos hemos limitado, en cambio, a sintetizar algunos de los ejemplos más conocidos, aportando otros que lo eran menos. Sin embargo, creemos que los casos expuestos nos dan una idea clara del trato de favor dispensado por la Corona a la nobleza indígena. Una política muy acertada para los intereses de España que las autoridades hispanas tuvieron siempre muy clara. Prueba de ello es la gran cantidad de recursos empleados en la manutención de estos aborígenes durante sus a veces prolongadas estancias en la capital de España. Como hemos podido comprobar y verificar en este artículo la Corona en ningún momento escatimó gastos.

Obviamente se trataba de una actitud que contrastaba abiertamente con la mostrada hacia el común de los indígenas americanos, tanto los residentes en América como los de la propia Península, donde se vendieron como esclavos hasta bien avanzado el siglo XVI. Y cuando esta trata ya no fue posible se permitió que continuasen sirviendo a sus dueños en calidad de criados, condición que en estos casos poca diferencia tenía con su primitiva situación servil.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 Los aspectos legales de la prohibición de la trata los he analizado con detalle, tanto para el caso de los taínos de las Antillas como para el de los indios traídos a la Península Ibérica. MIRA CABALLOS, Esteban: El Indio antillano: repartimiento, encomienda y esclavitud (1492-1542). Sevilla, Muñoz Moya Editor, 1997, págs. 261-311.- Indios y mestizos en la España del siglo XVI. Madrid, Iberoamericana, 2000, págs. 43-60.

2    MIRA CABALLOS: Indios y mestizos en la España del siglo XVI..., pág. 57.

3    IBIDEM, pág. 58.

4    Por citar un ejemplo concreto, en un pleito por la libertad del indio Gaspar, en 1561, un testigo declaró lo siguiente: "A la cuarta pregunta dijo este dicho testigo que dice lo que dicho tiene en la pregunta antes de ésta y que así tiene este testigo por cierto que si el dicho mulato fuera hijo de india aunque no pidiera su libertad la justicia se la hubiera dado como ha hecho a los demás mestizos, hijos de indias e indios y de indias y negros...". Otro de los testigos, Nuño de Carvallar, declaró que "ningún mulato hijo de india es esclavo", lo que deja fuera de toda duda el carácter libre de todo hijo de india ya fuese indio, mestizo o zambo. Pleito por la libertad del indio Gaspar, propiedad de Hernando de Villanueva, 1561. AGI, Justicia 1025, N. 1, R. 2. Citado en MIRA CABALLOS: Indios y mestizos en la España del siglo XVI..., pág. 58.

5    Real Cédula a los oficiales de la Casa de la Contratación, Valladolid, 1 de mayo de 1549. AGI, Indiferente General 1964, L. 11, ff. 226-226v.

6    Recopilación de Leyes de Indias de 1680, T. II, Lib. VI, Tit. I. Ley XVI, f. 189v. Citado en MIRA CABALLOS: Indios y mestizos en la España del siglo XVI..., pág. 59.

7    Ordenanzas para la reformación de la Carrera de Indias, 1568, fol. 33v. AGI, Indiferente 2673.

8    IBIDEM.

9    Partida I, Tit. V, Ley 51. Citado en OLAECHEA LABAYEN, Juan Bautista: :"Experiencias cristianas con el indio antillano", Anuario de Estudios Americanos, XXVI. Sevilla, 1969, pág. 86.

10    SZÁSZDI LEÓN-BORJA, István: "Las élites de los cristianos nuevos: alianza y vasallaje en la expansión atlántica (1485-1520)", Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas, Nº 36. Hamburgo, 1999, pág. 31.

11    Ya por una Real Cédula del 17 de julio de 1572 se eximió a los caciques del pago de impuestos, equiparándolos fiscalmente con la nobleza española. Una igualación de hecho con los nobles peninsulares que cobró naturaleza jurídica el 12 de marzo de 1697 cuando, por una Real Provisión, se les reconoció explícitamente los mismos privilegios que tenían los "nobles hijosdalgos de Castilla". Citado en LARIOS MARTÍN, Jesús: "Hidalguías e hidalgos de Indias", I Congreso Ítalo-español de Historia Municipal y de la Asamblea de la Asociación de Hidalgos. Madrid, Hidalguía, 1958, págs. 208-211.

