20150801133944-hamaca-de-oviedo.jpg

El mundo al que arribaron los europeos a finales del siglo XV, resultó ser muy diferente del que habían dejado atrás. Pero no sólo en sus gentes, en sus culturas y en sus tierras sino también en su clima. Lo primero que hicieron cuando pisaron suelo americano fue tratar de aclimatar a la fuerza las plantas que reportaban los frutos básicos de su alimentación. Una y otra vez se empeñaron en cultivar la trilogía mediterránea, con la intención de mantener su alimentación tradicional. En extensas áreas caribeñas fracasaron, simplemente porque las condiciones climáticas impidieron su desarrollo. No faltó quien atribuyese este fiasco a un castigo divino.

           La consecuencia no se hizo esperar: se produjo una subida frenética de los precios. Su desabastecimiento terminó convirtiendo a la harina de trigo, el aceite y el vino en productos absolutamente prohibitivos. La mayor parte de la población debió transformar aceleradamente su dieta. Consumían productos de la tierra, sobre todo tortas de cazabe, maíz, ajes y, cuando podían, tomates, calabazas, pimientos y frutas tropicales. La dieta se completaba con carne de ternera o de cerdo que abundaba en las Indias. Y ello porque, pocos años después de la llegada de los hispanos, el ganado cimarrón se reprodujo sin control, tanto que la carne no adquiría precio y, en la mayor parte de los casos, sacrificaban decenas de miles de cabezas de ganado vacuno sólo para extraerle el cuero con destino a la exportación. En cuanto al aceite de oliva, se vieron obligados a sustituirlo por la grasa animal –sebo- que, incluso, comercializaban en pipas.

En un plazo verdaderamente pequeño, la gastronomía tradicional indígena, además de la carne de los animales traídos por los europeos, se convirtieron en la base del sustento de los hispanos. Ya Marvin Harris, demostró hace algunos años, la gran capacidad de los humanos para comer todo aquello que le resultaba práctico, por encima de cuestiones genéticas o culturales. Y efectivamente, así ocurrió en la Conquista; a falta de los alimentos propios de la dieta mediterránea, las huestes se dedicaron a robar la comida a los indígenas para llenar sus voraces estómagos. Solo hubo un alimento que no aceptaron, la chicha –el llamado vino indígena- realizado a base de fermento de maíz. Y ello por las connotaciones sociales, culturales y hasta rituales que el vino tenía, vinculado inalienablemente a la cultura europea y a la cristiandad. El vino se equiparaba con los vencedores y por extensión con el presente y el futuro; la chicha, en cambio, se relacionaba con los vencidos y, por tanto, con el pasado.

En cuanto a la herborística, desde la llegada de los españoles se interesaron por las virtudes médicas de su naturaleza e intentaron extraer de las nuevas plantas americanas licores y elixires mágicos. La herborística indígena suscitó un gran interés, probando todo tipo de plantas, esperando encontrar así el remedio a las enfermedades que los flagelaban. Los indios eran grandes herbolarios, especialmente sus curanderos, chamanes o behiques, como bien explicó el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo:

 

"Estos, por la mayor parte, eran grandes herbolarios y tenían conocidas las propiedades de muchos árboles y plantas e hierbas; y como sanaban a muchos con tal arte, teníanlos en gran veneración y acatamiento como a Santos..."

 

Efectivamente, aunque los behiques revestían todas sus sesiones curativas con un amplio ritual mágico-ceremonial en el que supuestamente intentaban extraer su mal al enfermo, lo cierto es que sus éxitos médicos estaban fundamentados en sus amplios conocimientos herborísticos. Numerosos oportunistas intentaron inventar medicinas para comercializarlas tanto en el Nuevo Mundo como en Castilla. A partir de la década de los veinte, la Corona se preocupó bastante del envío de plantas medicinales a Castilla, no sólo con la esperanza de que fuera útil médicamente sino también por la posibilidad que existía de que resultase una empresa lucrativa.

La importación de estas plantas medicinales fue aumentando con el paso de los años hasta el punto que ya en torno a 1530 se consumían grandes cantidades de palo de Guayacán, en el hospital de las Bubas de Sevilla. Concretamente en julio de 1531 el emperador concedió cierta cantidad de maravedís a Juan de Miranda, administrador del citado hospital sevillano, para que adquiriese ramas de este arbusto de la Española, pues, había 80 enfermos que se estaban curando precisamente con el agua del palo del guayacán. Resulta muy llamativo que recetas médicas descubiertas por los españoles apenas unos años antes se estuviesen administrando a los enfermos de los hospitales peninsulares. Esta circunstancia nos da una idea de la rapidez con que las plantas medicinales indígenas fueron introducidas en el mercado europeo. Pero, sin duda, el elixir indígena que más ampliamente se comercializó y se difundió en España fue el bálsamo del Guaconax. Este licor se extraía de un arbusto de este nombre que abundaba en las Grandes Antillas, especialmente en la región de Higüey (la Española).

