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        En un rincón del claustro de la Catedral de Badajoz se encuentra este lienzo anónimo de la Adoración de los Reyes Magos, obra manierista probablemente del primer tercio del siglo XVII. Su calidad es modesta, al menos en comparación con otras composiciones de la misma temática, como la que el badajocense Luis de Morales hizo un siglo antes para la misma Catedral, conservada actualmente en su museo, o la que el gran Diego Velázquez compuso y que se conserva en el madrileño Museo del Prado. Puede que la Adoración de Morales tenga más valor pero ésta que ahora comentamos posee una novedad digna de ser reseñada.

Obviamente aparece la clásica iconografía de los Tres Reyes Magos, el primero arrodillado y con la corona en el suelo en señal de respeto y sumisión al Niño Jesús, el verdadero Rey Supremo. En los evangelios solo Mateo (II, 1-12) se refirió a ello, sin concretar demasiado: habiendo nacido Jesús en Belén, durante el reinado de Herodes, vinieron unos magos de Oriente a Jerusalén, preguntando: ¿dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarlo...

        Los nombres de los tres Magos aparecen por primera vez en un mosaico de San Apolinar Nuevo en Rávena, datado en el siglo VI d. C. Al parecer, provenían de Oriente y representaban a las tres partes del mundo y las tres razas conocidas en la antigüedad: Europa, Asia y Africa. Curiosamente en este lienzo aparece un pequeño perro en un primer plano, muy a la usanza manierista, emulando lo que Tintoretto había hecho en su famoso cuadro de El Lavatorio (Museo del Prado).

        Pero la verdadera particularidad de esta obra es el hecho de que en la parte baja del cuadro, junto al primer Rey Mago, aparezca ¡un indígena americano!, representado semidesnudo y con una aljaba con flechas colgada a la espalda. El nativo se representa de forma estereotipada, como se veía en Europa al buen salvaje.

El autor quiso incorporar a la cuarta raza del mundo conocida en el siglo XVII, aunque no quiso otorgarle el rango de Rey Mago, evitando un posible conflicto con la tradición iconográfica y con el dogma. Los amerindios eran vasallos de la Corona de Castilla, como los declaró Isabel la Católica, y eran personas racionales, dotadas de alma, como los declaró varias décadas después el Papa Paulo III. Pero en realidad nunca dejaron de ser vasallos rústicos y cristianos de segunda, subyaciendo la vieja idea planteada en antiguos concilios eclesiásticos, de que un mal cristiano valía siempre más que un buen pagano. La raza amerindia aparece, pero en un nivel inferior a las otras tres razas del mundo, representadas cada una de ellas por un Rey Mago. No obstante, era un tímido paso en el reconocimiento de la nación amerindia.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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