12    IBÍDEM, págs. 210-211.

13    A decir verdad, la estrategia no pudo ser más eficiente. De hecho ya los primeros indios, educados por los franciscanos en sus conventos de Santo Domingo y Concepción de la Vega (isla Española), fueron de gran utilidad en los años sucesivos ya que se utilizaron como lenguas tanto en la conquista de las demás Antillas Mayores como de Tierra Firme. A este respecto puede verse mi trabajo: "La educación de indios y mestizos antillanos en la primera mitad del siglo XVI", Revista Complutense de Historia de América, Nº 25. Madrid, 1999, pág. 53.

14    LARIOS MARTÍN: Ob. Cit., pág. 209.

15    MIRA CABALLOS, Esteban: La educación de indios y mestizos antillanos en la primera mitad del siglo XVI", Revista Complutense de Historia de América, Nº 25. Madrid, 1999, págs. 51-66.

16    Hay casos muy conocidos como el del Inca Garcilaso, Leonor de Alvarado Xicontencatl -casada con un noble castellano-, o sobre todo el de don Juan Cano Moctezuma, nieto del emperador azteca Moctezuma. Concretamente este último era hijo de la princesa azteca Teixtalco de Tacuba -bautizada por los españoles como Isabel de Moctezuma- y del cacereño Juan Cano Saavedra que se estableció en Cáceres y formó parte de la élite de esta ciudad. Sobre los Cano Moctezuma puede verse el reciente trabajo de PELEGRÍ PEDROSA, Luis Vicente: "La élite indiana en Cáceres en el siglo XVI. Los negocios de Juan Cano Saavedra", en los XXIV Coloquios Históricos de Extremadura. Trujillo, 1998, págs. 369-397. Pero al margen de estos casos, excepcionales por su magnitud, existen decenas de ejemplos, mucho menos conocidos, de simples mestizos legitimados que, gracias a la fortuna de sus respectivos padres, pudieron vivir en el seno de las modestas élites locales en las distintas villas y ciudades españolas. Por citar un ejemplo concreto, hablaremos de la mestiza Isabel Hernández, hija natural del capitán Gómez Hernández, el cual la reconoció en su testamento y la envió a su villa natal de Montijo (Badajoz) en el tercer cuarto del siglo XVI. Al parecer allí vivió holgadamente el resto de su vida, siendo como era, una de las personas más acaudaladas de la localidad. MIRA CABALLOS, Esteban: "Montijo y América en la Edad Moderna: tres siglos de relaciones", Actas de los IV Encuentros de Historia de Montijo. Badajoz, 2001, págs. 229-230.

17    FERNANDEZ DE OVIEDO: Historia General y Natural de las Indias. Madrid, Atlas, 1992, T. I, Cap. VII, pág. 31. Citado también en MIRA CABALLOS: Indios y mestizos americanos..., pág. 67.

18    SZÁSZDI LEÓN-BORJA: Ob. Cit., pág. 20.

19     ANGLERIA, Pedro Mártir de: Décadas del Nuevo Mundo. Madrid, Editorial Polifemo, 1989, pág. 34.

20    FERNÁNDEZ DE OVIEDO: Ob. Cit. T. I, Lib. I, Cap. XII, págs. 46-47.

21    MARTE, Roberto: Santo Domingo en los manuscritos de Juan Bautista Muñoz. Santo Domingo, Fundación García Arévalo, 1981, pág. 152.

22        Cuentas del tesorero de la Casa de la Contratación Matienzo, 1505. AGI, Contratación 4674, L. 1, f. 483v.

23        Descargo al cirujano de 485 maravedís por la cura que hizo al cacique Diego Colón, 26 de junio de 1505. AGI, Contratación 4674, L. 1, f. 96v.

24        Respuesta a los oficiales de la Casa de la Contratación, Segovia 11 de agosto de 1505. AGI, Indiferente General 418, L. 1, ff. 171v-172v.

25    Respuesta a los oficiales de la Casa de la Contratación, Segovia, 11 de agosto de 1505. AGI, Indiferente General 418, L. 1, ff. 171v-172. Cuentas del tesorero de la Casa de la Contratación Sancho de Matienzo. AGI, Contratación 4674, L. 1, f. 483v.