Hubo algunas costumbres más nocivas que también fueron desgraciadamente adoptadas por los europeos. Se trataba del tabaco, que era una planta ampliamente usada por los amerindios tanto en sus fiestas y areitos, como por los chamanes o behiques para adormecer a sus pacientes. Lo consumían de dos modos básicamente, a saber: una, en forma de polvos que aspiraban por la nariz, y otra, haciendo sahumerios hasta emborracharse. En un primer momento su consumo estuvo mal visto por la sociedad española motivo por el cual tan sólo lo usó la población de color. Los africanos adoptaron desde un primer momento esta nociva costumbre porque dicen que cuando dejan de trabajar e toman el tabaco, se les quita el cansancio. En 1518, fray Ramón Pané envió unas semillas de tabaco a Castilla para el jardín de Carlos V, aunque con un fin únicamente ornamental. Sin embargo, pasadas algunas décadas se comenzó a introducir su consumo entre los españoles aunque exclusivamente por los beneficios medicinales que erróneamente se le atribuían. Ya Girolamo Benzoni destacó las virtudes del tabaco, pues a su juicio, remediaba los dolores de cabeza y además era cicatrizante, purgante y expectorante. Unos años después el médico sevillano Nicolás Monardes volvió a elogiar la planta:

 

           "De muy pocos años a esta parte se ha traído a España más para adornar jardines y huertos… que por pensar que tuviese las maravillosas virtudes medicinales que tiene. Ahora usamos de ella más por sus virtudes que por su hermosura, porque cierto son tales que ponen admiración".

 

El propio Miguel de Cervantes, en su obra Viaje al Parnaso, destacó las excelencias del tabaco al que atribuía cualidades estimulantes de la actividad cerebral, potenciando la imaginación. La popularización de su consumo no tardó en producirse. De hecho, hacia 1531 se decía de un vecino de La Habana, llamado Diego Núñez, que consumía tabaco como indio y tenía una haba con otros tabacos... El tabaco arraigó tanto en los hábitos de los hispanos de ambos lados del océano, que fue una de las pocas plantas medicinales indígenas que en breve tiempo llegó a cultivarse en la propia Península.

Asimismo, encontramos infinidad de elementos y rasgos de la cultura material y espiritual amerindia en la cultura de los conquistadores. Para empezar habría que destacar el enorme aporte de vocablos indígenas que aparecían en la lengua de los conquistadores, así como la conservación de los nombres propios para designar accidentes geográficos, ríos, etc.

En cuestiones defensivas hubo una adaptación a las condiciones que la geografía y el clima imponían a sus habitantes. En medio del clima tropical no servían las pesadas armaduras utilizadas por aquel entonces en Castilla de manera que los españoles improvisaron protecciones a base de materiales de la tierra muchísimo más ligeros. Según afirmaba Girolamo Benzoni, no solían llevar armadura por la humedad, por la abundancia de rocío y porque a menudo debían dormir al aire libre por lo que suponía un gran entorpecimiento. De manera que en una carta de los oficiales de Santo Domingo a Su Majestad, fechada en la temprana fecha de 1515, le explicaban la excelencia de las armaduras de carey de las que tenían confeccionadas una veintena para otras tantas personas que se iban a embarcar en una armada contra los caribes. Sin embargo, esta idea de las armaduras de carey no fraguó porque, además de ser muy laboriosas, cuando se calentaban las conchas con el calor se volvían quebradizas y no protegían adecuadamente de las flechas indígenas.

Lo más frecuente fue la adopción de los llamados escaupiles, algo así como abrigos gruesos de algodón que impedían que las flechas alcanzasen el cuerpo. En el caso de los mexicas, sólo los líderes y los guerreros de alto nivel iban ataviados con cascos de madera o cuero, botas de este mismo material ricamente ornamentadas y escaupiles. Eran muy útiles frente a las armas de los nativos, es decir, frente a las flechas, pero totalmente ineficaces frente a las armas de fuego. Sin embargo, dado que los amerindios no disponían de estas últimas, su seguridad era alta y sus inconvenientes menores que las armaduras castellanas. Es más, incluso, conscientes de la importancia de los caballos y de que estos eran objetivo de sus oponentes, Hernán Cortés les colocó vigilancia de noche, cubriendo además sus cuerpos con escaupiles gigantes que impedían que las flechas les alcanzasen.