26    Real Cédula a los oficiales de la Casa de la Contratación, Burgos, 15 de febrero de 1528. AGI, Indiferente General 421, L. 12, fol. 299v.

27    IBIDEM.

28    MIRA CABALLOS: Indios y mestizos americanos en la España del siglo XVI..., pág. 85.

29    Cuentas de Ochoa de Luyando. AGI, Contaduría 1050, fol. 420.

30    El 10 de noviembre de 1556 Ochoa de Luyando hizo un descargo de 119.974 maravedís para pagar el salario de cuatro reales diarios, entre el 4 de mayo de 1554 y el 10 de noviembre de 1556. IBÍDEM.

31    El descargo decía así: "hoy día diez de noviembre de mil quinientos y cincuenta y seis da por descargo mil y quinientos maravedís que por libramiento de los dichos señores pagó al doctor Peñaranda, médico, que se le mandaron dar por lo que trabajó en visitar a don Francisco Tenamaztle, indio difunto, durante su enfermedad". IBÍDEM.

32    Cuentas de Ochoa de Luyando, descargo del 27 de noviembre de 1557. AGI, Contaduría 1050, fol. 421v.

33    Cuentas de Ochoa de Luyando. AGI, Contaduría 1050, fol. 429v.

34    IBÍDEM.

35    El 20 de de abril de 1567 se le abonaron 24 ducados "para el gasto que han de hacer en ir desde esta villa a la ciudad de Sevilla para se aprestar e ir a la Nueva España". Cuentas de Ochoa de Luyando, descargo dado en Madrid el 22 de abril de 1567. AGI, Contaduría 36, s/f. Sin embargo, por motivos que desconocemos el viaje a Sevilla se demoró como ya hemos afirmado hasta el 12 de junio del mismo año.

36    Descargo de 3.400 maravedís al beneficiado de la iglesia de Santa Cruz de Madrid "por lo que pagó de la posada donde tuvo a don Luis de Velasco, indio de la Florida". AGI, Contratación 36.

37    El 13 de diciembre de 1566 se compraron las siguientes prendas: "Cinco varas para sayo y capa del indio a veinticinco reales la vara; tres camisas a quince reales cada una; docena y media de botones; un jubon; una gorra de terciopelo; un sombrero de tafetán con trenza y cairel de oro y unas plumas para el sombrero. Asimismo el 24 de diciembre del mismo año se compraron: un cofre que costó cuarenta y cuatro reales; tres camisas de ruan a diez reales y medio cada una; tres varas de holanda para doce pañuelos de narices a seis reales; dos escofras de Holanda a tres reales cada una; dos pares de zapatos sencillos y dos pares de pantuflos de corcho dieciséis reales y de la hechura de los doce pañizuelos doce reales". IBÍDEM.

38    "El 8 de marzo de 1567 pagó a alvaro de Cuevas, calcetero, y a Juan Llorente, mercader, por cosas que cada uno de ellos dio para unas calzas que se hicieron para don Luis, cacique indio de la Florida. El 22 de marzo de 1567 se abonaron los costes de la siguiente ropa: dos pares de escarpines; una cadena de alquimia falsa dos reales. Y para vestir al mozo del dicho indio: tres varas y media de paño a nueve reales y medio para capote y ropa montan treinta y tres reales y un cuartillo; unas calzas, veintidós reales; de tundir el paño dos reales; de un jubón siete reales y medio; de una camisa siete reales y medio; del forro para la ropa cuatro reales y medio; de la hechura y botones y bebederos diez reales y medio; de agujetas dieciocho y de dos pares de zapatos tres reales y medio. El 27 de marzo de 1567 se pagó la siguiente ropa: dos reales para dos corpines; dos reales para una cadena de alquimia falsa. Y para el mozo indio que llevaba: tres varas y media de paño a nueve reales y medio para capote y ropa montan treinta y tres reales y un cuartillo; de unas calzas veintidós reales; de tundir el paño dos reales; de un jubón siete reales y medio; de una camisa siete reales y medio; del forro para la ropa cuatro reales y medio; de la hechura de botones y bebedero diez reales y medio; de agujetas 18 mrv; de dos pares de zapatos tres reales y medio. Y finalmente, el 14 de junio de 1567 se pagaba la siguiente ropa: cuatro varas y media de paño para capa y sayo que se le mando hacer por los dichos señores demás del otro vestido que se les había dado, costó a veinticinco reales la vara y monta tres mil ochocientos veinticinco maravedís; de tundir el paño ciento diez maravedís a razón de veinte maravedís la vara; de seda para coser el vestido real y medio; tres varas y media de fustan pardo para forro del sayo a sesenta y cuatro maravedís la vara, doscientos veinticuatro maravedís; de tafetán para bebederos dos reales; de hechura del vestido y botones y ojales quince reales; de los pares de zapatos seis reales y dos varas y media de de seda colorada para atar las calzas a veinte maravedís la varas. El 19 de junio de 1567 se pagó la ropa siguiente: un capote negro que costo ochenta y cinco reales; un jubón que costó veinticinco reales; un sombrero siete reales y medio; unas espuelas dos reales; una bolsa de arcón para llevar camisas y otras cosas de camino cinco reales y medio y unas medias calzas negras once reales". IBÍDEM.

39    En unos de los descargos se constata la compra de una espada con su vaina: "En 11 de mayo de 1567 se pagaron dos

reales para cortar una espada dorada que le dieron y aderezar la vaina y limpiarla".

40    En las cuentas de Ochoa de Luyando tan solo aparece un descargo en este sentido: que se pagaron 4 reales por guarnecer el rosario que le regalaron al cacique don Luis.

41    En total compró trece casquillos para las flechas con un coste de medio real cada uno.

42    Al menos consta que acudió a la barbería el 17 de marzo de 1567, el 27 del mismo més y el 7 de mayo, abonando un real en cada ocasión.

43    AGI, Contratación 36.

44    IBÍDEM.

45    IBÍDEM.

46    La consulta al Consejo de Indias, el informe del propio indio y el escrito del Consejo se conservan en AGI, Quito 1, N. 16. Reproducido en MIRA CABALLOS, Esteban: Indios y mestizos americanos en la España del siglo XVI..., págs. 164-165.

47    IBÍDEM.

48    Además de los duplicados de las cédulas anteriores obtuvo las siguientes mercedes: Cédula para que el Audiencia de Quito pague salario competente a los indios del pueblo de Ypiales. Otra para que sea (de)vuelto al dicho pueblo un monasterio de frailes franciscanos que había en él. Otra para que la dicha Audiencia provea de manera que los indios del dicho pueblo no reciban agravio con la relación que él hace de que los españoles les quitaron sus tierras y traen los ganados en sus sementeras. Otra para que la dicha Audiencia provea de manera que los dichos indios no reciban agravio y sobre que hace relación que son compelidos a traer a cuestas veinte leguas el tributo que dan y a quien lo ha de haber. Otra dirigida a la dicha Audiencia y al Obispo de Quito para que los frailes y clérigos no se entrometan a castigar los indios del dicho pueblo y cuando por algo merezcan castigo los castigue la justicia seglar y que los frailes franciscanos vuelvan al dicho pueblo. Otra dirigida a la dicha Audiencia sobre que el dicho don Pedro pide que los indios no se pasen a vivir de una tierra a otra para que provea en ello lo que viere que conviene y que se guarden las cédulas y ordenanzas sobre ello dadas. Otra para que la dicha Audiencia averigue lo que pasa sobre cierto traspaso de unos indios que refiere el dicho don Pedro haberse hecho a un mercader y envíe la información con su parecer y entre tanto haga justicia. Otra para que la dicha Audiencia informe sobre lo que el dicho don Pedro pide, se le de confirmación del cacicazgo que tiene y que se metan en él ciertos pueblos". Y finalmente, "otra cédula para que se acaben de pagar los 500 ducados que por la cédula de atras se refiere se le libraran en bienes de difuntos de que no (a)pareciesen herederos y para llevarlos empleados en ornamentos y cosas necesarias al servicio del culto divino en la iglesia del dicho pueblo de Ypiales". AGI, Quito 1.

49    IBÍDEM.

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