           También la canoa se convirtió en un medio no solo de transporte sino también de uso cotidiano en la defensa naval, pues, como afirmó Roberto Cassá, eran más eficaces en aquellas aguas que los propios navíos europeos. Estas pequeñas embarcaciones fueron frecuentemente utilizadas por los castellanos tanto como medio de transporte como para acciones bélicas. Y es que en ocasiones, estas naves ligeras eran el mejor remedio para enfrentarse a los escurridizos corsarios. Así, por ejemplo, en 1528, el mejor remedio que se encontró para luchar contra los franceses fue un pequeño bergantín, al mando del capitán Francisco Gorbalán, y dos canoas con varias decenas de indios flecheros procedentes de la isla Margarita. Estos se enfrentaron a la armada francesa, capitaneada por Diego de Ingenios y formada por una nao, una carabela y un patache. El resultado fue la muerte de numerosos enemigos y la fuga de los navíos corsarios.

Asimismo, fueron muy utilizadas en Cubagua y en la isla Margarita para la pesquería de las perlas pues, según decían los contemporáneos, para ello son mejores que bergantines. Se consideraba un navío muy ligero especialmente apto para aquellos mares, de manera que casi todas las expediciones contaban con alguna canoa o piragua cuyas funciones venían a ser semejantes. De hecho, la conquista de la isla Margarita, se hizo con cinco navíos de remos y una piragua equipadas de indios y ciertos españoles.

Igualmente fueron bien acogidos diversos elementos de la tecnología indígena que aunque era muy rudimentaria se encontraba perfectamente adaptada a las necesidades del medio. En muchas áreas de Hispanoamérica se adoptaron eficientes técnicas de cultivo practicadas tradicionalmente por los indígenas. Así, por ejemplo, en las Antillas se uso durante décadas el cultivo de la yuca en montones tal y como habían hecho milenariamente los taínos. Los indígenas apilaban tierras en montones para luego enterrar en ellos la raíz. Y los hispanos continuaron usando esta técnica que era bastante similar a la que se empleaba en las islas Canarias para el cultivo de la caña de azúcar.

           Asimismo, las típicas hamacas indígenas fueron plenamente asimiladas por los conquistadores prolongándose su uso hasta nuestros días. Además de ser más prácticas para un clima caluroso como era el antillano, su aceptación estuvo directamente influida por el menor costo de las hamacas con respecto a las camas. Y la aceptación fue tal que en la armada de Pedrarias, aprestada en 1513, se embarcaron hamacas fabricadas ya en España.

          Bien aceptado fue también el bohío o casa pajiza indígena pues, como muy bien afirmó Roberto Cassá, el bohío criollo no es otra cosa que una reproducción de la vivienda de los caciques indígenas.

Sin duda el intercambio fue enriquecedor: los europeos recibieron productos como el maíz, la patata, el pimiento, el cacao, el tomate, la judía, la calabaza, etcétera, mientras que los americanos recibieron el trigo, la vid, el plátano, el melón, la naranja, el arroz, la aceituna, etcétera. Además se introdujeron los animales domésticos europeos, tanto ovinos, como bóvidos, caprinos y equinos. Ahora bien, los amerindios pagaron un alto precio por una salvación que ellos no pidieron ni necesitaban. Y ¿qué precio pagaron exactamente?, el más caro, es decir, la desaparición de su mundo.

 

 

PARA SABER MÁS

 

 

HARRIS, Marvin: Bueno para comer, Madrid, Alianza Editorial, 1999.

 

 MIRA CABALLOS, Esteban: “Aculturación a la inversa: la indianización de los conquistadores”, en Hombres de a pie y de a caballo. New York, IDEA, 2013, pp. 97-115.

 

REGUEIRO Y GONZÁLEZ-BARRAS, A. M., "La flora americana en la España del siglo XVI", En América y la España del siglo XVI, T. II, Madrid, C.S.I.C., 1982.

 

ASANZ TAPIA, Ángel: "La aculturación indígena: los primeros españoles indianizados", Actas del Congreso de Historia del Descubrimiento (1492-1556), T II, Madrid, Real Academia de la Historia, 1992.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,